(Discurso en la Alcaldía de Cabimas. 16 de diciembre de
2025)
Saludos a
todos y todas. Estamos aquí reunidos para reflexionar, pensar, sobre nuestra
historia venezolana, siguiendo el curso de lo que ha ocurrido con el petróleo.
Gracias por
la invitación a este honorable cuerpo, al alcalde Frank Carreño, a las y los
concejales, a las y los trabajadores de esta institución.
Hablar de
lo que ha ocurrido y sucede con el petróleo es asomarnos a nuestras dichas y
desdichas, a tantos episodios recientes y actuales, por eso es indispensable
seguir esa huella, para informarse, conocer y saber, y saben también para qué,
para construir identidad y memoria social, colectiva y ciudadana. Para saber de
dónde venimos y para dónde vamos. Para que no nos borren la memoria. Solo así
podemos mantener vivas nuestras ilusiones y pretensiones de cambio social y vida digna.
El reventón del Barroso
El 14 de
diciembre de 1922, hace 103 años, se produjo el reventón del Barroso 2, el
acontecimiento que cambió la vida de Venezuela y modificó las fronteras
geopolíticas y geoeconómicas internacionales. Hay que ver lo que debió
significar y conmover aquel chorro petrolero del Barroso 2, que estuvo
vomitando de manera descontrolada algo así como un millón de barriles que
inundaron unas 740 hectáreas a la redonda.
Ese año,
Venezuela producía 6 mil barriles de petróleo diarios. Lo que vino después fue
el cambio profundo y radical de aquella Venezuela que se ufanaba o vivía, por
lo menos, de su producción agrícola, especialmente café y cacao. En 1930 la
producción petrolera alcanzó los 370 mil barriles diarios y esa cifra se siguió
incrementando en las décadas siguientes.
Dice Tinker
Salas (2014: 115): “Después de 1922 las operaciones se dieron en escala mucho
mayor y el impacto de la producción petrolera alcanzó a cada rincón del país y
afectó la vida tradicional de la mayoría de la población”.
Vinieron
las compañías transnacionales a chuparse la savia de nuestra tierra. La Venezuela
Oil Company, VOC, y la Caribbean dominaron las concesiones de tierra. La
British Equatorial perforó el primer pozo sobre el agua en 1923 en la cercanía
de La Rosa, dando paso a la transformación de la industria petrolera. En 1926, la
Venezuela Gulf Oil perforó con éxito el Lago 1 en Lagunillas, y esa población pasó
a convertirse en el principal campo petrolero de Venezuela.
En 1928 la
compañía Lago descubrió otro campo muy lucrativo, Tía Juana. Así poco a poco la
Costa Oriental del Lago fue adquiriendo importancia. Anota Tinker Salas (2014: 117):
“después del éxito del Barroso, todas las miradas se tornaron hacia la costa
oriental del lago, una zona que se extiende un kilómetro lago adentro”.
Un dato
relevante es que entre 1925 y 1926, por primera vez, el petróleo superó al café
como primer producto de exportación.
Cuenta
Manuel Alfredo Rodríguez (SF) que “el país era considerado el paraíso de los
inversionistas extranjeros pues la paz de cementerio impuesta por Juan Vicente
Gómez -17 años de gobierno con inclusión de 12 de franca tiranía- permite a los
consorcios petroleros norteamericanos y angloholandeses campear por sus fueros
hasta el extremo de redactar en alguna ocasión, por manos de sus abogados, la
legislación nacional en materia de hidrocarburos”. Es, en ese contexto, que en
1928 Venezuela pasó a ser el segundo exportador de petróleo más importante del
mundo, según Osorio Alvarez (1928). La producción se incrementaba para
beneficio de las transnacionales. Por eso Alí Primera (1981) dice en su canción
Tía Juana: “En la costa oriental del lago/ sucede
algo que da dolor/ Yo
vi a mi hermano en el desamparo/ sin que
vinieran a darle amor”.
La primera huelga petrolera
Ese auge experimentado
por la incipiente industria petrolera demandó de una creciente mano de obra.
Había que quitar un mundo y poner otro; limpiar maleza, tumbar árboles, entrar
a una selva tropical reserva de serpientes venenosas e insectos insoportables.
Un geólogo que vino con la Standard of New Jersey lo describió de este modo:
“Todo aquello diseñado por los dioses para la tortura de la carne y la sujeción
del espíritu… está unido para mantener inviolable esos tesoros escondidos, y
para apartar a aquellos quienes profanarían la virginal soledad por medio de la
grosera intromisión de una industria devoradora” (Oil Ventures in Venezuela,
1922).
La fuerza
de los trabajadores dio esa batalla contra las adversidades naturales, tal es
el caso de las enfermedades tropicales como la fiebre amarilla, el dengue y la
malaria. Pero principalmente por las condiciones de explotación salvaje a la
que eran sometidos.
A los
trabajadores se les consideraba sustituibles si se enfermaban, se quejaban o
reclamaban. No había derechos laborales, ni sindicatos ni nada.
Esa
situación de indefensión e injusticia dio lugar a los movimientos de organización
obrera para conseguir derechos, y para defenderse.
El 8 de
junio de 1925 se inicia la primera huelga petrolera del país en Mene Grande.
Unos 300 trabajadores, animados por la conducción del valiente Luis Augusto
Malavé, se hacen sentir y presentan un pliego de peticiones que incluye
viviendas dignas, asistencia médica y aumento salarial. La Caribbean Petroleum
Corporation se negó a escucharlos y echó mano de la represión militar y
policial, muy de la época gomecista. “El conflicto concluyó con un aumento
salarial de 2 bolívares diarios, la promesa de la Shell en el sentido de
estudiar las otras demandas formalizadas por los huelguistas y la desaparición
del valeroso líder Malavé”. (Manuel Alfredo Rodríguez, SF).
En 1936 se
lleva a cabo la gran huelga petrolera, todavía mencionada, valorada y
estudiada. Los trabajadores tenían en mente lo del Barroso e iniciaron el
conflicto el 14 de diciembre. Se mantuvo hasta el 22 de enero del año
siguiente, 1937. Miremos al país de entonces. Ya había pasado la dictadura de
Juan Vicente Gómez y estaba comenzando Eleazar López Contreras. El movimiento
obrero buscaba abrirse paso, con reivindicaciones laborales pero también
políticas. Se exigía el cumplimiento de las ocho
horas laborales establecidas en la ley, que las empresas reconocieran a los
sindicatos, la reincorporación de los obreros despedidos, un salario mínimo de
10 bolívares. Se reclamaba seguridad industrial y viviendas
dignas para los obreros.
La acción puso de manifiesto, además, la
identidad, la presencia de la clase trabajadora y fue el rescate de la
soberanía nacional.
Un poco más, un poco menos es por lo que
se sigue luchando en este momento del capitalismo: mejores salarios, viviendas
dignas, derecho a la salud y a la educación, libertades y derechos ciudadanos.
Con el neoliberalismo y el avance del conservadurismo muchos de los derechos
conquistados están en riesgo. En Argentina, el gobierno introdujo en estos días
una ley que elimina los contratos colectivos, las 8 horas de trabajo, las
vacaciones, todo. Es la derecha regresiva, que quiere acabar con la educación
pública, la salud pública.
El lunes 14 de diciembre 1936 estalló la
huelga y más de 20 mil obreros se atrevieron a mirar más allá del horizonte.
Buscaron salir de la sobrevivencia y dejar atrás los trabajos forzados, las
condiciones de casi esclavitud, los continuos accidentes y muertes en las
labores. No lo consiguieron todo pero mostraron la fuerza y el espíritu del que
se atreve a más y quiere un mejor destino.
Esta fue la principal huelga venezolana
que puso a la clase trabajadora en contra de las transnacionales imperialistas.
Para acabar con el
conflicto, López Contreras firmó un decreto el 22 de enero de 1937, en medio de
una violenta represión militar y policial. A los trabajadores se les dio un
aumento salarial de un bolívar.
La huelga culminó de forma abrupta, después
de 45 días como sabemos. Pero Venezuela se había conmocionado; estaba de pie. Fue
una jornada heroica, de esas que se hacen imborrables.
Para exhaltar a los héroes y heroínas de
aquella lucha nombro a Olga Luzardo, Manuel Taborda, Rodolfo Quintero, Luis
Emiro Arrieta y tantos y tantas que pusieron su pecho, su talento y su
capacidad.
Es necesario detenerse en la literatura y
en la producción audiovisual de esa época. Cabe citar y recomendar Mene, de
1936, de Ramón Díaz Sánchez; Oficina Número 1 de Miguel Otero Silva, de 1961,
situada en el oriente del país; y Mancha de aceite, del escritor colombiano
César Uribe Piedrahita. Se publicó en 1935. El autor se desempeñó como médico
en campos petroleros de Zulia y Falcón.
Hay que ver, comentar y debatir sobre el
documental Los rostros del petróleo, de la Universidad del Zulia, con la
dirección de Ivork Cordido. Allí aparece el testimonio de Olga Luzardo, Manuel
Taborda y Pantaleón García, genios y figuras, dirigentes comunistas. También el
documental de Jesús Enrique Guedez, de 1978, Testimonio de un obrero petrolero.
En las escuelas, casas de cultura,
bibliotecas y en las comunas hay que mantener vivos estos temas, libros,
películas y documentales.
Las
fronteras artificiales del petróleo
Con el petróleo llegó un modo de
vida que atornilló la dependencia y el neocolonialismo. Las compañías
petroleras impusieron una cultura y un modelo que se patentó en algunas de sus
creaciones/”innovaciones”. Entre ellos los campos petroleros, el comisariato y
una cultura extranjerizante, todo lo cual redunda en los cambios en los
patrones de consumo que vive el venezolano.
Los campos petroleros formalizaron
la segregación social. Dividían a la población entre los empleados y trabajadores
de la industria petrolera, un pequeño segmento, y una amplia mayoría excluida.
En una misma familia venezolana podía ocurrir que un niño asistía a una escuela
estatal pobre, casi sin recursos escolares, y otro miembro de esa familia, que
estaba empleado en una petrolera, iba a una escuela donde lo recibían con un
morral, lápices, cuadernos y todo lo que necesitaba. En los campos petroleros
había escuelas, maestros, médicos y servicios. Fuera había otro país que apenas
recibía retazos de aquel oasis de abundancia. Nadábamos entre la abundancia y
la escasez, según el verbo afilado de Domingo Alberto Rangel.
Era obvia la herida social. En un
documento de la Creole de 1951 se anota: “Las comunidades modernas que creamos
tras las cercas tipo ciclón, literalmente complejos habitacionales, presentan
un contraste muy indeseable con los pueblos que invariablemente brotaban fuera
de las cercas” (H.A. Grimes (1951).
Los campos petroleros ponían un
punto y una raya; eran fronteras artificiales levantadas a la fuerza. “La raya
dice no hay paso/ el punto vía cerrada (…) Con tantas rayas y puntos/ el mapa
es un telegrama”, advierte Aníbal Nazoa.
Ya en esos años, década de los 50,
las compañías buscaban ahorrarse los gastos crecientes que les generaban los
campos. El tema giró y continuó, a veces como debate y controversia, hasta que
en 1954 en Maracaibo, las autoridades municipales demolieron las cercas que
separaban el campo Bella Vista del resto de la ciudad. No fue una decisión
autónoma, era parte del pacto con las petroleras. En cualquier caso, así se
comienza con la etapa de la llamada integración de los campos, que no se dio de
manera simultánea en todas partes, pero que fue llegando lentamente.
Esa fractura social que trajeron las
compañías transnacionales como modo de vida se materializaba en el comisariato.
Las compañías crearon una red de establecimientos en los campos donde hubiese
más de 250 empleados (Miguel Tinker Salas, 2014). Los empleados y trabajadores
se beneficiaban, de manera directa, y compraban, a precios subsidiados, de modo
abundante para la propia familia y hasta para los amigos.
De paso se quitaba presión a las
demandas sindicales de los trabajadores, cierto, pero aquella fue una política
de crear campamentos en los lugares donde el petróleo fluía, para provecho
directo de las transnacionales.
El resto de la población estaba muy
lejos de aquella mesa bien servida. No todos estaban invitados. No era La
Fiesta de Babette –la película danesa ganadora de un Oscar en 1987-. Eran las
políticas de las petroleras que modificaban los patrones de consumo y el estilo
de vida. Los que estaban en los campos lo vivían de modo directo; la mayoría
que estaba fuera lo sufría. No era obligado que un trabajador comprara en un
comisariato, pero no estaba permitido que los andinos o campesinos llegaran
cerca de los campos a vender sus productos. Tampoco estaba bien visto que un
empleado petrolero acudiera a un mercado popular. El prejuicio y el temor
encontraron caldo de cultivo; “qué dirán
mis amistades”.
Ese estilo de vida alejado de
valores propios se fue reforzando con las costumbres de clase media
estadounidense que proyectaba el personal staff; con los campos de golf que se
construyeron en Maracaibo –el country club-, Tía Juana, El Menito, La
Concepción y Lagunillas, para que los gringos se sintieran como en casa; con
los pinos importados para la Navidad, con el día de acción de gracia y
Halloween –o día de brujas- que se celebraba en los campos y que empezaron a
sembrarse.
La mirada cultural neocolonial
impone que aquellas otras tradiciones se vean con ojos de admiración, mientras
se cultiva la vergüenza étnica por las fiestas populares, tradiciones,
prácticas y costumbres de nuestros pueblos.
A partir de estos cambios se
estableció un modelo de ciudad y un tipo de sociedad donde la desigualdad
estaba ahí, para todo el que la quería ver y estudiar. Es lo que conocimos y
padecimos como ciudad, un tipo de organización social que contó con la
intervención del Estado, vía políticas públicas, para que hubiera
transformaciones urbanas favorables para que unos acumularán ganancias, como por
arte de magia, y el resto se refugiara en las periferias, en condiciones de
vidas precarias y con penurias.
El Congreso Cultural de Cabimas
Como parte
de este recuento y análisis, cabe la referencia del Congreso Cultural de
Cabimas, que se celebró del 4 al 6 de diciembre de 1970. Hace 55 años.
Fue un
encuentro que reunió a trabajadores intelectuales, obreros, militantes
políticos, artistas y campesinos, inspirados “en la lucha por la emancipación
que iniciaron nuestros grandes héroes y heroínas”.
Aquella fue
una jornada sobresaliente que ha quedado en el imaginario político venezolano.
Quizás por el simbolismo de haberse fraguado en Cabimas, tierra petrolera por
excelencia. El evento comenzó con un acto simbólico en el renombrado Barroso
II, en el que se proclamó la nacionalización del petróleo.
En este
Congreso se conformó un equipo de trabajo, el Comité Contra la Dependencia y el
Neocolonialismo que quedó integrado por Salvador Garmendia, Carlos
Contramaestre, Ramón Palomares, Víctor Valera Mora, Héctor Malavé Mata, Juan
Calzadilla, Pedro Duno, Angel Márquez, Luis Cipriano Rodríguez, Elí Saúl Puchi,
José R. Núñez Tenorio y Edmundo Aray. Hubo ponencias de Luis Britto García,
junto a Plinio Negrete; Camilo Arcaya, Silvio Villegas y Jesús Prieto Soto.
También estuvieron otros que hicieron llegar cartas y documentos –ensayos
políticos- pero que en ese momento eran víctimas de la persecución y la
represión: Douglas Bravo, Alí Rodríguez Araque y Julio Escalona.
Cada uno de
ellos, y muchos otros que no incluyo en esta lista limitada, dejaron su huella
grabada en leyendas, luchas memorables, canciones, obras de arte,
organizaciones sociales; publicaron libros, construyeron escuelas, sembraron el
derecho a tener derechos. Menciono a algunos que quizás no estuvieron en
Cabimas, en diciembre de 1970, pero son referencias infaltables de la Venezuela
rebelde, insumisa, comunitaria, que ha buscado siempre caminos de dignidad,
justicia, derechos y soberanía. Alí Primera, Jorge Antonio Rodríguez, Carmelo
Laborit, José Vicente Rangel, Ludovico Silva, Gloria Martí, Héctor Mujica,
Lilia Vera y Cecilia Todd. De Maracaibo, Enrique Arenas, Edgar Petit y José
Rafael Zavala, que en ese momento estaba confinado en la cárcel de Sabaneta,
junto a Jorge Antonio Rodríguez, Miguel Díaz Zárraga y otros.
Incluyo
pocos nombres porque el espacio lo impone, pero sé –sabemos- que la lista se
nos haría insuficiente para incluir a quienes con su ánimo, voluntad y
capacidad sembraron una obra pública; una cultura diferente, que hizo que se
pensara en la vida comunitaria, como una forma de trascender más allá de
cualquier intento individual por labrarse un destino pequeño y mezquino.
Para situar
el significado de este Congreso de Cabimas es preciso reponer que el mundo, de
1970, atravesaba por convulsiones, con ecos en nuestras costas. La revolución
cubana era un hito, estaban encendidas las brasas del mayo francés, de la
protesta por la invasión soviética a Checoeslovaquia y vivas las luchas
populares, obreras, campesinas y estudiantiles en Venezuela; se venía de la
derrota del movimiento guerrillero y de la lucha armada; en Bolivia, el Che
Guevara había escrito con sangre su epopeya y se comenzaba a levantar esa
leyenda inmensa que es hoy; las universidades viven un proceso de cuestionamiento
con el proceso de renovación universitaria, que culmina con el allanamiento de
la Universidad Central de Venezuela, el 31 de octubre de 1969, en el primer año
de gobierno del conservador Rafael Caldera.
Es en ese
contexto crítico, convulso y conflictivo que diversas organizaciones y
personalidades tienen el acierto de encontrarse para evaluar la coyuntura,
examinar las luchas políticas recientes, en la década del 60, y relanzar al
movimiento político y cultural, sustentado en el pensamiento crítico.
Escribe
Angel Rama que “sabido es que la historia la escriben los vencedores mientras
conservan ese rango. Sabido es, sin embargo, que existe la eventualidad de una
verdad que desdeña esos exclusivismos y tiende a la virtud y al valor e incluso
a la autenticidad y la pasión que se ha puesto en el tablero de la vida”. He
allí el reto y el valor de mostrar –impresa, en tinta digital, en piedras y en
conversaciones- esa verdad que anda suelta en relatos, daguerrotipos y
conversaciones y que revela una historia, grande y pequeña, personal y
familiar, de lo que somos y seguimos siendo como patria.
Los desafíos actuales
Uno
pudiera preguntarse ingenuamente, ¿por qué Venezuela está en el centro de la
geopolítica internacional? ¿Por qué el expresidente Obama consideró a Venezuela
una amenaza inusual extraordinaria? ¿por qué a lo largo de una década Estados Unidos ha impuesto leyes y medidas
ejecutivas, para bloquear a Venezuela, con base en decisiones coercitivas y
unilaterales?.
Cualquier
respuesta inteligente nos remite a la importancia geoestratégica del petróleo.
En toda esta centuria, Estados Unidos interviene y busca sacar provecho del
petróleo venezolano.
A Rómulo Gallegos le dieron un golpe
de Estado en noviembre de 1948, en una acción comandada por militares y políticos
ligados a la embajada gringa, porque intentó ejecutar algunas políticas
independientes. Por cierto, Gallegos, un personaje digno. En
1948 recibió el doctorado honoris causa por la Universidad de Columbia, pero en
1955 renunció a ese título, porque también se lo dieron al dictador de
Guatemala, Carlos Castillo Armas.
En
diciembre de 2002 se generó un paro petrolero patronal, con respaldo de una
entregada central de trabajadores, para intentar frenar las políticas y medidas
del presidente Hugo Chávez. El 21 de diciembre de
2002 sucedió la iniciativa que derrotó ese paro progringo. Con apoyo de los
trabajadores, algunos ya estaban jubilados, se movió el buque Pilín León que
tenía muchos días paralizado en el lago, frente a la Vereda del lago. Ese buque,
que después fue bautizado como Negra Matea, se dirigió hacia el sur y llegó a
la refinería de Bajo Grande, cargado de gasolina. Los protagonistas de esa acción fueron el
capitán Carlos López y el piloto maniobrista Ramón Dávila. En ese grupo también
estaban Rómulo Contreras y el capitán Castellanos.
En los días
que corren no cesa el asedio del imperialismo estadounidense. Están urgidos de
petróleo, porque es un secreto a voces que sus reservas van en declive y son
limitadas.
A lo largo de una
década Estados Unidos ha impuesto leyes y medidas ejecutivas, para bloquear a
Venezuela, apoyándose en decisiones coercitivas y unilaterales.
El Observatorio Venezolano Antibloqueo (2025) detalla que, además de las de diciembre de 2014 y marzo de 2015, han
sido dictadas otras ocho medidas coercitivas unilaterales (MCU). El 27 de mayo de 2021 anunció una para paralizar las
operaciones en el sector oro de la economía venezolana.
El
5 de agosto de 2019, Trump decidió el bloqueo sobre los activos de Venezuela en
territorio estadounidense, para confiscar Citgo, las sedes diplomáticas y otros
activos venezolanos.
Ese
afán de agresión es en los hechos una política neocolonial de sometimiento y de
intervención descarada, que se ha concretado, desde hace cinco años, en el
embargo ilegal y el robo de Citgo Petroleum Corporation, empresa que reúne un
grupo de refinadoras de petróleo y estaciones de gasolina, lubricantes y
petroquímicos. Es una de las principales en su área, con 14,885 estaciones de servicio.
La
intervención imperialista es grosera y está a la vista de cualquiera. El
despliegue naval en el Caribe es ilegal, viola leyes internacionales.
A
nosotros nos toca responder con aquella frase de Galileo, que pronunció frente
al tribunal que lo amenazaba y juzgaba. El sostenía que la tierra era redonda y
cuando tuvo negarse, a la fuerza para salvar la vida, dijo: Y sin embargo se
mueve.
Hay
un contexto internacional que juega en contra de Estados Unidos. Han surgidos
otras potencias como Rusia y China, aparecen los Brics, desde Colombia, Brasil
y México llegan mensajes de apoyo a Venezuela. Resulta emocionante todas esas
manifestaciones de apoyo a nuestro país en ciudades estadounidenses, en México,
Colombia. En Argentina muchos colectivos militan con la causa de la revolución
bolivariana. Conozco de compañeros y compañeras de medios comunitarios de
Argentina y Brasil que levantan la voz por Venezuela. Quiero mencionar a los
compañeros de Radio Trinchera en La Plata, Argentina, por el acompañamiento
diario de la situación nuestra. En las redes uno se tropieza con influencers
internacionales que analizan, razonan y con mucha convicción hablan en favor de
Venezuela. Qué arrechas y certeras son las explicaciones de Irene Montero, de
la escritora chilena Isabel Allende, de Juan Carlos Monedero, del maestro
Atilio Borón, y así de tantos y tantas.
Es un dato
cierto que mister Trump no las tiene todas a su favor. Los resultados de
elecciones recientes en Estados Unidos muestran un fenómeno nuevo. Los
partidarios Maga, Make America Great Again, de Trump, han perdido en Nueva York,
Miami, Nueva Jersey, Virginia e Indiana. Incluso, dentro del movimiento Maga
hay una corriente que rechaza la intervención militar en Venezuela.
Lo más importante,
lo sabemos, es la propia fortaleza de unidad nacional. Hay una campaña agresiva
que se apoya en redes y en la inteligencia artificial para buscar quebrar
psicológicamente a la población. Hasta ahora no lo han logrado. Ni lo lograrán,
pero eso depende de todos nosotros y nosotras, más allá de si hacemos
observaciones al gobierno en sus políticas y ejecuciones.
Ponen el
cerco naval en el Caribe, pero atención esta es, principalmente, una guerra
cognitiva, es la disputa por el sentido
común, por imponer la idea del mundo que prevalece. El discurso hegemónico está
en los medios, en las redes, en los mensajes de texto y tiene el poder
potencial de someter y manipular la vulnerabilidad de los seres humanos. Es
guerra simbólica, psicológica, cultural, cógnitiva. Tiene esas denominaciones.
Su campo de
batalla está en el cerebro, en la mente humana. Se sustenta en el uso de las
tecnologías digitales, incluida la inteligencia artificial, para imponer puntos
de vista y decidir sobre los acontecimientos actuales y futuros. Por eso
encontramos a gente muy pobre que vota por los candidatos de los ricos y
venezolanos, algunos en el exterior, que cegados por el odio piden la intervención
militar extranjera, e invocan al colonizador y esclavista, llámese Trump o como
se llame.
Nosotros y
nosotras, con nuestra fuerza, espíritu, con nuestros dioses, con San Benito y
Maria Lionza, con José Gregorio Hernández, con nuestra IA saldremos adelante en
bien de la patria. Tenemos inteligencia artesanal y ancestral. Imagínate.
Decir Cabimas
La primera
vez que escuché la palabra Cabimas fue por el equipo que jugaba en la Liga de
Beisbol Profesional Occidental, en la primera parte de la década del 60. Era un
nombre sonoro y preciso. Yo era apenas un muchacho rebelde y no tenía mucha
idea del mundo. En mi casa se escuchaban los partidos de beisbol y allí
aparecía Cabimas, algunas veces.
Viene a
cuento referir que en década del 50 y principios del 60 en Venezuela había dos
ligas de beisbol profesional. Una occidental que reunía a equipos tradicionales
de Maracaibo como Gavilanes, Rapiños y Pastora, y también a Cardenales de Lara,
y en algún momento participo Cabimas. La otra liga era la central del país,
donde estaban Caracas, Magallanes, La Guaira y otros equipos.
Después en
los tiempos de mi militancia en la Liga Socialista estuve muchas veces en
Cabimas, la tierra prometida, como socarronamente dice la periodista Mariela Rojas.
En la década del 70, si en algún lugar había peligro y riesgo era en Cabimas.
Desde que llegabas sentías la amenaza de la Disip que se exhibía desde sus
carros y tenía la labor oprobiosa de perseguir y detener a militantes y
simpatizantes de las organizaciones revolucionarias, con cualquier pretexto.
Decir
Cabimas es decir petróleo, lago, corporaciones transnacionales, explotación,
dependencia y neocolonialismo, pero también lucha de gente que no se rinde.
Todas esas son palabras con implicaciones gruesas.
El petróleo
conmocionó Cabimas, la Costa Oriental del Lago, al Zulia, en fin, pero no pudo
acabar con tesoros valiosos: la identidad; no pudo con San Benito, ni con los
gaiteros de Cabimas, ni con la arepa cabimera.
La historia
siguió y aquí estamos hoy en plena lucha, con ideas y proyectos, con esta
Venezuela bolivariana que insurge en este siglo XXI, cambalache, problemático y
febril, según el tango de Enrique Santos Discépolo.
Feliz año
nuevo. Muchas gracias.
Referencias
Grimes,
H.A. (1951). Creole Coordination Group Meeting, Caracas, p. 3.
Observatorio
Venezolano Antibloqueo (2025, diciembre 1). Recuperado de:
https://observatorio.gob.ve/leyes-y-ordenes-ejecutivas/
Oil
Ventures in Venezuela, lamp, abril 1922, p. 19.
Osorio Alvarez
(31 de marzo de 1928). Geografía de la
población de Venezuela, Tropical Sun. p. 46-47.
Primera,
Alí (1981). Tía Juana. Sello Cigarrón.
Rodríguez, Manuel Alfredo (SF). La revista Oriflama y el
espíritu del 28. Recuperado de https://biblat.unam.mx/hevila/BoletindelaAcademiaNacionaldelaHistoriaCaracas/2000/vol82/no331/23.pdf
Tinker
Salas, Miguel (2014) Una herencia que perdura. Petróleo, cultura y sociedad en
Venezuela, Caracas, Editorial Galac.


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