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martes, 29 de octubre de 2024

CARMELO LABORIT, EL SIETE LEGUAS

 

(Juan Medina Figueredo)

El siete leguas le llamaron por los zapatones que recorrían al país, sin nunca parar, ni descanso alguno. De extremo a extremo, de oriente a centro y occidente de Venezuela y en todo lugar donde hubiese no sólo militantes revolucionarios sino dirigentes políticos, sindicales y estudiantiles, que había conocido en la cárcel de Ciudad Bolívar, durante la dictadura Pérezjimenista, y después en las décadas de la democracia representativa del Pacto de Punto Fijo, durante su confinamiento en el penal de la isla del Burro, en la entonces llamada Laguna de Valencia y la huelga de hambre en ese penal; su destierro y viajes de salud a Italia y en su condición de presidente de la Liga Socialista (LS).

Marxista leninista se definió durante todo el tiempo de mis contactos y reuniones con él y en sus cartas con los estudiantes y todo militante revolucionario, con los cuales sostuvo comunicación. A propósito de definiciones ideológicas, recuerdo «los marxismos» de la nueva izquierda, Dussel y su lectura marxista desde América Latina (montaña textual para mí edad muy difícil de escalar), pienso en el fenómeno actual de los Brics, confluencia de países del llamado Sur Global, del este y del oeste, de comunistas, cristianos ortodoxos y católicos, islamistas, hinduistas y su común acuerdo en el propósito de seguridad global, coexistencia pacífica de diferentes civilizaciones y culturas, libre de pretensiones hegemónicas.

Recuerdo también el discurso de Fidel en la Cumbre de Río: la contradicción principal hoy no es entre capital y trabajo, sino entre capital y vida (lo que hoy Gustavo Petro recoge en su particular discurso). Asimismo, en vuelta a Fidel, en una de sus últimas entrevistas sentenció: la causa principal de la derrota de la revolución en América Latina fue la división del campo socialista internacional, entre la URSS y China, y la división de las izquierdas en esta región del mundo, con tantas condiciones objetivas para la revolución.

La barba novecentista, ajena a toda hojilla y navaja de barbero, era el singular espejo de Carmelo Laborit, su carta de presentación y habla misma. En oriente y en Caracas, particularmente, tenía sus propios seguidores, admiradores, fieles discípulos y amigos. «Libertador de Oriente» le llamó David Nieves Banch, en comunes andanzas clandestinas, con mucho cariño de bromista y quien, al parecer, fuera de su esposa, con la cual concibió una hija y de Flor, compañera de sus últimos tiempos, fue quien más le conoció, entre tantos viajes por ciudades y carreteras, contactos y reuniones clandestinas. A sabiendas de su seriedad proverbial, David no perdía tiempo en aguijonearle con sus salidas. En una carretera, por ejemplo, le dijo una vez: detrás de aquella curva, al voltear, vamos a encontrar un caballo blanco. Así provocaba su sorpresa y a veces su sonrisa detrás de su santa barba. Carmelo Laborit procuraba siempre estar cerca de toda literatura. En una oportunidad llegó a mi refugio, en un apartamento de San Agustín, comentando el primer premio del concurso anual de cuentos del diario El Nacional, otorgado en esa oportunidad a La Luna no es pan de horno, de Laura Antillano.

Revolucionario profesional toda su vida, no tenía sentido de la propiedad privada, aunque la respetaba, al fin de cuentas era socialista y comunista. Si encontraba unos juguetes en una casa o apartamento de clase media, podía llevárselos para regalarlos a los niños de una familia de camaradas con precariedad económica. En contactos y reuniones podía tomar un libro y otro de la biblioteca del hogar que servía de sede, llevarlo consigo y regalarlo a un camarada. En una cita conmigo en Caracas, en La Pastora, en el hogar de la familia del economista Roberto Gómez, funcionario del Banco Central de Venezuela, al terminar nuestro diálogo tomó de la biblioteca un libro y un diccionario de economía, el primero para él y el otro me lo entregó y dijo: este es para ti. Yo, contentísimo por contar, a partir de ese momento, con un manual auxiliar en esa disciplina tan desconocida para mí. Pasaron décadas, Roberto Gómez se mudó a Barquisimeto con su familia, siguió trabajando allí en el citado banco y el libro siempre conmigo. Murió Roberto, en unas vacaciones con su familia, ahogado en extrañas circunstancias que hicieron temer y pensar a su esposa en un atentado criminal. Mi amigo y camarada Dafnis Domínguez tenía relación con esa familia, le entregué dicho diccionario de economía, junto con una carta de condolencias a la familia de Roberto, pidiendo también disculpas por apropiarme de tal libro y rogando aceptasen su devolución. Dafnis cumplió fielmente su encomienda.

Bastaba verlo de frente, tener breves noticias biográficas suyas y escucharlo para reconocer la grandeza de su integridad ética y política, su solidaridad con los trabajadores y los pobres de la tierra, con sus camaradas y familiares, su circunspección, su ausencia marcada de egocentrismo y egoísmo, su discreta presencia, su distancia frente a un mal crónico de la izquierda, que hizo decir a Moisés Moleiro que el corrillo tenía un gustico. Carmelo, como a secas y cariñosamente le llamábamos, fue incapaz de incurrir en maledicencias y chismes o chísmenes, mucho menos mentiras. Nunca escurrió el bulto en su compromiso político, siempre echao palante, jamás y nunca dejó de estar presente donde debía estar y decir lo que comprometía su vida e integridad física y su honor. Leal y solidario siempre. A raíz de mi detención y torturas en Petare, el martes 13 de junio de 1972, en horas de la mañana, por el gang de la muerte”, adscrito a la Dirección de Inteligencia Militar (DIM), su continuidad posterior en el quinto piso de esta organización de espionaje, contraespionaje y seguridad estatal, y mi incomunicación de esos días, siempre estuvo en contacto y con orientación permanente a mi familia, hasta lograr que la movilización comunicacional y política, en medio de la censura y la estrechez del campo de acción política de entonces, lograran ordenar mi visita familiar, el cese de la mayor intensidad de las torturas y mi pase a la prisión del Cuartel San Carlos. En compañía de Carmelo, siempre aduvieron, firmes e indeclinables, Agustín Calzadilla y Norelky Meza del Comité de Defensa de los Derechos Humanos y todos los integrantes del comité nacional de la Liga Socialista. El momento más duro de la vida de Carmelo Laborit fue cuando por intermediación del diputado José Vicente Rangel alcanzó a saber, en compañía de Félix Roque, que Jorge Rodríguez había sido asesinado. Su rostro no pudo ocultar la turbulencia interior y se tornó oscuro como invadido por la noche, herido por la punta y el filo de un relámpago y su espada de fuego invisible. Toda la vorágine del dolor creció en él, en la morgue, en compañía de Agustín Calzadilla, frente al cadáver de Jorge Rodríguez, desnudo, con sus vísceras, costillas y testículos estrangulados. Carmelo no se amedrentó y dirigió junto a la clandestina dirección de la OR, el comité nacional de la LS y el Comité de Defensa de los Derechos Humanos un despliegue inusitado de propaganda y movilización por la libertad de David Nieves, hasta entonces desaparecido por la DISIP y de quienes habíamos sido detenidos junto a Jorge Rodríguez, por ese mismo cuerpo policial al atardecer y anochecer del viernes 23 de julio de 1976.

Carmelo tuvo asimismo una milagrosa salvación de emboscadas y persecuciones durante su clandestinidad, a la vuelta de su destierro en Italia y su integración en la OR. Cuando la emboscada guerrillera al ejército en el crucero de Aragua de Barcelona, Anaco y Barcelona y la detención, asesinato y desaparición forzada del estudiante universitario Luis Alberto Hernández, detenido por el gang de la muerte en el pueblo de Aragua de Barcelona, Carmelo había recorrido antes esos predios, en actividades clandestinas de apoyo político y logístico a las fuerzas revolucionarias y logró salir ileso del cerco policial y militar. No en vano era El libertador de oriente. En occidente, hacia 1970 y 1971 se desató una feroz persecución, detención y torturas contra la dirección de la OR, sus militantes y amigos en el campo y la ciudad. Contra Carmelo armaron una emboscada en Los Humocaros, pero él no asistió a la cita prevista, con quien se convirtió en delator de sus camaradas y llevó hasta allí a sus captores. Carmelo se salvó milagrosamente de la muerte.  Durante el gobierno de Luis Herrera Campins, gracias a sus relaciones políticas fungió activa y positivamente de enlace para el retorno a la actividad política abierta y legal de los dirigentes de la OR Julio Escalona, Marcos Gómez y Fernando Soto Rojas. Finalmente, después de tantas batallas, el cáncer lo hirió de muerte y como los alcatraces fue a morirse en la misma casa de bahareque donde había nacido, frente al mar de Río Caribe, en silencio, sin quejas e inculpaciones. En santa paz con su santa barba y sus mismos zapatones de siete leguas. Murió lejos y tan cerca aquél a quién había conocido en Anaco, con su eterna barba profética, en un pleno sindical, cuando yo era un adolescente descalzo y sin camisa.

JOSÉ AQUINO CARPIO, LLANO HIJO DE LA LLANURA

 

(Juan Medina Figueredo)

 Venía de las llanuras de Tucupido y llano él en su andar, habla, trato, amistad, trabajo y sonrisa, cabestrero de sus ilusiones llegó a la Universal Central de Venezuela y tocado, lo tocaron o deslumbraron y se envolvió en la pasión política con la juventud del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (JMIR).

Inició estudios de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la cual era Decano Elías Eljuri, El Picure. En la residencia universitaria Stalingrado se entregó en cuerpo y alma al trabajo de la propaganda de dicha organización política y cuando el ejército allanó la UCV y cerró dicha residencia se mudó al sótano de la biblioteca, junto al pintor Mauro Bello y allí se fue hundiendo entre tinta y papel, multígrafo, batea, silkscreem, afiches, pancartas y murales, mientras Mauro Bello entre trago y trago de ron y cerveza pintaba sus lienzos sobre Vietnam, y los héroes y mártires de la revolución venezolana. 

Trabajó muy duro como secretario de propaganda y dirigente de los estudiantes en la escuela de Economía. Viajó también a otras universidades para contribuir con su labor de propaganda, en la disputa electoral de la dirección de la Federación de Centros Universitarios, y centros de estudiantes, y también en la designación de delegados de los estudiantes a los consejos universitarios. Hacia 1966, un grupo de dirigentes estudiantiles, entre los cuales destacaban Julio Escalona, Marcos Gómez, Nicolás Beltrán, Arnoldo González Padrino, y otros jóvenes, subió a las montañas del oriente venezolano, para integrarse a la guerrilla del Frente guerrillero “Antonio José de Sucre” (FGAJS). José Aquino Carpio también lo hizo y se extravió en el camino hacia las montañas del Turimiquire, pero ello fue su más exigente y mejor entrenamiento y aprendizaje de monte, sigilo y contacto campesino, siguiendo la huella de los animales y humanos, el rumbo de la pica, el agua de las pisadas del ganado, quebradas, ríos y pozas; las fases lunares, los anuncios de lluvia y tormenta en el grito de los araguatos, el olor del sangregao y el cedro, tiempo de la siembra y la cosecha, los frutos silvestres, alimentarse con las iguanas y sus huevos, el maíz tierno, el ocumo y resiembra de su planta,  patillas y melones, entre rastrojales y conucos abandonados; prender la candela del fogón de leña seca, entrar en contacto con campesinos perdidos en esas montañas del Turimiquire, con  un rancho, la mujer y los barrigoncitos, disfrutar de su café, arepa huevo frito, caraota y casabe hecho por ellos mismos con su propio sebucán, compartir el trabajo familiar en el conuco y el sigilo de las pisadas de los guerrilleros que al fin encontró después de seis meses perdido como ánima sola, con mapa, brújula, estrella polar y trato de llanero, sin caballo, cabestro y soga, pero de llano, afable, amigable y solidario trato, en su mejor aprendizaje de la vida entre los pobres o empobrecidos como gusta decir a otros, palabra esta última que no era de trato usual entonces, ni lo es  ahora. Entre 1968 y 1969 se divide el FGAJS. La disidencia encabezada por la dirección de la JMIR y Fernando Soto Rojas toma otro rumbo, cuestionando el foquismo de la comandancia del FGAJS y el reformismo de la dirección del MIR. Aquino y quienes fundarían e integrarían la dirección de la Organización de Revolucionarios (OR), y del destacamento guerrillero José Félix Ribas, se concentraron en una casa alquilada por Elías Eljuri, el de las parrandas navideñas con su cuatro y Jorge Rodríguez en la UCV, y ex responsable también de la logística con el FGAJS, en Club del Campo, ubicado en la carretera Panamericana, en la vía de San Antonio de los Altos y Los Teques. 

Aquino trabajaba con el multígrafo en la reproducción de los documentos políticos. El Picure lo recuerda: «Era muy humilde, sencillo, trabajador, revolucionario integral, siempre estaba echándole bolas a sus tareas y acostumbraba cargar y mimar a mi niñito. Después de Club del Campo nos fuimos para un campamento en El Alambre, en los alrededores de Píritu».

En Valencia, Oswaldo Martínez y yo, estudiantes de derecho en Universidad de Carabobo, nos comprometemos con Jorge Rodríguez a integrarnos a la guerrilla. José Aquino llega acá en un Volkswagen para definir nuestro viaje al oriente de la república, siempre sonriente y amistoso, y días después, en septiembre de 1970, Oswaldo y yo viajamos con Joaquín hasta un punto de encuentro de la autopista regional del centro, en la carretera del llano, donde Saúl Bernal nos recibió, nos encomendó la entrega de un libro de compañeros del Che en Bolivia y nos condujo al trasbordo hasta el auto de Vicente, quien con su facundia y buen humor nos trasladó toda la noche por la carretera del llano, a toda velocidad en esa limosina vieja que llamaba «Flecha veloz» y parecía una plataforma volante sobre la carretera asfaltada y ahuecada, en medio de la noche. Ya por la mañana nos brindó unas cervezas en un bar restaurant de la carretera de la costa y nos dejó en la playa, advirtiendo que más tarde vendría por nosotros. Al fin, llegó al anochecer. «Cierren los ojos» y entramos en el garaje de una casa donde dormimos y al amanecer, nuevamente «cierren los ojos» y retorno a la carretera de la costa por esos laos de Píritu. Paró el carro, abrió el capó, «salgan, corran hacia el monte». Un par de guerrilleros nos condujo hasta el campamento de El Alambre. Aquino estaba allí y comenzó nuestro entrenamiento, búsqueda del agua en la quebrada, encender el fogón con palos secos, corte y costura de un morral con lona de camión. Tras atravesar todo el día un camino de montaña, en compañía de Julio Escalona y un baqueano campesino, llegamos al caserío de Aguas Calientes, por los lados de Clarines. Me lancé con mi verde y jedionda vestimenta, con todo y botas, a un pozo de aguas termales y luego colgué la hamaca y me tiré a dormir. Al día siguiente mi tobillo y empeine del pie amanecen hinchados y, prácticamente, no puedo caminar por el dolor que me afecta al intentarlo. Aquino dirige: provisiones alimentarias, en sacos, en una cueva frente al campamento; enseñanza de mapa y brújula, caseríos, carreteras, senderos, palo quemado de referencia, y yo que no entendía nada sobre retiradas y puntos de contacto, en caso de encuentro con el ejército y de quedar solo me perdería, sin saber qué hacer ni para dónde coger. Por la noche, a lo lejos se encendían las luces de las orillas de la laguna de Uchire. Un día, salimos con Elías Eljuri bajo la guía de José Aquino Carpio, monte adentro, en dirección de retorno a El Alambre. Llenamos las cantimploras en una quebrada, atravesamos la carretera, uno por uno de un lado al otro, y nos hundimos en la oscuridad del follaje. Entre unos palos espaciados, apenas vislumbrados con una linterna, siempre en dirección de la luz hacia el piso, Aquino decidió que acampáramos allí. Aquino juntó unas ramas y encendió un pequeño fogón de palos de leña secos. Nos dijo que en la otra orilla de la carretera había una bomba de gasolina y un bar restaurant. Sacó del morral su ropa de paisano y se mudó la vestimenta. Decidió ir de compras allí, para traer algo de comer y beber, seguramente unos panes, refrescos y las omnipresentes sardinas. Nos indicó que, a su retorno y ya cercano a nosotros nos avisaría, golpeando tres veces el tronco de un árbol con un palo. Debíamos responderle de igual manera para su orientación nocturna. Al poco rato de irse Aquino, comenzamos a oír ruidos en el monte y algunos palos que caían. Pasaba el tiempo y Aquino no llegaba. No discerníamos entre un ruido y otro, ni nos atrevíamos a tocar palos por temor a generar un ruido que llamase la atención en los alrededores. El Picure me propone que, en medio de esa noche y habiendo perdido antes nuestros anteojos, cegatos los dos, nos amarrásemos el uno al otro por nuestras cinturas, para el caso de una retirada mutua sin Aquino, juntos siempre, nos acompañásemos sin perdernos y extraviarnos para siempre. Palos y palos y no sabíamos si responder, para la orientación de Aquino. Era medianoche, calculo, cuando llegó Aquino furioso, dándole patadas a cuanta rama, palo y perol encontraba en nuestro pequeño campamento, con jerigonzas, reclamando por qué no respondimos a su señal, porque se había perdido en medio de la noche y estuvo varias horas buscando nuestro campamento. Elías y yo enmudecimos y no hablamos, ni siquiera cuando compartimos un refresco y un pedazo de pan con Aquino, en un silencio más profundo que el del bosque donde si apenas veíamos nuestros bultos. Elías Eljuri siempre me recordará ese incidente cada vez que nos topemos ocasionalmente. En traslados nocturnos por carreteras irreconocibles a esas horas, fuimos arribando a un nuevo campamento, esta vez en las cercanías de Valle de Guanape, en contacto con pequeños ganaderos que nos abastecían de leche y queso. A Elías Eljuri, mientras dormía en su chinchorro, colgado entre palos de árboles, le bajó una culebra y le picó la oreja. Un guerrillero cargaba suero antiofídico en su morral y se pudo salvar la vida de El Picure. Una noche me retiraría de este campamento, en la grupa de un caballo, como había llegado, con el culo molido por el balanceo de las caderas del animal, pues estaba impedido de caminar, por la hinchazón en un tobillo y el empeine de uno de mis pies. Eljuri, cegato como yo, trató de ayudarme a montar al caballo. Mientras subía y me acomodaba en la grupa mi carabina se balanceó y golpeó con su culata a El Picure. Trastabilló, adolorido, casi cae de espaldas contra el suelo. De regreso en un camioncito de estacas conducido en medio de la noche por Vicente, destino desconocido. Al amanecer, un trasbordo, me traslada David Nieves Banch hasta lo que llamaba El Cuartelito. «Cierra los ojos», «abre los ojos». Era una vivienda en la urbanización popular de Guanire, en Puerto La Cruz, habitada por un enfermero y rodeada por casas de margariteños que se ocupaban de mi alimentación, mientras el enfermero cumplía su trabajo en el hospital. Detrás de los muros del patio, estos vecinos me llamaban todos los días para ofrecerme un plato de peltre con arepa y pescado y el cafecito negro en un pocillo de peltre.

Estaba de nuevo bajo el mando de José Aquino Carpio y en su compañía nos fuimos en una camioneta por puesto, hasta Guanta y el caserío Chorrerón, y desde allí a pie, por un camino real hasta La Sirena, una elevada cascada que caía en un pozo donde los bañistas, ignorantes de nuestro sigilo, gritaban en grupos alborozados, con la caída del agua y la inmersión en su poza. Subíamos a la cima de La Sirena y en uno de sus costados había una cueva que nos servía de depósito de alimentos y de armas. En su frente colgamos entre los árboles nuestros chinchorros para dormir por las noches. Revisión de mapa, brújula y puntos cardinales. Estaba con nosotros el Negro Vallés, hasta ese momento responsable de la OR en Puerto La Cruz y otro par de guerrilleros. Aquino y yo iniciamos una marcha de madrugada, ascendimos una montaña cada vez más alta, llegamos a su cumbre. Estábamos sobre un desfiladero, abajo había un precipicio inmenso, sin fondo, al frente la otra pared, una cuchilla frente a otra cuchilla y abajo el abismo, sólo visibles verdes y verdes alfombras de copas de árboles. Metro y algo más de distancia entre una cuchilla y otra. Aquino me entrega su fusil y su morral. Se lanza en salto mortal de una orilla hasta la otra del desfiladero. Me pide le lance su morral y su fusil, lo hago, uno por uno, y los agarra con mucha fuerza y los traslada al costado de su pared. Pide mi fusil, lo lanzo y lo coge con sus dos manos, lo coloca en el piso, mi morral lo agarra también en el aire y lo arrima junto al suyo. Me pide que salte, «vamos tírate». Lo hago y en medio del espacio, grito «me fui». Toma una de mis manos y el brazo de su lado en el aire, me hala y me dice, con voz muy fuerte: «No te fuiste» y me hala hacia sí, piso tierra al otro extremo del abismo, salvado por Aquino. Morral en la espalda, fusil al hombro y a buscar un camino en bajada sin fin, al costado de la montaña. Una pica sobre piedras, cuidando todo resbalón y caída. Este es un camino de indígenas. Llegamos abajo casi al amanecer. Campamento y retomar la marcha al día siguiente. Descanso en la cumbre de La Sirena. Un par de días, con nuestro discreto fogón frente a la cueva de las provisiones, y los gritos y risotadas, abajo, de los bañistas.

Nuevamente mapa y brújula, el río San Pedro de Limón y al descender, Puerto La Cruz. Marcha de madrugada, atravesar la corriente de la cima de La Sirena, rejender monte a machetazos, índice sobre la boca de Aquino, «¡silencio!», «¡Al suelo, en silencio!». Señala un costado del monte, entre los matorrales, un poco a la izquierda de nosotros fornica, está tirando una pareja campesina. Escuchamos sus respiraciones aceleradas y entrecortadas, pequeños quejidos del orgasmo, resoplan y suspiran muy hondo, terminan, se levantan, retoman su vestimenta y se retiran. Aguardamos un poco de tiempo para reiniciar nuestra marcha. En el camino sólo un polvito de harina de maíz o de azúcar en la palma de la mano de cada uno. No podemos hacer fogón. El humo puede llamar la atención de campesinos o patrullas militares. En el camino, un conuco, una mazorca de maíz tierno y jojoto, para masticarlo crudo. Un río de rumorosa corriente al caer la noche. Cerca un rancho campesino. A la orilla del río, sigilosamente, colgamos nuestros chinchorros de nylon de uno a otro extremo, entre un árbol y otro. En la madrugada del siguiente día, oscuro todavía, recogimos nuestros chinchorros, organizamos el morral y marchamos nuevamente, en fila, uno detrás del otro. Poco tiempo transcurrió desde el inicio de nuestra marcha, unos burros comenzaron a relinchar, sin parar, frente a las puertas de un rancho apareció una pareja campesina y nos sorprendió. Rápidamente Aquino mandó a cerrar filas y ordenó que marcháramos, se para frente a los campesinos. Les saludó, les dijo que éramos una patrulla del ejército. Preguntó si no habían visto guerrilleros por allí, lo negaron, dio las gracias y seguimos desfilando en marcha militar. El Negro Vallés se quejaba de que nunca había pasado tanta hambre. En un pequeño valle nos detuvimos, y por primera vez, después de tres días seguidos, prendimos un fogón y encima una olla de bollos pelones. Luego, con el agua enharinada, espolvoreada de Toddy, preparamos la más sabrosa bebida de nuestra vida. Reiniciamos la marcha, al pasar una quebrada sufrí un pequeño desmayo y en la cuesta perdí mi reloj pulsera. Al sobrepasar la orilla, un pequeño lechoso, ofrecía el oro y la púrpura de su fruto, que de inmediato compartimos. Vimos relucir a lo lejos la bahía de Puerto La Cruz. Organizamos campamento. Al día siguiente, Aquino bajó la cuesta hasta el último rancho de la última calle engranzonada de Chuparín Arriba. Los siguientes días fuimos bajando alternadamente a visitar esa familia de un contacto de la guerrilla en oriente, un campesino exrecluta del ejército, que salía todos los días hasta Puerto La Cruz, a buscar cualquier trabajo que le permitiera la comida para su numerosa familia. Compartía con nosotros lo poco que conseguía y también lo hacía con la mujer de un ladrón, que vivía en el rancho de al lado. La fiesta y la mayor celebración fue cuando subió cerro arriba hasta su rancho, con un saco de maíz sobre las espaldas. Eso fue arepas de budare y sancocho durante toda la semana. En una de nuestras acampadas, por la mañana, Aquino ordena desplegarnos cuidadosamente en movimiento. Rodeamos, sorprendemos y desarmamos al cazador. Lo invitamos a desayunar con nosotros, alrededor del fogón. Aquino le explica nuestra presencia guerrillera y para probar su fidelidad le pide una compra de alimentos en Puerto La cruz, lo esperamos a la vuelta, emboscados, pero llegó cumplida la encomienda fielmente. Nos hicimos amigos y ya teníamos una segunda casa de retaguardia. Luego Aquino hizo contacto con un viejo comunista, en el barrio Las Charas. Vivía en el traspatio de una bodega, en la cual cambiaban huevos de gallina de los vecinos por refrescos. En su condición de vigilante, como remuneración recibía diariamente un bolívar y un paquetico de harina de maíz, un kilo de cataco por un real y bollitos pelones todos los días. Compartir primero el piso y después el catre del viejito comunista, que no permitió seguir con su exclusividad y se extrañaba de mis cuidados de seguridad, porque el partido estaba legalizado, me repetía. De retorno de una visita al velatorio de mi padre, en nuestra casa de la calle Anzoátegui, en Aragua de Barcelona, evadiendo el cerco policial inmediato, guiado entre solares por mis familiares, duermo al lado de mi madre en casa de mi tío Domingo Torrealba, en Santa Rosa. Al día siguiente, en contacto con Aquino, me comunica mi traslado a Caracas.

No supe propiamente más de Aquino, hasta su asesinato junto a Carlos Wilfredo García, El Filósofo, mientras custodiaban al gringo William Frank Niehous, gerente de la fábrica de vidrio Owens Illinois, en su condición de agente de la CIA y negociados con el gobierno de Carlos Andrés Pérez. Fue secuestrado por los Comandos Revolucionarios Argimiro Gabaldón y retenido por la clandestina OR, hasta el incidente en el cual es liberado Niehous y son torturados y asesinados con aplicación de la ley de fuga y tiros de gracia Aquino Carpio y Carlos Wilfredo García. Sus cadáveres fueron arrastrados por el monte hasta la carretera, amarradas sus manos a la cola de sendos caballos. Tibisay García, hermana de El Filósofo, la que de niños ambos,  se comunicaba con él, a distancia, con vasitos de cartón unidos entre sí por un largo hilo, comprobó en la morgue las torturas que sufrieran los dos jóvenes revolucionarios, desnudos con penes largos y tumefactos como si de caballos se tratase y extremidades hinchadas y descoyuntadas, tiros de gracia por la nuca y la espalda, confirmado todo ello por el abogado, docente universitario y militante revolucionario indoblegable Agustín Calzadilla, presidente de la Asociación de Defensa de los Derechos Humanos, en compañía del diputado José Vicente Rangel, adalidad y generalmente solitario defensor de presos políticos secuestrados  y torturados en sedes policiales y militares. Aquino volvió a las llanuras de Tucupido, al cementerio del lugar. Dicen que a medianoche se le ha visto sentado en el quicio de su casa de familia, leyendo el libro La revolución federal, de su pariente y coterráneo Armas Chitty, al que siempre cargaba en su morral, abría, cerraba y guardaba. El viejo y sabio maestro de Soro y de nuestra República, Carlos García Maneiro, padre de El Filósofo, sorprendido e impactado por el avance noticioso de la televisión, primero se desmayó de un solo golpe y tiempo después dijo que el gringo Niehous gritaba a los petejotas victimarios, «no los maten, no los maten, son buenos, son buenos».

Aquino y Carlos Wilfredo habían cuidado la salud, la alimentación, las lecturas y el diálogo con Niehous, nada de extraño tiene que hubiese gritado «no los maten», pero la indolencia y bestialidad homicida no los escuchó. Durante el velatorio de Carlos Wilfredo García, se presentaron varios agentes de seguridad armados e «inteligencia y contrainteligencia». Al verlos, el viejo maestro Carlos García Maneiro, padre de El Filósofo, se abrió con mucha fuerza la camisa y les gritó, con el pecho desnudo: «Vengan, vengan, ahora mátenme a mí también, vengan». Los policías se retiraron de inmediato y no volvieron con sus aviesas intenciones e intimidaciones. El Filósofo fue primero enterrado en el Cementerio General del Sur y años después su cadáver fue trasladado hasta el cementerio de su Soro natal y residencia de sus padres, Carlos García Maneiro e Isabelina de García, docentes y maestros de toda la vida, en varias ciudades del territorio de nuestra República. Al Soro natal también fue trasladado el cadáver de Ronald Morao, El Pecas, víctima de la masacre de Yumare, orquestada y cumplida perversa y macabramente por agentes de la DISIP, bajo el mando del torturador y asesino de interminable historial y expediente que seguramente aún no se ha levantado por completo, Henry López Sisco. En Soro, en la península de Paria, frente al mar Caribe y las luces de la isla de Trinidad por las noches, dicen que ven conversando en la playa, entre la pleamar y la resaca, a los dos jóvenes nobles, puros, idealistas y patriotas, Carlos Wilfredo García, El Filósofo y Ronald Morao, El Pecas.

jueves, 1 de diciembre de 2022

JULIO ESCALONA, DISIDENCIA Y POLíTICA REBELDE


(Orlando Villalobos Finol)



Julio Escalona Ojeda es una Venezuela, representa un imaginario, una tendencia que va más allá de la política y se convierte en llamarada cultural, artística y poética; en fin, patrimonio inmaterial. Como él otros y otras sembraron patria y labraron surcos.

Más allá de cualquier reconocimiento, también hay que ponderar que las luchas de ayer dieron paso a muchos derechos de hoy; que el cambio social es una trama compleja y difícil, y sigue adelante a pesar de las barreras y sobresaltos.

A lo largo de varias décadas, la voz de Julio Escalona aparece para preguntar y dudar, criticar y diferir de políticas y gobiernos. Intenta siempre abrir caminos para lo contrahegemónico y lo alternativo. Levanta banderas revolucionarias, y ya esa palabra dice bastante.

En la década de los años 50, fue activista contra la dictadura de Pérez Jiménez, en los 60 fue estudiante de economía en la UCV y dirigente estudiantil, en los 70 da un giro de muchos grados y se lanza con la Liga Socialista, “para la política abierta y legal, e incursionar en las instituciones burguesas” –en sus palabras-. En la década de los 80 y 90 participa de experiencias de organizaciones sociales. A partir de 1984 se incorpora como profesor en la UCV. Con la victoria electoral de Hugo Chávez en 1998 cambia la política venezolana. En el periodo 2010-2014 fue nombrado embajador alterno permanente ante la ONU. Por más de 15 años fue columnista del diario Ultimas Noticias.

Su nombre está ligado a procesos de lucha por la democracia y el socialismo, por superar la desigualdad y por “conquistar el cielo por asalto”, una consigna del mayo francés. Es militante, activista y protagonista de la política venezolana, tenaz y generoso, polémico y arriesgado. Cosechó victorias y reconoció muchas veces sus errores y derrotas, como cuando entendió que había sido derrotado el movimiento insurgente y guerrillero de los años 60. O cuando la izquierda cayó en la división y en el debate que no iba para ninguna parte.

Navegar sin naufragar

La historia viva registra nombres y episodios, decisiones y omisiones, vidas y pasiones, en las cuales hallamos enseñanzas y claves para entender los escenarios actuales y, como dicen los viejos marineros, para navegar sin naufragar. Julio Escalona es, sin duda, uno de esos nombres o personajes.

Nació en Valencia, cerca del Campo de Carabobo, el 9 de enero de 1938. De familia campesina, supo de limitaciones económicas. Acompañaba a su padre José Elías Escalona, un campesino que se buscaba la vida desde antes del amanecer, en un tiempo como vendedor ambulante y después como pulpero, en el cruce de la calle López con la avenida Montes de Oca, en el sur de Valencia.

Estudió en el liceo Pedro Gual, de Valencia. Sus estudios de economía los inició en octubre de 1956, en la UCV. Vivió en la residencia universitaria, así que desde temprano supo de reparto de volantes, marchas y proclamas contra la dictadura de Pérez Jiménez. Promovió la huelga estudiantil universitaria del 21 de noviembre de 1957 –a partir de entonces el 21 de noviembre se conmemora como el Día del Estudiante Universitario-. También acompañó la insurgencia militar del 1 de enero de 1958, en Maracay, encabezada por el coronel Hugo Trejo. Estas acciones sumaron aguas al vendaval que finalmente origina el 23 de enero de 1958, que acaba con la dictadura.

Se graduó en 1961. Ya para entonces tenía recorrido en la militancia política. Ese año participó como dirigente juvenil en la fundación del MIR, partido que se escinde de AD.

La juventud del MIR

A principios de los años 60 se expresó en los debates que ocurrían en AD. Desde el gobierno ese partido promueve y ejecuta políticas en favor de los poderosos. Con Rómulo Betancourt en la presidencia de la república, AD había renunciado a muchas de sus banderas de justicia social y se amoldó a las políticas delineadas por Estados Unidos.

Después de la dictadura hay un reacomodo de fuerzas y de clases. Los reclamos y movilizaciones obreras son reprimidas. Dirigentes como Prieto Figueroa, Paz Galarraga y Salón Mesa Espinoza conforman en AD, el partido de gobierno, una corriente intermedia, mediadora, que un tiempo después, en 1967, dio lugar al MEP. En AD estaba la presencia de una corriente de izquierda que en mayo de 1960 se constituye en el MIR.

La Juventud del MIR de la que formó parte Escalona nutre a esa formación política. Entre los principales dirigentes figuran Domingo Alberto Rangel, Moisés Moleiro y Américo Martín. Julio Escalona aparece entre los fundadores del MIR.

En esos primeros años del 60, fue presidente de la Federación de Centros Universitarios, FCU, de la UCV, estuvo presente en un Festival Mundial de la Juventud en Viena y hace una gira en la que visita la URSS (Moscú y Armenia), Hungría, Checoeslovaquia, Roma, Sicilia y Túnez.

En 1962 se dictó en su contra un auto de detención por incitación a la rebelión, acusación que se utilizaba contra los disidentes políticos. En 1966 se incorpora al movimiento por la lucha armada, en el oriente del país. Ingresa al Frente Guerrillero Antonio José de Sucre, como parte de su comandancia. Ya para 1969 redacta el documento de la Célula Dante, que fija posición en lo se denominó “proceso de cuestionamiento interno del MIR”. Las ideas allí expuestas se convierten en una referencia dentro del debate.

Las diferencias que ocurren en el frente guerrillero culminan con su renuncia a la comandancia. “Fue una manera de decirle a todo el MIR y a su aguerrida juventud, que no compartía las políticas y los métodos de los demás miembros de la comandancia guerrillera (…) no eran intocables. Hoy podían ser comandantes y mañana soldados”, anota Juan Medina Figueredo (2010. Siglo XXI. Educación y revolución, Valencia, p. 61). Anuncia que se quedará como un combatiente. Esa posición se mantiene por poco tiempo. Los guerrilleros de la juventud del MIR, influidos por Julio Escalona, y por Jorge Rodríguez en las ciudades, son acusados de fraccionamiento. El frente guerrillero se divide. Escalona junto a Jorge Rodríguez, Fernando Soto Rojas y Marcos Gómez, como principales articuladores, funda en 1969 la Organización de Revolucionarios.

El movimiento alternativo a la política del sistema finaliza la década del 60 muy debilitado. No logra una interpretación a cabalidad de lo que sucede después de la dictadura y experimenta el acoso y represión abierta de una política terrorista de Estado, que tortura, asesina y deja una larga lista de desaparecidos. Son tiempos de “guerra fría” y se aplica la doctrina de seguridad nacional, que lleva el sello del Departamento de Estado. Los gobiernos de AD y Copei aplicaron una lógica de amigo/enemigo. En esas condiciones cómo conseguir espacios para la política. Esa reflexión recorre a la izquierda, dada la imperiosa necesidad de conseguir cauces populares. Escalona y otros proponen combinar las formas de lucha y de organización; sociales, políticas, abiertas, legales y políticas.

Surge la Liga Socialista

Para las elecciones de 1973, desde la izquierda se ensayan políticas electorales diversas. El MAS postula como candidato presidencial a José Vicente Rangel, quien obtiene el 4.2 por ciento de los votos. El MEP dio un traspiés. Prieto Figueroa en las elecciones anteriores, en 1978, había cosechado el 20 % de los votos. La lógica indicaba que debía repetir como candidato, pero se decide cambiar de rumbo y aparece la opción de Paz Galarraga. Solo consiguió el 5 %. Esta era la izquierda electoral y parlamentaria. La izquierda radical salía de la derrota y mira hacia distintas direcciones, en unos casos participar, y en otras mantener el llamado a la abstención. Julio Escalona, Domingo Alberto Rangel y otros proponen la ruta del voto nulo, participar criticando, en un intento por estar “allí donde están las masas”.

La campaña por el voto nulo se lleva a cabo y se forman comités en algunos pueblos y ciudades. Cabe anotar que transitoriamente se constituye un Frente Socialista Revolucionario que incentiva la unificación a partir de una táctica electoral común. La revista Trimestre Ideológico (enero-marzo de 1973. N° 14, Caracas, p. 84-90) que había surgido del Congreso Cultural de Cabimas, dirigida por Pedro Duno, J. R, Núñez Tenorio y Luis Cipriano Rodríguez publicó un dossier sobre los pronunciamientos de este Frente.

Como corolario de la jornada, ya están echadas las bases para el surgimiento de una organización legalmente constituida: Liga Socialista. El núcleo fundador lo integran los cuadros legales Jorge Rodríguez, Carmelo Laborit, Norelkis Mesa, Esther Añez, Orlando Yajure, Oscar Bataglini y otros. Los dirigentes de la OR permanecen en la clandestinidad. Todavía no había condiciones para aparecer públicamente.

Escalona es uno de los principales redactores de ensayos que fueron muy difundidos en los años 70 y dieron luz y sustento a organizaciones populares: “¿Votar para qué?”, “La táctica del voto nulo”,  “La abstención electoral y la necesidad de una táctica revolucionaria”, “CAP moderniza el capitalismo dependiente”, y “Hay que trabajar sin falta allí donde están las masas”. Estos trabajos circularon en el formato libro. Sirvieron de sustento para el trabajo político.

La Liga Socialista cumplió una misión: promover la organización popular, recuperar fuerzas, levantar una opción política distinta. Creció en las principales ciudades venezolanas. En 1978 se anota la victoria de conseguir la elección como diputado de David Nieves, quien estaba en la cárcel. Como fortalezas, la política de la Liga germinó en las universidades, en el trabajo sindical y en los barrios pobres. En alianza con otros movimientos y partidos de izquierda ganó elecciones sindicales –en el sindicato siderúrgico de Guayana, en el sindicato eléctrico de Maracaibo, entre ellos- y en federaciones y centros universitarios. Su debilidad principal fue el espíritu de secta, que atravesaba a la izquierda. Proclamó que había que unirse con todo aquel que fuera posible. En los hechos tuvo vacilaciones para dar ese paso. En 1976 sufrió el duro revés del asesinato por la policía política del gobierno de su secretario general, Jorge Rodríguez. Este acontecimiento devela la política represiva del Estado-gobierno.

El reloj se movió. En 1978 fue electo presidente Luis Herrera Campíns. Se legalizan una serie de dirigentes políticos que se incorporan a la LS: Julio Escalona, Marcos Gómez, Fernando Soto Rojas y otros. Pasa a ocupar el rol de secretario general y allí permanece hasta principios de 1985. En 1983 se consiguió la reelección de David Nieves como diputado, pero se esperaba más. Hubo timidez en las alianzas electorales, otra vez el sectarismo.

El debate político y las tensiones crecen en la Liga. Julio propone el reconocimiento de corrientes internas y convertir al Comité Nacional en un centro de coordinación de las propuestas e iniciativas en desarrollo. Eso no se aprueba y renuncia a la secretaría general. Se retira de la Liga pocos meses después.

La ecología del bienestar

Desde 1985, se dedica a la docencia universitaria, en la UCV. Fue profesor, investigador y director de la Escuela de Economía.

Siguió adelante promoviendo otra política. Pone el acento en las organizaciones sociales, en formas de articulación y coordinación. Organizó el Primer congreso Venezolano de Tecnología Popular y Primer Encuentro de Soluciones Alternativas, en la Facultad de Ciencias Forestales de la ULA. En la UCV fue artífice del Congreso Internacional de los Derechos Humanos.

En esa línea reflexiva y práctica, en 1991 publica el libro “Hacia una ecología del saber”, con el respaldo de la UCV y el Conac. En la década de los 90, apoyó, acompañó y organizó grupos de estudio y de trabajo en Caracas, Maracaibo, Barquisimeto, Valencia y otras ciudades. Lo hace desde la ecología del bienestar: “con un tejido cultural diverso y multicolor, ecológico y espiritualista; con su red comunicacional alternativa y las organizaciones comunitarias y la escuela como un centro de vida, generadora de aprendizajes a su interior y en la comunidad; con la agricultura del conuco (huertos familiares, labranza mínima, granjas integrales, compost, riego por goteo, la recuperación y conservación de semillas originales y de especies vegetales y animales; la alimentación y la cocina; la medicina natural y popular, la construcción con viejos materiales (arquitectura de barro) y nuevos materiales” (Juan Medina, 2010, p. 87).

En 2010 asume como embajador alterno en la ONU. Con más posibilidades, difunde con más amplitud su visión, participando en programas de radio y de televisión.

Ese año auspicia la creación de Patria Urgente, una página web para reunir información e interpretación sobre la situación venezolana.

No es lo mismo

Además de los libros ya referidos, anotamos estos tres de su autoría: “Geopolítica de la liberación. El siglo XXI de Chávez” (2016), editorial El perro y la rana; “La producción, milagro ecológico. Lo que la economía no comprende” (2020, editorial Trinchera); y “Puntofijismo y 23 de enero de 1958, la rebelión como proceso”, editorial El perro y la rana.

Ha publicado artículos en distintas publicaciones. En Política Exterior y Soberanía N° 3, de julio-septiembre de 2007, publicó: “Lo inédito de la revolución venezolana”, donde examina el diálogo entre ciencia, espiritualidad y filosofía.

Para Julio Escalona, y para aquellos que defienden con ardor, pasión y convicción sus ideales son válidas las palabras pronunciadas por Cristina Fernández de Kirchner (17 de noviembre de 2022. Diario Página 12): "No es lo mismo equivocarse y que cuando uno se equivoca es la propia vida y el propio cuero el que pone, que los dirigentes políticos que se equivocan con el dolor del pueblo y la miseria del pueblo y nunca pagan nada. No es lo mismo tener errores (…) por haber jugado a un proyecto político que provocar dolor sin hacerse cargo”.

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lunes, 19 de julio de 2021

Miguel Ordóñez, la canción que vino del barrio

 

 

(Orlando Villalobos Finol)

Comenzaba la década del 70 y en medio de restricciones y prejuicios, la canción popular estaba ahí, acorralada, prohibida. “Si es importada es mejor”, era el leitmotiv.

Sin embargo, la canción hija del sentimiento y pretensión de movimientos telúricos, sociales y políticos, pudo insurgir y abrirse paso. No pueden perecer los pequeños seres de Salvador Garmendia, ni los versos de Víctor Valera Mora, ni el País Portátil, de Adriano González León; ni las canciones que trajo Alí Primera.

Un día, a comienzos de 1973, Alí Primera pasó por el auditorio de la Facultad de Ingeniería, de la Universidad del Zulia, y logró reunir unas 30 personas. Ya había grabado pero eran sus primeros años y por tanto, era casi clandestino. Con el tiempo él ganó la partida porque logra llegar y ocupar la radio, con su “Cunaviche adentro” y todo ese verso rebelde y amoroso. “Dale que la soga se revienta”. Poco a poco comenzó a forjarse su trascendencia.

En esa presentación-reunión estuvo Miguel Ordóñez. Dijo que le maravilló aquella idea fuerza. “Yo lo conocía por un disco que nos llevó el Negro Fucho Sánchez al barrio. Era un disco que tenía rayada la primera canción, “Perdóneme tío Juan”. La podíamos escuchar pero ya comenzada. Como cinco años después supe como empezaba esa canción”.

Prosiguió su relato: “Cuando terminó de cantar, yo tuve la determinación de presentármele. Yo hago esto, hago canciones. Esa fue mi primera conversa con él. Un tiempo después lo conseguí en Caracas y forjamos una estrecha amistad. Nos apoyó desde el sello Cigarrón. Me convertí en el enlace de Alí con Maracaibo, junto con otros compañeros: Efraín Bruges, Ramón Soto Urdaneta, Leonardo Núñez, entre ellos. Organizamos un acto que se hizo en Maracaibo con Alí, en la Plaza de Toros. Fue masivo. Su poder de convocatoria era inmenso. Ese fue un evento de los Comités de Unidad con el Pueblo, los CUP, que él promovía”.

A finales de los 70 y principios de los 80, Alí promovió un movimiento al que llamó la canción solidaria, que luego se transformó y ganó amplitud, la canción bolivariana.

Ese espíritu de canción rebelde y solidaria lo vivió a plenitud Miguel Ordóñez. Recibió esa influencia y la expresó en canciones, coherencia y convicciones.

Dejemos que Miguel lo cuente: “Comencé desde muy niño a componer algo parecido a canciones. No existía Alí en el camino y cuando lo conozco vino a reforzar lo que hacía. Mi encuentro con su influencia me nutrió desde el punto de vista de la estatura humana del cantor. Su ejemplo de solidaridad, abrazo, calidez… Esa era su huella”.

Miguel vivió de niño en La Salina, entre el 18 de Octubre y Santa Rosa de Agua, en el barrio adentro. Nació en Maracaibo el 1 de noviembre de 1953.

Se veía a sí mismo como alguien que proyectaba el sentimiento y la rabia, desde la palabra hecha canción. “Las palabras están cargadas de música y las podemos traducir en canciones. Eso es lo que en mi caso llamo la canción popular, que es al mismo tiempo la canción vanguardia o de compromiso. Alí la llamó la canción necesaria. Aquello que dice Neruda sobre el poeta, que es la más alta estatura del ser humano, y Alí lo repetía a su manera. La canción es una aliada de los pueblos y es parte de la esencia humana, como lo es la danza y otras expresiones. La canción permite llevar el mensaje, la rítmica y la melodía, para hacerte bailar, sentir o pensar. La canción es una forma, un camino para unirte a otros, vencer barreras, enterrar las penas”.

Para Miguel Ordóñez hay una distinción entre ser cantante y ser cantor. “Alí decía el cantante tiene con qué y el cantor tiene el por qué. Hay una brecha entre ser cantante y cantor. La industria busca encandilar para vender y crea los cantantes. El cantor en cambio responde a una necesidad intima, personal; es lo que llevamos por dentro; la que abre caminos”.

Uno de los proyectos musicales que promovió fue la agrupación Mayatei; maya por la civilización de mesoamérica, y tei, un vocablo indígena añú, que significa padre. Buscaba resalta la condición indígena originaria. De este grupo es la canción “Indoamérica”, beneplácito de los melómanos.

 

La gaita como bandera

“Un pueblo noble/ y creyente fe reclama/ y entristece la penumbra/ en su dolor/ casi se esconde de su sol/ como apenado por el olvido/ en el que se encuentra su región”. Esta letra está en Maracaibo Marginada. “Ese es Ricardo Aguirre. Solo lo pudo hacer él, porque expone un sentimiento que viene de la gente”, reflexionó.

Miguel entendió lo que era la gaita y asumió esa vertiente. Por allí se fue y ganó tanta presencia que su nombre está ligado al movimiento gaitero.

Fue autor de “Los Botelleros”, que recoge la estampa del cambio de botellas a los muchachos por frutas; “Las Petacas”, ganadora del Festival una Gaita para el Zulia, en los 80; “Rubén el Campanero”, sobre el eterno campanero de la Basílica, Rubén Aguirre, grabada por los Cardenales del Éxito. “El ejemplo que Caracas dio”, fue gaita del año en Caracas, en 1997, recoge una protesta: “Que bajen de los cerros los rostros de la patria/ para que la esperanza se haga, panita, una realidad/ que el corazón contento palpite amor, Caracas/ y que pronto todos juntos alcancen la libertad”. No es fácil que una gaita con ese contenido poético social pegara. Miguel lo logró y puso a cantar a los caraqueños.

En 2015, con “Regresó la piragua”, ganó el Festival de Gaitas Virgilio Carruyo, con la agrupación La Cuadra Gaitera y la interpretación de Rafael "El Pollo" Brito. Repitió en 2016 en ese evento con “Para mí”, con Danelo Badell y La Universidad de la Gaita.

Sigo con su periplo. Rincón Morales le grabó “Canturreando”, en la voz Lula López. El conjunto Saladillo de RQ, “Vivencia Saladillera”; Gaiteros de Pillopo, “Los Botelleros”; el Grupo Candela, “Las Petacas” y después “El Credo”, una décima. “Apocalipsis”, una composición contra la guerra nuclear, fue interpretada por Daniel Méndez con Los Zagales del Padre Vílchez y Ángel Sarabia, en 1980, grabó “Rebeldía”.

Fulvia Padrón en 1983 sembró el tema “La patria herida”, con Rincón Morales. “La patria, la patria con sus heridas hoy ansía la libertad/entonces su dignidad tiene la lucha cautiva/y un látigo la fustiga y le parte el corazón/quien quita y vuelva un Simón a colmarla de quereres/pero patria no te desesperes que habrá nueva lucha y nueva redención”.

Nada más esas dos gaitas, “Rebeldía” y “La patria herida”, dejan ver una posición definida, “porque somos lo que somos”. Está en sus canciones, y en sus gaitas, una carga de pasión social y política.

De la mano de Miguel llegó una gaita que fundó o reforzó un espacio; una gaita poético-social, que registró vivencias y le dio sentido a la identidad. Le puso sabor pero también un contenido. “La gaita es una crónica. A través de ella, a cualquiera que llegue de otro país, le ponemos cinco o seis gaitas y sabe quiénes somos nosotros. Allí le hablamos del lago, del vos, de las calles, de la religiosidad, no tenemos que explicarle nada. Eso está en nosotros. Como en todo, hay el relleno fácil, pero siempre hay quien salga y haga una gaita alegre y sencilla, que muestre lo que somos y lo que queremos”.

Tenía el ejemplo de Ricardo Aguirre que hizo una gaita “reclamante”, la tradición fundada por Virgilio Carruyo; se nutrió de las composiciones de Eurípides Romero y tuvo el talento para darle cauce al sentimiento rebelde en sus letras.

Dijo Miguel que en la gaita hay una carga de identidad y memoria que la convierte en poesía perdurable, como pasa con “La grey zuliana”. Allí el espíritu de un pueblo se siente reflejado. Lo comparaba con lo que hace la industria que trabaja para vender canciones ocasionales y banales. “Es una fábrica de productos efímeros”.

Miguel Ordóñez falleció el 28 de abril de 2021. Su obra perdura, la rebeldía de sus canciones no se apaga. Su gaita está ahí, bonita, como “la mejor petaca que en todo el barrio han volao”.


viernes, 23 de diciembre de 2016

Diciembre

(Orlando Villalobos) 

Llegamos a los días cruciales de diciembre. Dice Leonardo Boff, maestro brasileño de la filosofía y de la palabra, que para construir otro mundo posible se hace necesario ganar la comensalidad, es decir, la posibilidad de comer y beber juntos, de reunirnos, ganar convivencia; podemos decir, es necesario, ir más allá de facebook y de twitter, y de otras famosas redes virtuales que están de moda.
Para construir la paz y seres humanos, para ganar humanidad, tenemos que ir a la comensalidad. Vivimos en un mundo que muere de muchas guerras y lo más grave, más de la mitad de la humanidad no tiene posibilidad de comer y beber de un modo mínimamente humano, lo cual constituye un escándalo.
Decimos todo esto porque en los pueblos, campos, ciudades y barrios nuestros se acostumbra que el 24 de diciembre la gente se reúna, con amigos y con extraños, para estar juntos, compartir, celebrar, reír y a veces hasta para llorar.
Es un momento de comensalidad, vuelvo con la palabra de Leonardo Boff, porque los alimentos son algo más que realidades materiales. Son símbolos de encuentro, de estar juntos. La mayor alegría de la madre o de la cocinera es percibir la alegría de los comensales, de los que comen.
Que esta fecha sea propicia para renovar la voluntad de cambiar el mundo, de no conformarnos con la injusticia, de no mirar para otro lado cuando nos corresponda ser justos y capaces de actuar con consciencia y compromiso con los demás.


viernes, 4 de noviembre de 2016

El nuevo comunicador

Autor: Alfonso Gumucio Dagron [1]
Las siguientes están llamadas a ser las principales premisas del nuevo comunicador:
1. El nuevo comunicador debe comprender que la tecnología es una herramienta y nada más que una herramienta. La tecnología puede apoyar el proceso de comunicación, pero este no puede depender totalmente de ella. También, es importante comprender que la tecnología no sólo implica computadores, satélites e Internet. Un lápiz es un maravilloso producto de la tecnología y técnicas de comunicación que han demostrado su eficacia van desde el teatro popular hasta los murales comunitarios.
2. El nuevo comunicador debe entender profundamente que la comunicación para el cambio social trabaja esencialmente con culturas y que se necesita una sensibilidad muy especial para apoyar el proceso de cambio social en el mundo en desarrollo, que no tiene nada más a que aferrarse que a su identidad cultural. Desarrollo y cambio social deben ser posibles dentro de un proceso de intercambios culturales horizontales y respetuosos.
3. El nuevo comunicador debe estar familiarizado con el siguiente concepto: en comunicación para el cambio social el proceso es más importante que el producto. En periodismo, los artículos, los documentales de video o los programas de radio son resultados valiosos para un profesional experimentado. Pero en el cambio social y desarrollo, el proceso de comunicación con la gente y dentro de las comunidades es más importante que las ayudas impresas o audio-visuales que puedan surgir de esa dinámica. Es en el proceso de comunicación y participación que se inicia el cambio social.







[1] Boliviano. Es escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y especialista en comunicación para el desarrollo. Ha publicado más de veinte libros de poesía, narrativa, testimonio y estudios sobre literatura, cine y comunicación, entre ellos:  Haciendo olas: Comunicación participativa para el cambio social (2001) y Antología de Comunicación para el Cambio Social (2008).

domingo, 30 de octubre de 2016

Volvamos al campo

(Autor: Mario Fernández)

Tenemos muchos años proponiendo el uso de nuestros patios y solares para la siembra, mucho antes que en nuestro país se hablara de agricultura urbana y periurbana. Claro está, también es cierto que no he sido el único, no se trata de competir entre quiénes serían los pioneros, pero en esto he sido persistente incluso necio.
Muy pocos han atendido el llamado que hemos hecho, tal vez por no haber encontrado una didáctica convincente y adecuada de nuestra parte.
A ver si los convenzo esta vez: la agricultura no solo sirve –sobre todo la que podemos realizar en nuestras casas- para producir alimentos para nuestra bioquímica humana, reponiendo las proteínas, vitaminas, minerales, etc., que hemos consumido, sino y también, para nuestro estado de ánimo y nuestro espíritu provocando un necesario equilibrio dentro del agite citadino y cotidiano. La llamada agricultura familiar lo es porque participan todos los moradores de la casa, entonces aumenta el calor afectivo de sus miembros adquiriendo la categoría de hogar.
A través de la agricultura podemos revisar la historia de la humanidad en términos globales, civilizatorios, locales, comunales, entre otros. Recordemos que cultivo es cultura, por lo tanto la escritura que el ser humano ha impreso sobre la tierra para producir sus necesidades primarias es una enorme enciclopedia con datos acerca de nuestro pasado en espera que la revisemos una y mil veces.
La práctica agrícola funciona como un ejercicio físico con doble resultado: nos libramos de toxinas y generamos alimentos. Ambas derivaciones son frutos en el sentido estricto del término, ya que fruto es equivalente a producto (del latín productus) como aquello que proviene del trabajo y el esfuerzo.
Atender los cultivos en forma grupal nos lleva a tertulias y conversas no solo sobre lo agrícola sino sobre cualquier otro tema, así que una buena excusa para la reflexión colectiva puede ser aprovechar este tipo de labores. En solitario, nos abre enormes posibilidades para disquisiciones filosóficas y trascendentales.
La paciencia como uno de los valores humanos, bien puede desarrollarse a través de la práctica agrícola, entendiendo que ésta se da por etapa: siembra de la semilla y espera de su germinación; crecimiento de la planta y expectación por las primeras flores; gestación de las flores y surgimiento de los frutos; aguardar por la cosecha.
Los colores y olores que surgen de todas las partes de las plantas; las mariposas y otros insectos que atrae; las aves que se acercan con su trinar; la satisfacción por consumir alimentos producidos por uno mismo; la frescura y estética de nuestros patios agrícolas; entre otras miradas, crean un verdadero marco terapéutico tan necesario para los seres humanos, sobre todo quienes vivimos en las urbes bombardeadas por todo tipo de contaminación.
¡Alguien me escuchó! Gratamente debo resaltar que un buen amigo decidió emprender la agricultura en su solar, atendiendo todo lo anteriormente expuesto. Se trata del profesor José Larez joselarezve@hotmail.com que junto a su esposa y sus tres hijos menores (un niño y dos niñas) están viviendo la experiencia de la horticultura.
Sigamos el ejemplo del amigo citado y hagamos palpable aquellos versos de Rafael Rodríguez: “Volvamos al campo amigo mío/volvamos a su esplendor/vamos a beber agua del río/y a ver como sale el sol/olvidemos el petróleo/que es un mundo de ilusión/de a poco se va gastando/como un viejo corazón/volvamos al campo amigo mío/volvamos a su esplendor…” (Rodríguez Rafael. Compositor zuliano, autor de gaitas como “Orinoco”, “Alguien Canta”, “Gaita Entre Ruinas”, etc.)
Más abajo, una imagen donde estamos en casa de José Larez, ubicada en el barrio “Brisas del Sur” de la parroquia Manuel Dagnino en el municipio Maracaibo (estado Zulia, Venezuela -para quienes no conozcan al país-):