Por Orlando Villalobios Finol
Leo: “En esta mesa nuestras raíces se conocen, se respetan y se honran”, (@desireemurillo).
Así comenzamos por el principio o con los principios.
“Sabido es cuánto tardan las naciones en reconocer los méritos de quienes combatieron en el bando de los derrotados. Sabido es que la historia la escriben los vencedores mientras conservan ese rango”. (Ángel Rama, diario El Nacional, 1977).
Se cumplen 50 años del asesinato de Jorge Antonio Rodríguez, dirigente emblemático del movimiento revolucionario venezolano y manantial subversivo, título de un documental sobre su trayectoria.
Fue un crimen salvaje que buscaba cortar la recuperación que comenzaban a experimentar las organizaciones populares. Venezuela venía de una dictadura como la de Pérez Jiménez y de la represión abierta en la década de los años 60, del siglo pasado, contra cualquier intento por alzar la voz, proclamar y defender derechos sociales y políticos. En el apogeo de aquello que se conoció como “la guerra fría” para resumir el ataque contra todo lo rebelde y antisistema, en América Latina y el Caribe, considerado como el patio trasero y toda esa jerigonza colonialista gringa.
Todavía el video permite observar el rictus hipócrita de Octavio Lepage, ministro de policía del expresidente Carlos Andrés Pérez, cuando nervioso mentía con descaro, diciendo que Jorge Rodríguez había fallecido de repente, cuando se encontraba detenido en los calabozos de la policía política, Disip. Nadie lo creyó. Ni ellos mismos lo creyeron.
En aquella década de la década de los años 70, en Venezuela se había configurado un sistema bipartidista (AD y Copei) que garantizaba que la dominación capitalista viera pasar los días sin sobresaltos. En medio de aquella supuesta normalidad, se mantenía una política de Estado de represión abierta, que se materializó en la persecusión, la tortura, el asesinato político y en los desaparecidos. Las palabras socialismo y revolución eran vistas con sospecha y discriminadas. Casi proscritas de facto y desparecidas del espacio público. El socialismo se gestaba en las catacumbas.
En el Zulia
En aquellos años 70, una vez que se funda la Liga Socialista, Jorge Rodríguez vino varias veces al Zulia. No sabría decir cuántas veces, pero fueron varias. Una fue cuando abrimos la casa de la LS, en Veritas, frente al Hospital de Niños. Hicimos un acto para inaugurar esa sede, el 12 de febrero de 1975.
Vino en otra ocasión a participar en un foro en la Facultad de Ingeniería, de la Universidad del Zulia, para debatir sobre la nacionalización del petróleo. Allí estuvo junto a académicos y diputados. Estuvieron el diputado de Copei Abdón Vivas Terán, y el profesor Gastón Parra Luzardo, entre otros. En junio de 1976, un mes antes de su asesinato volvió y de aquí se fue por tierra a un acto en Boconó.
Una de las actividades centrales de Jorge en el Zulia fue la marcha anti-imperialista de 1975, que culminó con una concentración y movilización en Cabimas. Ese día Jorge Rodríguez expuso las limitaciones de la nacionalización del petróleo de ese momento... La nacionalización chucuta.
Obra pública
Pasa el tiempo y queda la obra. Continúa la cosecha. Por eso sigue vive la hazaña de muchos y muchas que lo dieron todo para construir horizontes para el sueño de patria, justicia y bienestar.
En esa obra pública coincidimos y nos reencontramos con Jorge Rodríguez y con quienes crearon y lo dieron todo por construir otro mundo posible y buen vivir; con quienes fundaron sindicatos o los recuperaron para la lucha obrera; centros de estudiantes y organizaciones populares. Crearon y promovieron periódicos y revistas, editaron libros propios y ajenos. Formaron talleres literarios, círculos de lectura, equipos políticos, clubes juveniles. Promovieron la creación de escuelas, servicios de salud y centros culturales, siempre pisando el territorio del movimiento popular y contra la exclusión, la desigualdad y la represión. Nos enseñaron la solidaridad y el valor de la vida en comunidad.
Hoy honramos a Jorge Rodríguez, como una manera de exhaltar a quienes nos legaron aportes y sabiduría, y escribieron la historia reciente con pasión y sangre. Este relato se completa cuando sumamos en este homenaje a Fabricio Ojeda, al comandante Hugo Chávez, Carmelo Laborit, la canción urgente y necesaria de Alí Primera, Julio Escalona, Livia Gouvernier, José Vicente Rangel, Olga Luzardo, Alberto Lovera, Orlando Yajure, Alí Rodríguez Araque, Douglas Bravo, Esther Añez, David Nieves, José Rafael Zabala, Chema Saer, Francisco Prada, Carlos Betancourt, Cheo Parra, Eduardo Ríos, Eddy López, Foncho; Héctor Mujica, Aristóbulo Isturiz… La lista es muy larga ... Uno hace memoria y encuentra en cada uno de ellos y ellas a maestros y maestras de la vida. Gente que no reparó en limitaciones y dificultades. Siempre fueron al frente y mantuvieron encendida la llama de la rebelión. Era gente de pelea, como decíamos en la Liga Socialista.
El maestro
Jorge Antonio Rodríguez nace en Carora el 16 de febrero de 1942. Allí estudia la primaria. Crece entre quebradas y cardones bajo la protección de Eloína, su mamá. Era hijo natural y de familia muy pobre. Por eso se fue a Rubio porque allí había una escuela pública en la que se estudiaba para maestro o normalista, como se decía en la época.
En Rubio se hace amigo de un compañero de estudio que era de Barquisimeto. Los viajes de regreso a Lara los hacían juntos y Jorge se hospedaba en su casa. Allí conoce a la hermana de su amigo, con la que se casaría, Delcy Gómez, en la iglesia San Juan de Barquisimeto. Delcy Gómez es una educadora, que dedicó su vida laboral a la educación inicial.
De esa unión, nacen dos hijos, muy conocidos porque están dedicados a la actividad profesional y política: Delcy Eloína, actual presidenta encargada, Delcy como su madre y Eloína como su abuela; y Jorge Rodríguez hijo.
Los egresados como normalistas tenían la opción de completar el bachillerato y seguir estudios en la universidad. Es lo que Jorge hizo y pudo ingresar a estudiar Economía en la Universidad Central de Venezuela.
En aquellos años era común que los muchachos y muchachas de los hicieran de la participación política un ejercicio común. Había mucha inquietud en las escuelas normales, en los liceos y en las universidades. A finales de los 50, con los días de la dictadura de Pérez Jiménez y el comienzo de una nueva etapa en los años 60, crece la conflictividad. Hablar de los asuntos públicos era arriesgado y la opinión era un delito. Eso venía de década anteriores de oscuridad política y de derechos. Imaginemos la larga etapa de Juan Vicente Gómez.
Jorge Rodríguez se vinculó con AD, en la segunda mitad de los años 50, para ese momento un partido semiclandestino y perseguido. Cuando cae la dictadura es un muchacho de 16 años que militaba, y conocía del riesgo de escribir, distribuir y repartir propaganda.
Es conocido que en AD de esos años de lucha clandestina se formó y creció una fuerte corriente de izquierda, que da el salto hacia la creación del MIR, con un mitin en la Plaza Baralt de Maracaibo, el 8 de abril de 1960. Es el MIR de Domingo Alberto Rangel, Moisés Molerio, Simón Sáez Mérida, Carmelo Laborit, David Nieves...
Jorge está entre los fundadores de esa izquierda revolucionaria, siendo un joven de 17 o 18 años. A partir de ese momento se incorpora a la juventud de ese movimiento. Actúa en el epicentro de los movimientos políticos en Caracas, la Universidad Central de Venezuela y llega a ser un conocido dirigente estudiantil. Fue delegado por los estudiantes al Consejo Universitario y miembro del buró universitario de la JMIR, entre 1965 y 1968. En la UCV junto al rector Jesús María Bianco vive y sufre las consecuencias del allanamiento y clausura de esa casa de estudios, el 31 de octubre de 1969, por órdenes expresas del presidente Rafael Caldera.
Cultiva la mirada internacionalista, y también por sus responsabilidades, viaja a Praga, Checoeslovaquia, y otros países latinoamericanos como Colombia, Argentina, Uruguay y Brasil. No sé si Chile, pero llegó a reunirse con el secretario general del MIR chileno, Pascal Allende, y hay una situación de hecho, la estrecha relación entre el MIR de Chile y la Liga Socialista.
A través del recorrido de las andanzas de Jorge, uno se consigue con la historia política reciente. 1968 y 1969 son años de redefiniciones para el movimiento revolucionario. El Che Guevara acaba de dar su último combate en Bolivia. Hay ebullición y conflicto. En agosto de 1968 la Unión Soviética invade Checoslovaquia, acción que genera fuertes controversias, y también ese año se produce el mayo francés, que sacude mitos y conceptos. La revolución cubana impacta en toda la región.
La izquierda venezolana se revisa después del periodo intenso y épico de las guerrillas de esa década del 60. Así llegamos a la división del MIR. Jorge Rodríguez, Julio Escalona, Marcos Gómez y Fernando Soto Rojas, y otros/as, originan una nueva corriente crítica, y señalan un nuevo horizonte político, sin claudicaciones, ni derrotismo. No todo estaba perdido.
Cuando en diciembre de 1970 se lleva a cabo el Congreso Cultural de Cabimas, los organizadores reciben una carta del núcleo fundador de la Organización de Revolucionarios, OR, que se proponía diversas formas de lucha y organización.
En 1972 Jorge es detenido por el Servicio de Inteligencia de las Fuerzas Armadas (SIFA), con la acusación predilecta de los cuerpos de represión: rebelión militar. Fue recluido en la Cárcel de Sabaneta de Maracaibo donde comparte esos días de prisión con José Rafael Zabala y Miguel Díaz Zárraga, y un grupo de campesinos de Lara y Trujillo. Muchos de ellos fueron alfabetizados por el maestro Jorge y sus compañeros.
En 1973, cuando Jorge sale de la cárcel, recorre el país como parte del esfuerzo por reorganizar y relanzar el campo popular. En condiciones muy adversas, de amenazas y derechos políticos precarios, casi inexistentes, se suma al movimiento por el voto nulo, que permite ir juntando vínculos, cicatrizando heridas y recomponer las fuerzas. Como resultado de aquella jornada, en noviembre de 1973 se anuncia la creación de la Liga Socialista, que en los primeros días apareció con un nombre largo y nada recomendable, para quien piensa en comunicación: Liga por los Derechos del Pueblo y el Socialismo.
A este movimiento, Jorge se dedica en cuerpo y alma. Sobresale por sus dones culturales, su calidad como orador y por supuesto por su condición humana, de alguien que sabe crear comunidad. Una mañana en la casa de la Liga de Maracaibo, en la avenida La Limpia, con agilidad de redactor de los antiguos diarios impresos, lo vi escribir un documento o texto, que luego corrigió con máxima exigencia de afinada sintaxis, signos de puntuación, giros semánticos y calidad narrativa.
En esa aventura vital y ciclópea recibe el golpe fatal, primero con su detención, por la Disip, policía de represión política, saliendo de un local de la Liga en Catia, Caracas, y a los pocos días su asesinato, víctima de la tortura feroz a la que es sometido, el 25 de julio de 1976. Ese día matan al dirigente político y popular de 34 años, al muchacho rebelde que vino de una familia pobre de Carora, y nace la leyenda que no termina de crecer. Han pasado 50 años y aquí estamos conversando sobre su hazaña y su épica.
Las palabras clave
El tiempo que deja una huella imperecedera o derrumba la obra mal hecha, deja constancia de que estamos conversando sobre un liderazgo político verdadero, que sigue vivo.
En Jorge Rodríguez encontramos un legado que se puede resumir en cuatro palabras clave: perseverancia, organización, difusión y formación.
La consigna o contraseña de la Organización de Revolucionarios era: Perseveraremos, no nos derrotarán, triunfaremos. Allí está la primera clave. Perseverar porque el cambio revolucionario es un horizonte de vida siempre. No una fiebre pasajera.
Organizarse para adelantar el proyecto revolucionario, ahora y después. A corto, mediano y largo plazo. Organizarse para luchar por la victoria. Esa es la segunda clave. Organizarse en lo personal y en colectivo. Participar de la organización popular, sea comunal, cultural, deportiva, sindical. Cultivar los vínculos con la familia, con los panas, y en la comunidad para tejer lazos y vínculos indestructibles. Jorge Rodríguez decía: organizarse allí donde están las masas, lo cual orienta sobre la urgencia de juntarse con pueblos y comunidades. Una de las prioridades fue promover la organización obrera en los centros fabriles del país, tal es el caso de los trabajadores siderúrgicos, del aluminio, de las empresas eléctricas y textiles, y entre los trabajadores petroleros. Muchos testimonios quedan de aquellas jornadas que se hicieron contra la corriente y venciendo limitaciones.
La tercera clave es la difusión del proyecto que somos y de lo que hacemos para darle vida. Es la comunicación para enseñar todo lo que tenemos en común y en un mundo de noticias falsas y de algoritmos desbocados también para defendernos. Lo remarco de esta manera porque no es solo hacer propaganda. El que se queda en eso le habla solo a los convencidos y a sus amigos/as. Quienes militamos en la justicia social, la igualdad y los derechos, tenemos que seguir enamorando a nuestro pueblo para construir humanismo y trascender al mundo desigual e injusto del capitalismo.
La cuarta clave es la formación, promoviendo la lectura, el estudio y la importancia del conocimiento. No quedarnos en la información. Ir más allá y reunir conocimiento y sabiduría.
Una escuela permanente
En buena parte esa fue La Liga Socialista que nos conmovió de jóvenes y no tan jóvenes. Fue un movimiento político, con sus aciertos y limitaciones, claro está. No hay obra humana perfecta, y menos en política. Pero cumplió con una serie de líneas centrales que justificaron su creación.
Defendió el socialismo como proyecto y proclamó que para alcanzar esa meta suprema hace falta coraje, voluntad, inteligencia, disposición para el combate y una visión política a largo plazo. Eso se resume en su mensaje central: el socialismo se conquista peleando.
Fue, sobretodo, una escuela que le dio vida al pensamiento crítico. Allí aprendimos que había que leer de verdad y conocer a diversos autores comenzando por el marxismo. Conocer y leer sin prejuicio el socialismo chino, revisar la experiencia soviética, sobre la que se debatía y no solo se admiraba. Aproximarse a otros movimientos y experiencias latinoamericanas. Decirlo ahora es casi obvio, pero tomemos en cuenta que hace 40 o 45 años la izquierda no ganaba elecciones y en demasiados casos no podía participar, o estaba prohibida, acosada y perseguida.
Esa Liga Socialista trabajó desde el principio por la unidad de la izquierda y de quienes pensaban parecido. La línea era: unir a todo el que pueda ser unido contra el enemigo principal. Tómese en cuenta que veníamos de una etapa larga de divisiones y subdivisiones.
Y sobretodo, se combinaron formas de lucha y organización. Se corrieron riesgos y se pagaron costos muy dolorosos, con detenciones y asesinatos, sin embargo, aquel movimiento no se dejó acorralar y supo salir del ostracismo.
En medio de una época tan difícil, con la represión y la persecución como una política de Estado, la Liga Socialista supo ser un lugar de encuentro y un espacio para la alegría. No consiguió todo lo que se propuso pero si lo más importante, mantuvo viva la idea del cambio social revolucionario, demostró que los venezolanos teníamos derecho a tener derechos sociales, económicos, culturales y políticos; reitero, lo más importante cultivó la esperanza por la vida digna. En un discurso, Jorge cita a Julius Fucik, cuando dice: "He vivido por la alegría. Por la alegría he ido al combate y por la alegría muero". Esta frase célebre de este periodista checoeslovaco aparece en el libro Reportaje al pie del patíbulo, publicado como un testamento de valentía y amor.
En los actos y actividades cotidianas de la Liga se juntaron artesanos, teatreros, poetas, músicos y artistas. Es de recordar tantas veces que Gloria Martín, Lilia Vera y Alí Primera le pusieron emoción a aquellas reuniones; Miguel Ordóñez y Marline, María Rodríguez, la cantante de Cumaná, el grupo Ahora, y muchos otros.
Los desafíos de este momento
Es inmenso el legado que nos deja un luchador como Jorge Rodríguez y es mucho lo que tenemos que seguir aprendiendo y haciendo para no dejarnos intimidar por los desafíos actuales, para cada uno de nosotros y para el pueblo que somos.
Después del golpe de Estado contra el presidente Chávez, en febrero de 2002, una amplia corriente de simpatía se levantó en el continente en favor de Venezuela. Habían ocurrido hechos extraordinarios: la victoria de Chávez en diciembre de 1998 y luego la derrota del intento por acabar con el gobierno popular bolivariano. El comandante Chávez era una referencia indiscutible, dentro y fuera del país. Llegabas a otro país y el taxista te preguntaba por Chávez, como si fuera un familiar tuyo.
Desde entonces, Venezuela se levanta como una esperanza en nuestra América. Quizás por eso, se mira con tanta atención lo que aquí sucede. No puede ser de otro modo. Al día de hoy el gobierno bolivariano ha podido preservar el poder, reinventarse y encarar los desafíos actuales.
No falta quién te pregunte, qué es el poder, porque en los tiempos antiguos se patentó la imagen del poder como algo que se toma, como una propiedad que se posee. El asunto merece su atención para no banalizarlo. No es lo mismo tener poder que perderlo. El poder es el que permite definir políticas y orientar su aplicación, por tanto, desde el poder puedes proponerte cambios verdaderos, dicho con más énfasis, cambios revolucionarios. Esto se parece a lo que dice Michel Foucault, en cuanto a que el poder es una densa red de relaciones que van cambiando, según la correlación de fuerzas. La clave está en generar poder, pero para que haya cambios, igualdad y justicia. Por tanto, “en esta mesa se construye pensamiento crítico, para transformar el país, no para perpetuar el provilegio”, (@proyectopoder).
También es cierto que no alcanza con tener poder sobre el Estado, porque la madeja de intereses creados, ventajas y privilegios se confabulan para que nada cambie.
El subcomandante Marcos fue muy irónico con el tema del poder. Insistió sobre la construcción del poder desde abajo, en su caso desde Chiapas.
De eso tenemos que hablar por lo sucedido desde el 3 de enero, momento aciago por la agresión e invasión estadounidense, el asesinato de más de 100 venezolanos/as y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de la compañera y diputada Cilia Flores.
En los primeros meses de 2026 hubo una narrativa que se difundió desde el algoritmo enemigo: en Venezuela el Estado y el gobierno están ausentes. Todo está perdido y ya nada se puede hacer. Es inevitable lo que Trump y sus secuaces llaman “el cambio de régimen”. Con los terremotos de marzo esta campaña se acentuó.
Por fortuna, algunos que se vanaglorian de los males de la patria, que pidieron se invadiera a Venezuela o de manera cómplice guardaron silencio, no han podido avanzar en sus planes perversos. La verdad verdadera es diferente, el gobierno bolivariano, con sus defectos y errores, sigue al mando con Delcy Rodríguez, como presidenta encargada. El movimiento bolivariano está sembrado como un árbol junto a una fuente. Tiene reservas para la lucha, en el gobierno y en el movimiento popular de las comunas.
La idea de separar al gobierno bolivariano de las comunas es muy rebuscada.
Es evidente la presión del imperialismo contra lo bolivariano, en un momento en el que ha sido derrotado por Irán, quien al día de hoy ejerce plena soberanía sobre el estrecho de Ormuz y ahora se suma el control por parte de Ansar Alá del estrecho de Bad El Mandeb, que conecta el mar Rojo con el Oceano Indico. Nunca antes había aparecido con esa nitidez el debilitamiento de ese imperialismo gringo.
Por eso busca asegurar lo que de manera abusiva califica como su patio trasero. De allí que intervenga en las elecciones recientes de Colombia y Perú, apoya a gobiernos entreguistas como el de Bolivia, El Salvador de Bukele, Ecuador, y la Argentina de Milei, que les está cediendo el territorio. Está haciendo todo lo posible para impedir la reelección de Lula en Brasil.
Ese es el tamaño del reto. Defender la soberanía y la independencia, y también defender el derecho a elegir y mantener el gobierno democrático y popular que nos dé la gana.
Hay experiencias que sería imperdonable olvidar. Cito tres en las cuales el gobierno popular se inmoló. Fue valiente pero siguió el camino directo a la derrota. Primero, está el ataque feroz contra el presidente Allende en Chile, quien decide pelear desde el palacio de La Moneda, con desventaja y sin posibilidades. La segunda, la decisión de Getulio Vargas de no ceder ante las presiones y paga con su vida por defender el petróleo brasileño, en 1954. Se suicida y deja una carta-testamento. La tercera, la experiencia de Francisco Caamaño en República dominicana, cuando intenta ingresar desde Cuba y lo estaban esperando. Hay mucho por revisar.
Una experiencia distinta y victoriosa, es la de 2002 cuando se produce el golpe de Estado contra Chávez. En un primer momento buscó dialogar con los golpistas, se entregó y fue detenido. Fue una maniobra que fructificó porque dio tiempo para que la movilización popular se expresara y lo rescatara, como en efecto sucedió.
En el combate por la vida hay derrotas, como la del secuestro del presidente Maduro el 3 de enero. Pero aquí vamos... con nuestra utopía.
Hoy nos corresponde ser apasionados por el discurso. Construir nuevos relatos emancipatorios. Venimos de pelear por el derecho al voto. Apenas en 1946 por primera vez los venezolanos y venezolanas, mayores de 18 años, pudieron votar en Venezuela. Hace 50 años luchábamos para que se nos permitiera participar en las elecciones, es decir por el derecho a tener partidos legales. En 1968 el Partido Comunista y el MIR eran ilegales, por tanto el PCV se presentó en las presidenciales de ese año con otro nombre: Unión para Avanzar, UPA. Así pudo elegir a algunos diputados. Venimos de las luchas por ampliar la educación y la salud pública. En la década del 80 se formaban comités por el derecho al cupo en las universidades. Así pudiéramos seguir.
En este momento, levantamos las banderas por el derecho de Palestina a existir, contra el colonialismo y el neocolonialismo. Peleamos contra el bloqueo y las sanciones criminales que le roban a Venezuela su petróleo y su recurso. Reclamamos el derecho a hacer elecciones libres sin injerencia de Estados Unidos. Estamos en resistencia contra los megaproyectos mineros que amenazan las cuencas hídricas. Acompañamos a los pueblos originarios en sus luchas. Luchamos contra el algoritmo que está al servicio de la desinformación y de la propagación del odio y la discriminación.
Estamos por la unidad. Con diversidad, por supuesto, pero unidad. Ahora hay mucho énfasis en dividir al bolivariarismo y presentar a Delcy Rodríguez como alguien contraria a las ideas e historia del chavismo. Veamos que están propuestos cambios que son urgentes y necesarios. El país se hizo inviable y vulnerable. Por el bloqueo y las sanciones, y también por el conflicto interno, casi guerra civil, que hizo crecer los problemas y las debilidades. Hay que ser autocríticos para entender o interpretar lo que sucede. En estos días tenemos la urgencia de la crisis del servicio de electricidad. Pero hay muchos otros males, como la educación, la caída del servicio de salud y los salarios que no alcanzan.
Tenemos también los fantasmas de un Estado que entorpece cualquier cambio. De funcionarios que llegan y se atornillan al cargo y son indiferentes. Que no pueden conjugar su discurso con su práctica. De manera que es necesaria la crítica para empezar a ver con más claridad el horizonte.
Si alguna observación compartimos con Delcy Rodríguez es que no nos merecemos este país que tenemos y es urgente revisar y cambiar. Necesitamos una idea de país en el que los jóvenes se sientan orgullosos de sus raíces y se suman a la transformación. Nos urge que los profesionales egresados de nuestras universidades no sigan pensando en graduarse para irse, a veces a otros países que están peores que nosotros. Lo malo es que quieren irse, después de recibir los beneficios de la educación pública, que es pública, financiada por el Estado y cuesta mucho dinero.
Hay un esfuerzo en marcha por conseguir alternativas a los problemas, y eso requiere diálogo y negociación; tener capacidad de autocrítica y autoevaluación, pero lo más importante, estar dispuestos a crear políticas distintas para los cambios.
En nuestros afanes, los antecedentes y legados de luchadores, independentistas, socialistas y revolucionarios como Jorge Rodríguez siguen vivos y vigentes, porque es una antorcha que nadie podrá apagar. La memoria no consiste en venerar las cenizas sino en preservar el fuego de la utopía.
Esto es como dice Silvio Rodríguez: “Dirán que pasó de moda la locura/ dirán que la gente es mala y no merece/ más yo partiré soñando travesuras/ acaso multiplicar panes y peces”.
Referencias
Foucault, Michel. (2008). Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones. Madrid: Alianza.
(@desireemurillo). (8 de octubre de 2026). Instagram.
@proyectopoder. (10 de octubre de 2026). Instagram.
Teatro Baralt, 2 de octubre de 2026. Acto convocado por la presidenta del Consejo Legislativo del estado Zulia, Clez, Magdelis Valbuena.
Orlando Villalobios Finol. Periodista, profesor universitario, escritor y militante de medios comunitarios.



