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miércoles, 14 de noviembre de 2018

Maracuchos


(Orlando Villalobos)

El término ciudadanía tiene sentido y razón cuando se entiende como antónimo de clientela y, en el caso de los medios masivos, de pendejo internauta, o televidente.
Ciudadanía tiene un contenido que la emparenta con derechos, tejido social solidario, inclusión social y justicia, pueblo en movimiento y pensamiento descolonial.
Ser ciudadano también quiere decir “ser de una ciudad”, solo que en su mejor definición, aquella que nos conecta con un territorio que se convierte en nuestro lugar en el mundo. No deja de ser llamativo que en la medida en que apareció el neoliberalismo, con pretensiones arrasadoras, el discurso modificó sus marcas y se empezó a hablar de “ciudadano del mundo”; lo local, comunitario y del barrio eran ya un asunto para el olvido. No exactamente somos ciudadanos del mundo, somos ciudadanos de una ciudad que habita el mundo. Parece lo mismo pero no es.
Antes de que existieran los Estados-nación, incluso hasta mediados del siglo XIX, el gentilicio de una persona se lo otorgaba el suelo donde había nacido. Había caraqueños, cabimeros, guayaneses y maracaiberos. Los alemanes que llegaron aquí, con las casas comerciales del siglo XIX, se identificaban de acuerdo con sus ciudades de origen; decían que eran de Hamburgo o de Berlín. Todavía no se habían inventado los países o significaban muy poco. 
Ahora que el proyecto de recuperación del centro de Maracaibo, ya comenzó, deja de ser una quimera y se convierte en objetivo fundamental, vale recordar que parte sustancial de ese proceso está en retomar los contenidos simbólicos de la experiencia colectiva. Sólo así se puede recuperar la identidad y la memoria colectiva de lo que somos, y podremos –que así sea- reconocernos en el patrimonio cultural, histórico, social que nos pertenece.
Avanzar en la recuperación del centro de Maracaibo conlleva una larga, compleja y exigente tarea de reorganizar los mercados, de rehabilitación física; de recuperar monumentos, edificaciones y sitios históricos, de preservación y de nuevos usos del espacio público del casco central de la ciudad. 
Ese eje de recuperación y rehabilitación arquitectónica es una de las claves, pero no la única. La arquitectura pesa pero quizás más los símbolos que sobre la ciudad construyen sus propios moradores. Así fue siempre.
La ciudad es un hecho físico y espacial, pero al mismo tiempo, es un hecho cultural, social e histórico; es el fruto de una creación colectiva. 
El Estado-gobierno a veces mete la mano, recupera una edificación o espacio, pero luego la deja a la deriva. Se hace una inversión pero no se hace seguimiento del uso que se le da. Es el caso de la emblemática calle Carabobo, recuperada a medias y luego dejada a su suerte. Se recuperó para la evocación pero no ha habido organismos que hayan hecho seguimiento del uso.
Aquí tropezamos o chocamos con dos palabras válidas para lo que hablamos: evocar y usar, que ayudan a entender cómo se define y resuelve la relación entre ciudadanía y ciudad. Al menos cómo se resuelve desde la óptica de la comunicación. Evocar como sinónimo de traer algo a la imaginación o a la memoria. Se evoca o recuerda cuando se hace referencia a acontecimientos, personajes y mitos; los lugares, calles, colores y olores. Se evoca cuando echamos mano de las fabulaciones que siguen sueltas en historias, leyendas y rumores. Son los relatos urbanos, o simplemente los relatos, que explican y sazonan nuestro lugar en el mundo, desde el territorio al que pertenecemos. Eso sí sabiendo que el territorio no es solo algo físico, es también extensión mental y espiritual –en su connotación humana-; es también el relato callejero. En eso concuerdo con Armando Silva (Imaginarios Urbanos. Bogotá y Sao Paulo: cultura y comunicación urbana en América Latina, 1992).
Esa evocación de lo que somos –y de lo que podemos- está en las crónicas narradas en las gaitas, que nos recuerdan que “así es Maracaibo… marginada y sin un real”, o “qué más le puede pasar, que ya no le haya pasado”. Está en la leyenda de sus personajes, unos más citados que otros: Jesús Enrique Lossada, Udón Pérez, Manuel Trujillo Durán, fotógrafo y cineasta fundador; Kuruvinda o Régulo Díaz, el gran cronista de siempre; “el monumental de la gaita”, Ricardo Aguirre, ese Gardel que tenemos en Maracaibo que rebasa límites y prejuicios oficiales, Julio Árraga Morales y Manuel Puchi Fonseca, que como me explicó Edgar Petit, son los pilares fundadores de la pintura zuliana; Y tantos otros. 
Pero no es solo evocar, como ya dijimos, es también el uso y disfrute de los espacios. Usar es trazar rutas, ir a los sitios, visitar zonas de la ciudad con alguna frecuencia, estar allí; usarlos, cuidarlos y preservarlos. Es lo que hacemos cuando recorremos los mercados, plazas y lugares. A veces no lo pensamos, ni lo decimos, pero tenemos nuestro propio mapa de la ciudad o croquis urbano. Muchos van a Las Pulgas “porque allí es más barato”, o les quedó esa ruta trazada por sus padres, tíos o abuelos para comprar pero también para recorrer.
El uso que le podamos dar a ese centro de Maracaibo, dándole vida a las valiosas edificaciones que allí están, repoblándolo, haciendo que vuelva el bullicio, dándole espacio al turismo, con hoteles, posadas y restaurantes; recuperando la imagen del espacio que se puede visitar y disfrutar, todo eso es clave para una recuperación, rehabilitación y revalorización verdadera. Se puede. Querer es poder.

martes, 23 de octubre de 2018

Ciudadanía maracucha



(Orlando Villalobos)
La recuperación del centro histórico de Maracaibo, que ya comenzó, tiene un impacto benefactor para el resto de la ciudad. Hay que solo imaginar lo que representa un centro ordenado, limpio y reluciente que se pueda visitar, recorrer y disfrutar; que se pueda aprovechar para explicar a propios y extraños nuestra historia, arquitectura y tradiciones. Explicar, por ejemplo, lo que significan el Teatro Baralt, la Casa de Morales, la Casa de Gobierno o de la Gobernación, el edificio del antiguo mercado, hoy convertido en el Centro de Arte Lía Bermúdez, la relación directa entre el lago y la ciudad, el valor de los monumentos religiosos que forman parte del patrimonio histórico de Maracaibo: la iglesia Santa Ana, el convento de San Francisco, la catedral de Maracaibo y otros. Estamos hablando de que buena parte de ese patrimonio histórico, cultural y ambiental del estado Zulia están en ese centro histórico.
En una palabra revalorizar. Lo que no se conoce no se cuida, ni se quiere, ni se defiende.
En sentido estricto, cabe la aplicación de las tres R: recuperar, rehabilitar y revalorizar, todo eso es necesario porque no se trata sólo de lo físico, sino también de recuperar las prácticas sociales y ciudadanas.
Tengamos en cuenta que con el deterioro y pérdida del centro, de su marginalización, se disolvió el tejido social y todo eso se convirtió en un espacio de negación de la ciudadanía. El centro se veía como algo peligroso y además desaconsejable. Allí imperaba la cultura del “sálvese quien pueda”, o aquello de que si no te lo hacían a la entrada, te lo hacían a la salida. Los valores históricos, patrimoniales y arquitectónicos terminaron tapiados por los tarantines improvisados y el caos convertido en forma de vida.
Por eso, ahora, hay que volver a lo ciudadano, no como algo que se decreta, sino porque se construye, “golpe a golpe y verso a verso”.
Ciudadanía significa que nos reconocemos en lo que somos y en lo que hacemos; que acudimos a un mercado no como vulgares consumidores, o como parte del necesario intercambio de bienes. Es mucho más. Es hacer uso de un territorio indispensable para la convivencia, el reencuentro y la comunicación, en el sentido de juntar lo que tenemos en común.
La idea de ciudadanía la asociamos a la posibilidad de sentirnos como parte de una comunidad y estar incluidos. Esa es la sensación que sentimos cuando volvemos al barrio o pueblo, en donde nacimos y crecimos. Allí nos reencontramos con los otros pero también con lo que somos. Sin decirlo, sentimos que allí comenzó todo. Cerca estaba la escuela, el juego, la casa paterna, los abuelos, las primeras andanzas. Cuando eso lo vamos dejando atrás o lo perdemos nos vamos excluyendo de la comunidad. Eso que nos sucede como personas lo podemos llevar al plano colectivo.
La identificación del pueblo maracaibero con el centro histórico se fue perdiendo a través de un proceso de distorsión que llevó décadas. No fue que las mafias transnacionales llegaron y fueron copando los espacios. Hubo dejadez, complicidad y abandono.
Muchas de las voces plañideras que ahora dicen redescubrir el centro histórico ocuparon posiciones de poder y nada hicieron o fueron cómplices de una destrucción sistemática que, sin querer queriendo, favoreció la penetración de prácticas perversas. Eso sucedió con los gobiernos de los Rosales, verbigracia. Recuperar ese centro histórico para el ejercicio ciudadano y comunitario requiere, principalmente, de políticas claras y precisas y de una voluntad de gestión definida y compartida. Solo así.
Para que ese centro histórico renazca para la ciudadanía se requieren de circuitos culturales, de la recuperación del mercado, del uso del malecón para la recreación, de estímulo al turismo, eso y mucho más, pero fundamentalmente de una voluntad política de cambio como la que se ha comenzado a poner de manifiesto (Orlando Villalobos).













Epifanía maracucha



Esta historia comenzó con la destrucción del centro histórico por la aplicación de conceptos al uso y la moda, en la década de los 70, durante el gobierno de Rafael Caldera, que buscó una supuesta “renovación” y dejó de lado el valor histórico de ese centro urbano, donde se originó la ciudad. El resultado está a la vista, hay un centro histórico semipoblado y a la deriva, que viene siendo utilizado y explotado por las mafias que cultivan delitos como la prostitución, el tráfico de personas, el lavado de dinero, el ataque contra el Bolívar, en fin. La caída del centro de la ciudad, en manos perversas, resume el conjunto de males que atacan y destruyen el tejido social de una ciudad con identidad, historia, símbolos, valores y orgullo.
Poco a poco ese centro de la ciudad se iba degradando y perdiendo, frente a la inacción cómplice de autoridades, gobernadores y alcaldes. De allí el impacto inmediato que han tenido las políticas públicas, traducidas en decretos que han revolucionado la ciudad. Son los decretos de la Alcaldía Bolivariana de Maracaibo. Son el 35 que declara zona de protección especial el patrimonio histórico y cultural del casco central de Maracaibo y dice que se harán varias intervenciones para el saneamiento y reordenamiento del centro; y el decreto 36, que ordena la intervención  de mercados privados y centros comerciales del municipio Maracaibo, ubicados en la periferia del casco central. Se refiere a los mercados Las Pulgas, Las Playitas, Callejón de los Pobres, y a los centros comerciales La Redoma, Plaza Lago y Bingo Reyna.
Pero más importante que los documentos está la acción emprendida. Apenas ha comenzado la recuperación y ya es visible la diferencia en los videos, fotos y en las visitas que cualquiera puede realizar. La madeja de tarantines, caos y desorden está siendo desplazada y borrada, para que las calles puedan respirar nuevamente y la arquitectura, identidad y símbolos de ese Maracaibo de siempre resurja.
Una de las distorsiones que se ha encontrado, que ha sido denunciada por el alcalde Willy Casanova, es que las edificaciones históricas del casco central y de la fachada de la avenida Libertador están en manos de extranjeros y de las mafias, compradas o adquiridas recientemente con recursos provenientes de las prácticas del “bachaqueo” de alimentos, combustible y de medicamentos, “y convertidas en hostales improvisados o en grandes almacenes que le servían a la economía de “Las Pulgas””. Este solo dato muestra la dimensión compleja de la acción emprendida y de sus múltiples implicaciones.
Todo está por realizarse. Pero ya comenzó esta epifanía o renacimiento de Maracaibo. Hace unos días, acostumbrados como estamos a la parsimonia, la burocracia y la complicidad, eso parecía imposible. Era público y notorio que desde el mercado “Las Pulgas” se jugaba con los precios, se especulaba y se sembraba el miedo con el aquí “manda Colombia”, de las mafias transnacionales. La anomia se realimentaba y nada parecía detenerla.
Maracaibo no se explica a partir de un único relato, pero no cabe duda que esta acción, emprendida por la alcaldía y la gobernación, modifica la situación.
Lo que viene –¡toco madera!- o mejor dicho, lo que falta, es proseguir con estas políticas públicas que hagan posible la recuperación de Maracaibo, empezando por el centro.
Estas políticas se exponen y manifiestan a través de distintos lenguajes. El poético, entendido como la forma que asumen la identidad, la memoria y las historias de las calles, esquinas y espacios del centro; la ciudad como escenificación, como posibilidad de espacio para vivir, hacer, caminar, jugar; y lo político, asumido como espacio de acción comunal y comunitaria, como lugar de encuentro, de intercambio y de experiencias de vida. Cito al filósofo francés Olivier Mongin (La condición urbana, 2006) quien explica que la experiencia de la ciudad es multidimensional, cumple un cometido poético, desarrolla un espacio escénico y crea espacio político.
Todo al mismo tiempo porque se trata de recuperar una forma de vida que tiene raíces en ese territorio urbano y crucial al que pertenecemos. (Orlando Villalobos)



martes, 9 de enero de 2018

Maracaibo, la canción

(Orlando Villalobos)
La banda sonora o musical de Maracaibo está recogida en temas emblemáticos. Hay varios cosechados sobre la misma tierra que sobresalen, la “La grey zuliana” y “Maracaibo en la noche”, “Maracaibo Florido”, de Rafael Rincón González; “Pa Maracaibo me voy”, con Cheo García y así muchos más. Todavía falta añadir las gaitas que hacen justicia con la ciudad, el puerto, las tradiciones y costumbres, los personajes, la comida y la historia regional.
Pero también hay canciones foráneas que han resaltado el espíritu y la vida de Maracaibo. La más famosa de estas canciones que vinieron es el “Maracaibo oriental” de Benny Moré. Hay quienes dicen que se llama “Mi son Maracaibo”. La composición es del cubano José Artemio Castañeda, quien en una entrevista –que está en Internet- explica que un día en un baile le pidieron un Maracaibo como tema; por lo visto era como un género. El la compuso a la carrera y lo demás es crónica conocida. En esa época llegaban al puerto de Maracaibo muchos músicos y artistas cubanos, mexicanos y antillanos, que eran contratados para actuar en las emisoras de la ciudad y en la Costa Oriental del lago, en los clubes de las empresas petroleras.
En Maracaibo había tres emisoras, Ecos del Zulia, Ondas del Lago y Radio Popular, en las que los cantantes y músicos se presentaban en vivo. Ecos del Zulia, en la década de los 50 tenía un programa musical diario, por el que desfilaron numerosos cantantes. Su nombre, “Caminos musicales Westinghouse”. Además de las emisoras, los artistas que venían se presentaban en el Teatro Baralt y otros cines y teatros, y en clubes privados y hoteles de la ciudad.
Mario Moreno, Cantinflas, el 29 de junio de 1957, actuó en el Estadio Olímpico, acompañado por el cantante zuliano Armando Molero. El 25 de junio de ese año, Los cuatro hermanos Silva, de Chile, actuaron en Radio Popular. Ese mismo año, el 6 de mayo se presentó Daniel Santos y su orquesta Venezuela, en Ecos del Zulia y en el canal de televisión de la ciudad, Televisa del Zulia. El 20 de mayo actuó el cantante californiano Andy Rusell, en el salón Windsor del Hotel Detroit, luego desaparecido. El 1 de marzo la bailarina cubana Blanquita Amaro, muy conocida en ese momento, actuó en el teatro Paramount y durante varios días en la emisora Ondas del Lago. La lista es larga. El mexicano Pedro Vargas vino en diciembre de 1956 y se presentó durante una semana en Ecos del Zulia. En septiembre de ese año vino Lucho Gatica y actuó en Ondas del Lago y en el Teatro Baralt. La cubana Carmen Delia Depini vino el 5 de junio de 1956 y actuó en Ecos del Zulia. Cierro este resumen incompleto y parcial con el mexicano Tito Guizar, quien se presentó en julio de 1955 en Ondas del Lago. Ese año también vinieron Alberto Beltrán, “El negrito de El Batey”, en agosto, y actuó en Ecos del Zulia; la bailarina Yolanda Montes, “Tongolele”, que llegó el 11 de junio contratada por la Empresa Baralt, y el cantante y actor mexicano Fernando Fernández, quien llegó el 24 de septiembre y también actuó en Ecos del Zulia. En 1951 vinieron el cantante mexicano Fray José Mojica, quien llegó el 9 de febrero y se presentó en la noche en el Teatro Baralt, y María Victoria Cervantes, mexicana, “la mujer de la voz sensual”, llegó el 1 de julio.
El renombrado Carlos Gardel debutó el 19 de mayo de 1935 en el Teatro Metro, pero esa es otra crónica.
Para retomar el hilo sobre Maracaibo y la canción, hay que anotar que Benny Moré, llegó a Maracaibo el 24 de enero de 1956, para un largo periplo que lo llevó a emisoras, teatros y clubes. ¿No será que esa visita del Bárbaro del Ritmo es la clave de la explicación sobre “Mi son Maracaibo”? Como hipótesis es muy apreciable. Lo cierto es que la canción interpretada por Benny Moré llegó para quedarse en la historia con sabor local.
Hay otras canciones foráneas. Reúno un catálogo de otras tres versiones que se refieren a Maracaibo, que se ubican en Internet. El grupo musical español La Unión, conocido ampliamente por su tema himno “Lobo hombre en París”, incluyó en su álbum de 1988 “Vivir al este del edén”, un tema titulado Maracaibo. La canción dice en una estrofa: "Yo vi gente mezclar su sangre con el oro negro, en los lagos de Maracaibo". Si alguien se guía por la canción creería que hay varios lagos de Maracaibo. Sin querer queriendo, la canción reproduce la versión de cronistas de indias que vinieron y dijeron que aquí había varias lagunillas. Probablemente lo hicieron para impresionar a los monarcas españoles y justificar la expedición, pero también puede haber sido por desconocimiento, que si a ver vamos es más que perdonable, si tomamos en cuenta la época. Es más imperdonable que en tiempos actuales una versión así circule, por desconocimiento o por descuido.
Un segundo tema es de Manu Chau, el cantautor francés de origen español, quien ofrece una breve referencia a Maracaibo en “Lágrimas de oro”, un tema de su álbum Clandestino (1998). En “Lágrimas de oro” Manu Chau dice: "Llegó el Cancodrilo (sic) y Súper Changó y toda la vaina de Maracaibo". Hay quienes interpretan esta referencia como algo despectivo. Merece ser revisada la apreciación de Maracaibo.blogspot.com sobre el tema.
Hay otra canción foránea que habla de Maracaibo, es la escrita en los años 70 por David Riondino e interpretada por Rafaela Carrá. Resultó todo un éxito, por lo menos en Italia. En esa letra es claro que la historia de la canción se deriva de un bar, Barracuda, ubicado en Maracaibo.



miércoles, 27 de diciembre de 2017

Business


(Orlando Villalobos)

El día de acción de gracias en Estados Unidos cada familia se reúne y comparte la tradicional cena con pavo. Horneado o asado, da lo mismo. Es el día más importante del año, no hay otra fecha que la iguale. No hay 24 de diciembre, ni 31 de diciembre, explicable en una sociedad de abierto dominio protestante. Es el día fijado en el calendario protestante, de origen anglosajón, para celebrar y dar gracias por las bendiciones divinas. Se cuenta que la fecha surgió para fijar un día especial y no como hace el calendario católico que incluye demasiadas festividades, santos y celebraciones, y remata con la navidad, la pascua y el año nuevo.
En esa fecha tan especial, se calcula –al ojo por ciento- que en esta época se consumen 48 millones de pavos. Esa cifra revela la posibilidad del inmenso negocio que se destapa en una sociedad como la estadounidense, en la que si camina, corre, vuela, piensa o sueña es business. Cada oportunidad, ceremonia o fecha es aprovechada para exacerbar el afán de lucro.
Nada se escapa del negocio. Ni la religión. Los Adventistas del Séptimo Día, una de las tantas corrientes protestantes –con el permiso de los protestantes-, constituyen una organización empresarial, concentrada en el ámbito de la salud y en difundir dietas supuestamente saludables. Estos adventistas son promotores del consumo de cereal y dos de sus miembros, John Harvey Kellogg, y su hermano William Kellogg, son los creadores del conocido Corn Flake de Kellogg, convertido en parte del desayuno diario y en modelo de consumo, que se ha difundido e impuesto como parte de la dieta diaria. Desayuna cereales y comenzaras a buscar la bendición divina.

Para entender este comportamiento es preciso anotar que desde el principio, desde su fundación, Estados Unidos es una sociedad religiosa y fundamentalista, que se guía por el puritanismo calvinista; fundamentalista porque se persigue toda disidencia, exterminó a las poblaciones indígenas, quemó a mujeres y organizó la caza de brujas, como aquellas de Salem; y lo que interesa resaltar en esta nota, es una sociedad que promueve el capitalismo salvaje, cruel y despiadado, que divide a las personas en ganadoras y perdedoras. “Mientras el catolicismo medieval condenaba, al menos de palabra, la riqueza, el calvinismo en cambio la celebra y promueve, dándole a esa riqueza carácter religioso y haciendo de ella la señal de éxito que hace a los exitosos, a los ricos, a los capitalistas, no candidatos verbales o parabólicos al fuego del infierno, como pretendían los hipócritas papistas, sino los elegidos de Dios, que así reciben  de éste la prueba divina de que lo son y a los que además de su triunfo en este mundo les espera en el otro la felicidad eterna” (Vladimir Acosta, El monstruo y sus entrañas. Un estudio de la sociedad estadounidense. Editorial Galac, 2017. P. 118).

sábado, 28 de mayo de 2016

La crónica de la bahía

(Orlando Villalobos Finol)

Fernández, Alexis (2012). La crónica de la bahía. Memorias de Manuel Trujillo Durán, editorial Kuruvinda, Maracaibo, Venezuela.

La inventiva de Alexis Fernández nos permite asomarnos, con ojos de admiración y curiosidad, al mundo de aquella ciudad marabina de finales del siglo XIX y principios del XX.
Los hilos extraviados de lo que fuimos, como pueblo y como urbe, antecedente indispensable para saber quiénes somos y dónde estamos, desfilan en este libro “La casa de la bahía. Memorias de Manuel Trujillo Durán”. Uno a uno van apareciendo en la medida en que los retazos de ficción, de recuerdos, de fotografías y de realidad se cruzan en los caminos de ese formidable personaje llamado Manuel Trujillo Durán, genio creador pero sobretodo emprendedor, que tuvo la tenacidad y el coraje de abrirle espacio a la fotografía, a las primeras películas de cine, proyectadas en estas costas, y al periodismo que fundió en el periódico Gutenberg; tuvo el empeño y la poesía, porque ya sabemos que no todo se logra con el solo interés de querer alcanzar algo. El genio necesita de una buena dosis de intuición y de pasión.
Nos cuenta el libro que Trujillo Durán era un estudioso. Revisaba y reproducía los experimentos de Joseph Niepce, reponía los trabajos de Daguerre, recorría las enciclopedias de ciencias, de astronomía, de gramática y de filosofía.
Cuando recibió el vitascopio que le trajo Luis Manuel Méndez de Nueva York dijo: “Todos los artefactos que han caído en mis manos, los he potenciado, en algún sentido, los he mejorado, quizás los haya idealizado” (p. 91)
Este no sería la excepción. Hay que pensar la enorme expectativa que debió constituir la llegada a estas tierras de la revolución de la imagen, con sus vistas animadas. Era el principio del cine. Cuando por primera vez se anuncia la muestra del espectáculo en el Teatro Baralt, grita Aniceto Eusebio Serrano Durán a los cuatro vientos: “Llega ¡Señoras y señores! El único, el novedoso ¡vitascopio! ¡El vitascopio edisoniano! ¡Operado por el mismísimo Manuel Trujillo Durán! (…) ¡Perspectiva, sombra y movimiento! Todo en un mismo artefacto: la vida ante nuestros ojos (…) bosques, paisajes, perspectivas variadas, bailes caprichosos y fantásticos idilios, y en fin, cuanto pueda abarcar la imaginación, con la novedad de que todo aparecerá lleno de vida, de animación y con movimiento natural y continuo” (p. 93).
Toda una novedad. Los periódicos marabinos de la época El Cronista, El Avisador, La Conciencia Pública, El Tipógrafo, El Fonógrafo y Los Ecos del Zulia reseñaron la presentación en el teatro, que ocurrió el sábado 11 de julio de 1896. Esa noche, refiere Alexis Fernández, “el cielo luce despejado, Maracaibo estrena maravillosa luna nueva, los cirros semejan barcas en el puerto. Los palcos, la galería y la gallera están copados” (p. 95).
Aquella ciudad que era un gran carrusel, que tenía como eje de desplazamiento el boulevard Baralt, testimonió el nacimiento de Gutenberg, el sábado 26 de noviembre de 1910, en la imprenta de los hermanos Trujillo Durán, Manuel y Guillermo, en la calle Venezuela, Nº 6, frente al Teatro Baralt. Tenía una periodicidad diaria. El lector recibía cuatro páginas.
Estábamos ante un periódico en gran formato, que se definía como “tienda de combate desde las prensa” (p. 254). Este impreso que dejará su huella de tinta conjugaba información oportuna, buen criterio y novedosas ilustraciones, ya sea en grabados como en fotograbados, retratos, postales y viñetas. Circulaba en la ciudad, en otras ciudades venezolanas y en el extranjero. En su contenido encontramos literatura, ciencias, artes, crónicas de tribunales de comercio, del culto católico, de modas, de teatro y de salones, como se decía entonces.
La empresa era acompañada por los poetas José Ramón Yépez y Rafael Yépez Serrano. También figuran como redactores Aniceto Serrano y Octavio Hernández.
Su presencia le daba alas a Maracaibo, permitía que circulara el pensamiento y las ilusiones, la crítica y la propuesta. Estábamos en los inicios de un nuevo siglo y la palabra escrita explicaba las horas de la ciudad.
Como muestra el libro, Manuel Trujillo Durán no se conformaba con poco. Era oficioso de la carpintería, aunque sólo se reconocía como un aprendiz; fue un apasionado de la fotografía y tuvo su estudio fotográfico, frente al Teatro Baralt.  Sus trabajos fotográficos engalanan las páginas de las revistas  El Zulia Ilustrado, de Maracaibo, y El  Cojo Ilustrado, de Caracas, grandes publicaciones de su época.
Junto al pintor Julio Arraga creó el salón fotográfico Trujillo y Arraga, donde el arte fotográfico y la creación artística se dieron la mano.
Si todo lo anterior fuera poco, ya se sabe que las primeras películas realizadas en Venezuela, “Célebre especialista sacando muelas en el Gran Hotel Europa”, y “Muchachas bañándose en la laguna de Maracaibo”, estrenadas el 28 de enero de 1897 en el Teatro Baralt de Maracaibo, son de Trujillo Durán.
Fue empresario trashumante de espectáculos en Maracaibo y en otras partes. Estuvo en La Guaira, Caracas, Puerto Cabello y Valencia, Barquisimeto, San Cristóbal y Mérida, y llegó hasta Cúcuta y Bucaramanga, con sus imágenes a cuestas. Fue mucho más. Periodista, pintor y aprendiz de todo lo humano.
“La casa de la bahía” nos permite una aproximación al tráfago de la ciudad-puerto, que le tocó vivir a Manuel Trujillo Durán. Y viceversa, a través del personaje conocer de dónde venimos.
A lo largo de la obra reconocemos el protagonismo de la ciudad, y lo más importante, apreciamos a Maracaibo como escenario propicio para la puesta en escena de los inconformes y los utópicos.
Dicen que no por casualidad los primeros españoles que llegaron dijeron: “Este es el sitio, aquí se queda Maracaibo”, siguiendo la senda ya trazada por la población indígena que estaba en el lugar, justo entre el lago y la montaña, entre el Caribe y Los Andes. El lago era la vía natural que urgían para ir y venir y adentrarse en tierra firme, hacia el norte y hacia el sur.
Esta condición convirtió a la ciudad en un punto estratégico, para el tránsito del transporte desde los tiempos de la colonia; un punto de fácil acceso a las Antillas, el Caribe y a este pedazo del mundo. A finales del siglo XIX el cálculo había rendido sus frutos. El puerto de Maracaibo se había ganado un lugar en el mundo. Desde sus muelles salía la producción que bajaba de las sabanas de Carora y toda la producción agrícola y ganadera de las tierras ribereñas. Por aquí pasaban los productos que venían de Pamplona y de los campos y ciudades más cercanos a la cuenca del lago.
La ciudad que vive y experimenta Manuel Trujillo Durán, de finales del XIX y principios del XX, dependía del puerto para moverse. El intercambio comercial portuario constituía su base económica, condicionado por la facilidad del transporte más accesible: el lacustre. La vida gravitaba alrededor del puerto, de la producción agrícola que allí descargaban las piraguas y del mercado que creció a sus alrededores. Esto permitió que el suelo marabino y zuliano se distinguiera del resto de las otras Venezuelas de la época. Aquí había una sostenida actividad de exportación y de importación; los productos iban y venían, y con ellos los libros, las ideas, la prensa que llegaba de Europa y las tecnologías más recientes, como  el daguerrotipo y el vitascopio.

“La casa de la bahía” de Alexis Fernández es una obra necesaria para entender ese contexto; es valiosa porque nos permite saber de Maracaibo y de uno de sus grandes personajes, a quien no se le ha hecho suficiente justicia; es vital porque nos muestra el relato de la ciudad que no desmaya y no se rinde ante el atrevimiento del obstáculo; es recomendable su lectura y estudio, para que las nuevas generaciones, de jóvenes y de no tan jóvenes, revaloricen y sepan de nuestras andanzas pasadas y nuestros anhelos presentes.

Edgar Petit, los signos del arte rebelde

(Orlado Villalobos Finol)
I
Dice Edgar Morin que somos seres complejos y multidimensionales. No se puede separar una parte del todo que somos. Complejo o complexus significa que todo va tejido junto.
Esta previsión o postulado se cumple en Edgar Petit, en toda la extensión de la palabra. Fue un artista de todas las horas. Vivió y actuó en diversas dimensiones. Fue artista plástico, poeta, escritor, editor, investigador de la historia del arte y atento intérprete del mundo que le tocó vivir.
Fue un creador de siempre. Nunca dejó de pintar, esculpir, escribir, revelar sus certezas y dudas a sus estudiantes; pensar y reflexionar sobre la época venezolana que nos tocó vivir. Según la circunstancia, fue militante, crítico, maestro, estudiante, curioso, colega e irreverente.
Participó de los grupos rebeldes que proclamaban el advenimiento de un cambio de época y de otros reinos.
Aquí conviene recordar lo que Víctor Valera Mora dice de los Beatles: “Se salvaron porque le hablaron largamente de algo parecido a la caída de un reino”.
Edgar Petit participó en los grupos Bajareque, Liberación por asalto, Guillo, Taller de Telémaco y el Movimiento de los Poderes Creadores del Pueblo Aquiles Nazoa. Fue coeditor-fundador de las revistas literarias “Bajareque” y “Por asalto”; fue el editor de “El ojo de la mano”, una revista de reflexión sobre las artes visuales.
Publicó un libro de poesía: “Aspero sueño”.
Su obra plástica ha sido expuesta en Francia, Mónaco, Rumania, Bulgaria y en los museos nacionales, en algunos de los cuales está representado. Se hizo presente en numerosas exposiciones colectivas. Algunas de sus exposiciones individuales son “Signos de los reinos”, de 2012; “AzeUxis” de 2007; y “Forestal” de 2003.

II
Petit se despidió hace poco pero sigue con nosotros a través de sus obras y de sus páginas. Hoy estamos aquí convocados por las imágenes y las enseñanzas de su libro “Las artes plásticas en Maracaibo 1860-1920”, que dejó en trámites de publicación. En él muestra las huellas del movimiento plástico del Zulia.
Este es un ensayo literario; es un libro histórico, donde se hace un seguimiento cronológico a las artes plásticas del Zulia y de Venezuela; es un libro sociológico, que piensa y analiza una época del movimiento de las artes y la cultura; es un libro imprescindible, por todo lo que nos cuenta, sugiere y propone; es un libro que hacía falta, en ese intento por saber sobre las artes plásticas de Maracaibo, desde sus lejanas raíces en el siglo XIX.
En aquel Maracaibo finisecular la historia registra un dinámico circuito agroexportador que gravitaba alrededor del puerto. Por acá salía la producción agrícola y ganadera que venía de las sabanas de Carora y del occidente venezolano. Por aquí pasaban los productos que venían de Pamplona y de los campos y ciudades más cercanos a la cuenca del lago.
Era una región con vida propia, a despecho de la presión centralista que ejercía el gobierno de Guzmán Blanco, lo cual se tradujo en acciones agresivas como  el cierre de la aduana de Maracaibo en 1874, la imposición de un presidente de Estado enviado desde Caracas, y la fusión en 1881 de los estados Zulia y Falcón, designando a Capatárida como la capital del estado fusionado.
Pero la gente de Maracaibo, su ciudadanía como se dice en las palabras de hoy, no se amilanó; mostró su ímpetu indoblegable y multiplicó la veta intelectual, cultural y política.
En esos años surgen la Sociedad Dramática de Maracaibo y la Sociedad Gimnasio del Progreso. Petit refiere en su obra que “el ambiente artístico en la ciudad tanto a nivel teatral como literario, musical y de artes plásticas, fue creciendo durante ese período” (p. 27). “Las actividades tea­trales eran algo común en la ciudad así como las veladas literarias y musicales; al punto que, tanto el quehacer teatral como el literario, llegaron a tener, inclusive, publicaciones específicas durante la última mitad del siglo XIX” (p. 28)
En 1873 se decidió la edificación de lo que sería el Teatro Baralt. Venancio Pulgar, presidente del estado Zulia decretó la cons­trucción de un teatro “cómodo y aparente en la ciudad de Maracaibo”. Ya en 1859 se había edificado un primer teatro en la ciudad.
Documenta Petit (p. 30) que “en cuanto a las artes plásticas, a partir de 1860 se ubica el paso de varios artistas por la ciudad y algunos de los cuales dictaron clases particulares a la par que ejecutaban su obra de taller. Artistas como los colombianos Luis García Hevia e Ignacio García Beltrán y el venezolano Carmelo Fernández son algunos de los que iniciaron la enseñanza artística en Maracaibo”.
El movimiento artístico de Maracaibo gana verdadero impulso con la creación y el inmediato funcionamiento de la Escuela de Dibujo Natural del Zulia, en 1882.  En el libro se privilegia este acontecimiento y se le dedica un capítulo de los tres de la obra.
Esta escuela fue dirigida, entre 1882 y principios de 1886, por el artista italiano Luis Bicinetti,  luego estuvo bajo la conducción de Manuel Salvador Soto, hasta finales de 1892 cuando fue nombrado Julio Árraga como su tercer y último director.  Se mantuvo hasta 1898 cuando, por decisión del gobierno, el plantel fuera cerrado definitivamente.
Esta escuela se convirtió en un centro artístico que permitió la formación de un considerable grupo de jóvenes artistas, entre los que destacan Julio Árraga y Manuel Puchi Fonseca, quienes serán los artistas fundamentales de la pintura zuliana de finales de siglo XIX y comienzos del siguiente. Por allí pasaron, y se formaron, otros notables artistas marabinos como Armando Troconis, Neptalí Rincón, Manuel Trujillo Durán, quien se convirtió en un reconocido fotógrafo y, conjuntamente con su hermano Guillermo, habrá de ser uno de los iniciadores del cine en Venezuela.
El cierre de la Escuela de Dibujo Natural del Zulia acabó con la labor de esa primera institución para la enseñanza artística en el Zulia.
En 1916 se creó el Círculo Artístico del Zulia, experiencia crucial dentro del ámbito cultural de la región. En la línea de análisis de Petit completa un cuadro  que comienza en la segunda parte del siglo XIX y culmina en 1920.
Después vendrán las transformaciones  económicas, políticas y sociales que se generan con el inicio de la explotación petrolera. Lo que viene es un cambio drástico y dramático. Empezábamos la ruta que permitió el advenimiento de la cultura rentista que nos atrapa hasta hoy y disminuye nuestras opciones como país. Nunca fuimos una tierra próspera en agricultura, pero después de cien años de producción de petróleo, los resultados son dignos de estudio y asombro, importamos buena parte de lo que consumimos. La idea de vivir de una renta, que no producimos, está en la cultura venezolana, que lleva a muchos a presumir y exhibir lo que tienen, y se olviden de lo que son.
Queda esta obra de Edgar Petit como un aporte valioso para conocer nuestros orígenes, para saber de dónde venimos, y para ubicar las posibilidades de cambio verdadero que tenemos ahora, en la cultura, las artes y en el colectivo venezolano que somos.
Su estudio debería ser materia obligada en escuelas y facultades de arte, sociología, historia, comunicación y en ciencias sociales.
III
Edgar Petit nos deja como legado su búsqueda permanente, su utopía y su constancia. Su huella está en el arte y en la literatura. Su pasión queda plasmada en campos diversos que tienen un común denominador, la intención manifiesta de dar cauce a la esperanza artística, cultural y política.
Lo conocimos desde aquellos tiempos del Movimiento de los Poderes Creadores del Pueblo Aquiles Nazoa. Coincidimos en el riesgo en aquel país de más limitaciones, con democracia disminuida y maltratada. Golpe a golpe, verso a verso, vimos crecer su obra artística y humana.
Ahora nos corresponde aprovechar su legado y continuar con su ejemplo, en beneficio de las generaciones actuales y futuras, para que su siembra de la sensibilidad cultural y política siga dando frutos.


domingo, 4 de noviembre de 2007

Amores y desventuras de Maracaibo


(Orlando Villalobos) La mala noticia saltó de un lado a otro. “El Olonés ya cruzó la boca del lago”, espació el rumor y cada quien salió a ponerse en resguardo del temible pirata francés Francisco Juan Daniel Nau, conocido como L’ Olonnais, o El Olonés a lo maracucho.
Cuenta la leyenda que el aventurero se apareció con siete barcos y 440 hombres, que barrieron literalmente con la mercancía y el vino que encontraron en los almacenes. Luego prosiguieron a Gilbraltar, donde sumaron nuevos saqueos y crueldades, pese a la infructuosa oposición del gobernador de Mérida, quien pagó con su vida el intento de defenderse.
Sucedió de ese modo porque desde sus días de aldea de casas vacilantes, provisorias y perdidas, mucha antes de que don Ambrosio Alfínger y Alonso Pacheco desmontaran de la odisea conquistadora, esta villa, pueblo o ciudad ha tenido su suerte colgando de lo que pasa en el inmenso lago que cabalga sobre sus costas.
No por casualidad los primeros españoles que llegaron dijeron: “este es el sitio, aquí se queda Maracaibo”, siguiendo la senda ya trazada por la población indígena que estaba en el lugar, justo entre el lago y la montaña, entre el Caribe y los Andes.
El lago era la vía natural que urgían para ir y venir y adentrarse en tierra firme hacia el norte y hacia el sur.
Esta condición convirtió a la naciente ciudad en un puerto estratégico, para el tránsito del transporte de la colonia; un punto de fácil acceso a las Antillas, al Caribe y a este pedazo del mundo.
A mediados del siglo XVIII y durante el XIX el cálculo había rendido sus frutos. El puerto de Maracaibo había adquirido protagonismo. Desde sus muelles salía la producción que bajaba de las sabanas de Carora y toda la producción agrícola y ganadera de las tierras ribereñas. Por aquí pasaban los productos que venían de Pamplona y de los campos y ciudades más cercanos a la cuenca del lago.
Hasta bien entrado el siglo XX la página no había terminado de dar la vuelta. Maracaibo continuó siendo una ciudad que dependía del puerto para moverse. El intercambio comercial portuario constituía su base económica, condicionado por la facilidad del transporte más accesible: el lacustre. La vida gravitaba alrededor del puerto, de la producción agrícola que allí descargaban las piraguas, del mercado que creció a sus alrededores y de los ferrys que unían a la costa oriental y occidental del lago.
Esto permitió que el suelo zuliano se distinguiera del resto de las otras Venezuelas de la época. Aquí había una sostenida actividad de exportación y de importación; los productos iban y venían y con ellos los libros, las ideas y la prensa europea.
Pero un buen día llegó la hora triste de la despedida. El lago, el puerto y la ciudad dejaron de aventurar juntos. Maracaibo se extendió por los cuatro costados, pero empezó a hacerlo de espaldas al lago.
El viento cambió de dirección. La ciudad-puerto empezó a desvanecerse cuando Juan Vicente Gómez trazó una estructura de carreteras que enlazaban a los Andes con el centro de Venezuela. El transporte empezó a ser otro. Llegaron la Machiques-Colón y otras vías, y ya las piraguas dejaron de tener el valor de antes. El puerto quedó para las importaciones. En el país se impuso la cultura del supermercado y desaparecieron los mercados tradicionales.
Según la explicación del arquitecto Pedro Romero dos factores resultaron cruciales en el desencuentro de la ciudad y su puerto. Primero, el proceso de renovación urbana de los años 70, donde hubo una definición de políticas de intervención del área central de Maracaibo que trazó otras arterias principales, la avenida Libertador por ejemplo, la cual cortó la integración del caso central con el puerto.
El otro hecho es el Paseo del Lago, aunque suene contradictorio. Este se construyó con el propósito de vincular la ciudad al lago, pero en realidad tuvo un efecto contrario, en lugar de integrar terminó siendo un elemento separador. Se creó para el uso exclusivo de la recreación y entonces para ir para allá hay que tomar esa decisión, hay que apartar un tiempo especial. Antes, en cambio, la costa de El Milagro formaba parte de la vida cotidiana.
Ahora, en estos días de nuevo milenio, una interrogante anda buscando respuesta. ¿Podrá recuperarse el contacto perdido entre la ciudad y el puerto? Si usted tiene una respuesta hágala saber.

Maracaibo, amor y odio


(Orlando Villalobos) Según su majestad Manuel Rosales[1] el Zulia despega como un polo de desarrollo. La Alcaldía de Maracaibo también es muy categórica, ésta es “la primera ciudad de Venezuela”. El marketing político impone lemas y levanta un imaginario de bondades y promesas.
La realidad de la calle, en cambio, muestra las facetas que no se divulgan en los grandes medios masivos, pero que cada quien conoce y padece. Más allá de la publicidad interesada, Maracaibo es una ciudad inconclusa, improvisada e informal.
En medio de la ciudad formal cohabita el mundo informal que apenas asoman las cifras frías, insípidas y anónimas. Hay una ciudad formal que se inmola en el mall y transita por 5 de Julio, Las Delicias y Bella Vista, tiene acceso a la educación, aprovecha la planificación urbana, sueña con volar a Miami y con pudor habla de tú y reserva el uso del vos para las sesiones con los panas.
Al lado de ese arrebato de formalidad se cuela la Maracaibo sin servicios públicos, con ranchos que se asoman por todas partes, con poca o nula infraestructura, con escuelas que no saben de Internet, con camiones y volteos que hacen las veces de “aseo urbano”, con un transporte público en el que se atropella y se humilla la dignidad humana.
Como esta crónica tiene sus líneas contadas, déjeme decirle que el drama es cierto si piensa que lo informal predomina y no es sólo un accidente. La lógica se tuerce si observa que las políticas públicas no calman la sed, ni impiden la multiplicación de los ranchos, ni generan ciudadanía. En lugar de ciudadanos tenemos consumidores, en el mejor de los casos, y carenciados o sobrevivientes.
En esta contemporaneidad marabina de hoy se produce una explosión de lo que con pedantería llamaré “asentamientos urbanos precarios”, que surgen con la misma rapidez con la que se construyen “conjuntos urbanos cerrados”. Hay una explosión de la informalidad laboral y cada día crece el número de vendedores en las esquinas. El vecino tiende a ser un extraño y la inseguridad tiene distintos nombres y amenazas: secuestro express, vacuna, asalto y robo. Nadie en su sano juicio se detiene en un semáforo de noche sin mirar para los lados.
En fin, la ciudad muestra sus cifras en rojo, aunque sean maquilladas a conveniencia, en los programas de TV. El reto que tenemos es inmenso, para levantar verdaderas opciones de cambio y no dejar que nos arrastren los prejucios aprendidos en la escuela y repetidos por las señoras y los políticos de oficio. No es poca cosa lo que tenemos por delante. Nos queda repetir con el mexicano Juan Rulfo: “hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza”.
Notas
[1] Gobernador del estado Zulia

Maracaibo en la tarde


(Orlando Villalobos) A las tres de la tarde Maracaibo expone sus pretensiones al sol. Se bate en medio del sopor canicular. Lucha, palpita, sube y baja, sin pedir ni dar cuartel.
A esa hora cualquiera sueña con encontrarse con Sandra Bullock, justo en la plaza Baralt, para saber que existe y convencerse que no se trata de otro truco de Hollywood. Cualquiera piensa en disfrutar de la oportunidad de invitar a Laura Esquivel a tomarse un agua de coco, por los lados de la plaza de toros, para preguntarle cómo hace para atrapar a tantos lectores, con esa literatura mágica que nos ha regalado. Cualquiera busca la ocasión para escaparse de este trópico, plagado de tentaciones, de la mano de Gal Costa o de María Bethania y de sus canciones, por supuesto.
Quejas aparte, habría que reconocer que esta es tierra liberada para la imaginación. No por casualidad aquí tejieron su obra Ismael Urdaneta y Udón Pérez, encontró inspiración Manuel Trujillo Durán para poner en movimiento las primeras imágenes. Si la referencia no fuera un poquito lejana tendríamos que decir con el poeta Valera Mora, “por aquí pasó Benny Moré y le prendió candela a Los Beatles”.
En realidad, siempre me ha fascinado la pequeña historia de aquellos músicos que en los años 50, 60 y 70 pasaron por Maracaibo, dejando huellas y cenizas ardientes. Ñico Saquito, el de “María Cristina me quiere gobernar”, que vivió como ocho años aquí. “Chocolate” Armenteros, cuando no tenía nombre. Víctor Paz, uno de los trompetistas de la legendaria orquesta de Pérez Prado. Y hasta Ricardo Montaner, cuando simplemente “mataba tigres”. Esa crónica queda pendiente.
Lo cierto es que Maracaibo se presta. Dice la leyenda que aquí Domingo Alberto Rangel dio el discurso de fundación del MIR, en los sesenta. Que Fruto Vivas mostraba sus utopías, cuando le pasaban factura por sus preferencias políticas y hasta su nombre era motivo de disputas. Que Ibrahim López García fascinaba a los alumnos en sus clases, en la Facultad de Ingeniería, disertando sobre trompos, cúpulas y vuelos. Que Alí Primera, en los ochenta, se postuló como candidato a diputado y andaba por Haticos, Corito, San Jacinto y El Bajo buscando oídos receptivos para su relato de pueblo. Que Carlos Fuentes estuvo en Humanidades explicando los motivos de su “Gringo viejo”. Que Juan Luis Guerra juró que no se iba de la ciudad sin saber como eran Las Pulgas y cumplió su palabra.
A pesar de ciertos fundamentalismos de moda, por acá circulan vientos de transición y de muchas maneras suena el discurso que habla de renovar al liderazgo, desde las regiones. Hoy por hoy, este es un buen laboratorio para medir los alcances de esa corriente que busca acercar al elector con el gobernante elegido, por todas las aguas que se han agitado, desde diciembre de l993 a esta parte. Solo que la búsqueda lleva su tiempo, porque se trata de ir probando y de ir observando a quienes se les corre el maquillaje. O dicho entre nosotros, no saben, ni pueden, ir más allá de las consignas.
Desde luego, la crónica sería inconsecuente si no mostrara todas las aristas. Si no dijera que el transporte público exhibe los mejores atuendos tercermundistas. No se respetan paradas. La tarifa es la más cara del país. El usuario es vejado. Y una novedad, en algunas rutas son llevados en camiones de carga. Aquí Steven Spielberg encontraría ideales locaciones si observara como “colectores” y pasajeros van colgando de las ventanas y costados de buses.
Una extraña manía de los marabinos merece reseñarse: el casi nulo interés por la limpieza de los espacios públicos. Los depósitos reservados para los desperdicios prácticamente no se usan. A ningún conductor avisado se le ocurre situarse al lado de los autobuses en marcha, pues desde su interior lanzan conchas, papeles y latas de refresco. La costumbre se extiende hasta los vehículos particulares. Tantos años de educación, por lo visto, no enseñan de ambiente, ecología y temas afines.
De todas maneras, copiando el lenguaje promocional que emplea Corpoturismo, tenemos que decir que Maracaibo es una ciudad para vivir y morir. Para vivir de su voseo particular, inédito y motivo de orgullo; para saborear su desenfado y la capacidad retrechera de su gente; y para morir en una cola, en La Limpia, a las tres de la tarde, con el carro recalentado y con los otros choferes recordándote a tus seres queridos.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Maracaibo, un lugar en el mundo


(Orlando Villalobos) Vivimos tiempos de rápidas transiciones. Las anécdotas del pasado, de la ciudad, se asemejan a aquellas escenas fílmicas en las cuales aparece María Félix dejándose convencer por Pedro Almendáriz.
Sin embargo, son fotografías que no se marchitan ni se arrugan. Usted no las tiene siempre presente pero, llegado el momento, las recupera inmediatamente, porque están registradas en la memoria o en el disco duro, para decirlo con términos muy en boga.
Lo malo y criticable del asunto es la facilidad con que dichas imágenes se dejan de lado o simplemente se borran.
En un afán por dejarle el camino libre a la quincalla de las novedades, se pretende pasar por encima de nuestra historia sencilla, cotidiana, “personal e intransferible”, como acuñó Silvio Rodríguez.
El protagonismo se reserva para el fast food. Lo urgente le gana la partida a lo importante. La arquitectura petrolera se queda sin defensores. No queda ni un recuerdo para el hotel Granada. Las casas representantivas de Maracaibo, con sus gárgolas, cornizas, recuadros decorativos y ventanas altas son reproducidas en réplicas artesanales para ofrecérselas a los turistas y visitantes. Abandonadas están: la casa de Pérez Soto, en el Paraíso; las Villas de El Milagro y, en buena parte, la arquitectura del siglo XIX y principios XX del centro de la ciudad. Los cines se transforman en centros religiosos y no en salas de arte y ensayo, como recomienda la más sana lógica.
La restauración del Teatro Baralt y la revalorización del Centro de Arte son sólo la excepción de la regla.
Se pierden los símbolos y se disuelve la memoria. El pasado se oculta entre penas y olvidos. La data de nuestras horas se borra. Este comportamiento termina costando caro, porque transitamos entre “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”, como dice el tango. Particularmente, eso es cierto en esta época de globalización, economía de mercado e inmediatez mediática.
El pasado es el prólogo y el mejor crédito para encarar lo que viene. No es cierto que cada día se parta de cero y de que se puede, por lo tanto, “reinventarse” la ciudad. Tampoco es cierto que “nos estamos jugando a Rosalinda” en cada lance electoral, en cada declaración de candidato a diputado o en la próxima cadena nacional del Presidente. Al contrario, ese día a día de primicias y escándalos termina deslumbrándonos e impidiéndonos ver el bosque y no simplemente los árboles. Es decir, saber de dónde venimos, para dónde vamos, en fin, conocer de qué “madera estamos hechos” y por qué a pesar de tanto petróleo, bauxita, hierro y tanto derroche de talento somos este país portátil, que debate sobre pobreza crítica y pobreza extrema, tratando de encontrar una explicación al drama cotidiano de limitaciones y carencias.
Que se sepa, las mejores opciones del presente tienen sus raíces afincadas en el background personal y colectivo.
Encarar los retos de la contemporaneidad y dejar a un lado el barro del que estamos hechos quizás sea sólo un negocio para cierto capitalismo inclemente y salvaje. Como se dice desde la antigüedad: “para llegar y conseguir las metas deseadas hay que tener un lugar en el mundo”. Para ganar y para perder. Para vivir y morir. Para enamorarse y para despecharse. Para dejar atrás esa amenaza que acosa a la ciudad por los cuatro costados.