miércoles, 27 de diciembre de 2017

Invicto


 (Orlando Villalobos)

En una decisión controversial, Jean Paul Sartre rechazó el Nóbel de literatura en 1964. Lo criticaron y acosaron pero el escritor se mantuvo inalterable. Le dijeron, “acéptalo aunque sea por el dinero, porque tú no tienes casa propia”, pero nada. Era Sartre.
El tiempo va mostrando, fuera de toda duda, que el Nóbel es un premio que sirve para arteras jugadas políticas. Se ha entregado a comprobados “señores” de la guerra. Ahí está Juan Manuel Santos en 2016. Henry Kissinger, quien lo obtuvo en 1973, después de haber estado entre los autores del golpe militar de Pinochet y luego de la llamada Operación Cóndor, una criminal campaña estadounidense de asesinatos, tortura y desapariciones en América Latina. "Lo ilegal lo hacemos de inmediato, lo inconstitucional se tarda un poco más", según la revelación de Wikileaks, fueron las palabras con las que Kissinger se dirigió alguna vez al Ministro de Asuntos Exteriores de Turquía. La frase lo expone de cuerpo entero.
Obama otro laureado de la paz, en 2009, es considerado el presidente estadounidense que más agresiones lanzó contra otros países. Su lista de ataques fue desde Paquistán hasta Somalia, diseñó la operación de bombardeos contra Libia y en su administración se hizo moneda corriente la deportación de inmigrantes.
Son demasiados los casos de personajes de la guerra que han recibido ese premio. Por eso, la decisión de Sartre gana cada vez más significado y se agiganta en el tiempo. No se dejó someter y acabó con la frase hecha que dice, “déjalos correr que cada quien tiene su precio”. Después de Sartre sabemos que eso no se parece a la verdad.
Después de ese gesto, la figura del que se somete y doblega, por cuatro conchas de naranja, queda hecha pedazos.

Como este es un debate de todos los días conviene recordar la explicación personal y política que hace Sartre de su posición. Dice Sartre (en Le Nouvel Observateur, París, 19 de noviembre de 1964): “Si hubiera aceptado el Nóbel –y aunque hubiera hecho un discurso insolente en Estocolmo, lo que hubiera sido absurdo- habría sido recuperado (por el sistema) (…) Cuando se trata de un hombre aislado, aunque tenga opiniones “extremistas” se le somete o recupera necesariamente de un cierto modo, coronándolo. Es una manera de decir: ´Finalmente es de los nuestros’. Yo no podía aceptar eso. Algunos diarios me han atribuido razones personales: estaría herido porque Camus lo había obtenido antes… tendría miedo que Simone de Beauvoir se sintiera celosa, a lo mejor era un alma bella que rechazaba todos los honores por orgullo. Tengo una respuesta simple: Si tuviéramos un gobierno de frente popular –como yo lo deseo- y que me hubiera hecho el honor de concederme un premio, lo habría aceptado con placer (…) Rechazo 26 millones y me lo reprochan, pero al mismo tiempo me explican que mis libros se venderían más porque la gente va a decirse: ‘¿Quién es éste atropellado que escupe sobre semejante suma?’. Mi gesto va pues a reportarme dinero. Es absurdo pero no puedo hacer nada. La paradoja es que rechazando el premio no he hecho nada. Aceptándolo hubiera hecho algo, me habría dejado conquistar por el sistema”. 

martes, 27 de junio de 2017

PODERES, SABERES Y QUERERES


(Orlando Villalobos)

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Los textos que aquí se reúnen son el resultado de la fuerza que busca hacerse sentir para exponer certezas y convicciones, y al mismo tiempo dudas e interrogantes. En todo momento, han hecho posible que pueda pensar en voz alta para conversar y decir. A veces para defender un punto de vista, otras veces para llamar la atención sobre algo extraordinario, que no debería pasar de manera inadvertida.
Estas son historias pequeñas, múltiples miradas, que muestran lo que somos, con sus pasiones, pequeñas victorias y a veces los dolores.
A ratos son crónicas de lo cotidiano, que se alejan, lo más que pueden, de los manuales que codifican el relato hegemónico, conocido, celebrado, que nada con la corriente a favor.
Estas son historias pequeñas que buscan el registro de otras voces, que intentan interpretar estas cotidianidades cada vez más complejas, y entender lo que nos ocurre, en lo personal, y como comunidad, como país, como suele decirse.
El atrevimiento va más allá. Quiere mirar ir más allá de los caminos que encontramos hechos, de la propaganda que nos repiten, y de las etiquetas políticas que nos limitan.
Los textos aquí se autoconvocan y se juntan. Crean y recrean un mundo, que puede verse como algo aparte, pero que responden a una finalidad precisa: registrar las horas y las emociones, desde la perspectiva personal e intransferible.
Algo ha cambiado. Vivimos en tiempos de transiciones aceleradas. Pasamos del reino del imperio de la tinta y el papel al mundo digital o electrónico. Nuevos mitos nos acechan.
Unas supuestas redes sociales dicen que van a sustituir la familia, los camaradas, los amigos del trabajo, los vecinos y la religión. En realidad son redes virtuales, una burbuja de ilusión. Allí estás y no estás; te tengo y no tengo. Pero no es poco lo que ocurre. Estas redes tienen usados, no usuarios. En Internet creas una ”cuenta”.  Este término es el mismo que usan los bancos cuando tienes que guardar y administrar tu dinero. En Facebook hay dos conceptos que se trastocan: biografía y amistad. Biografía es la trayectoria de alguien a través de la vida. Ahora puede ser lo banal que la persona coloca en un campo que lleva ese título: biografía: “Amanecí sin jabón”, “me mata el calor”, vanidad de vanidades. El drama está en que si se banaliza tu biografía también se banaliza tu vida. No se sabe dónde está lo valioso. Lo mismo sucede con el concepto de amistad. Siempre se le consideró decisivo para el buen vivir. Ahora es la “acumulación capitalista de contactos y de “me gusta” como signo que supuestamente vincula”[1]. Abunda el narcicismo y el exhibicionismo. Hay mucho contacto y nada de comunicación verdadera, aquella que los clásicos entendieron como el acto de verse, mirarse, conocerse, apoyarse, complementarse y tocarse.
Esta era nos obliga a re-pensarnos y re-situarnos para no correr detrás de la computadora. Ya sabemos que “alguien tiene que sembrar y cosechar arroz mientras otros están navegando en la web”[2].

Cuando recorro de nuevo estos textos, para quitarles el polvo del camino, o para sumar un nuevo sustantivo, concluyo que bastante caso le hice a lo que recomienda Sully Prudhomme[3]: “Seamos como el pájaro / posado por un instante /en una rama frágil /que siente moverse /pero entretanto canta /porque sabe que tiene alas”. Lo que ha tenido que ser dicho se ha dicho.

viernes, 5 de mayo de 2017

La caída del reino impreso

(Orlando Villalobos Finol)

La comunicación cambia de soportes, pero su esencia continúa siendo la de siempre. Las nuevas tecnologías de la comunicación y la información están sustentadas en dos grandes acervos de la humanidad: la lectura y la escritura.
Remítase a la siguiente prueba: los adictos a Internet, se pasan horas y horas frente al monitor viendo imágenes, pero también leyendo lo que se publica en páginas digitales e intercambiando mensajes con otros usuarios.
Esta comprobación resta trascendencia a la trasnochada idea que habla de las horas contadas que tiene el periodismo. En realidad esa discusión no tiene sentido, ni pertinencia. Como en todo, el tiempo, el implacable, terminará imponiendo la hora del cambio. El ser humano no se detuvo en el papiro y, como ya se está viendo, tampoco se quedará en la tinta y en el papel, como recursos para registrar el tic tac de la cotidianidad.
Lo relevante, y lo que no puede dejar de decirse, es que el periodismo escrito, en papel o en un monitor, seguirá vivo, cumpliendo con su milenario deber de reconstruir y de reflejar la realidad y de propiciar espacios comunes entre los seres humanos.
No obstante, la caída del imperio de Gutenberg no está a la vuelta de la esquina. Eso también tiene que exponerse con toda claridad. Todavía las campanas no están doblando para el papel impreso. Y quizás falten varias generaciones para que esta predicción se concrete. Sigue siendo muy cómodo, y usted que sigue estas líneas lo sabe, llevar un libro o una página de periódico a cualquier rincón.
Estas circunstancias plantean nuevos retos al periodismo. En primer lugar, el concepto de la noticia, acuñado en los viejos manuales académicos, ha cambiado. Ya no tiene sentido la reproducción mecánica de la realidad, porque la televisión, la radio e Internet, dicen primero lo que sucedió. Si antes no pudo, ahora cada vez menos el impreso puede ir contra la instantaneidad de estos medios.
La pirámide invertida, las famosas cinco interrogantes del periodismo objetivo y aquella extravagancia que le dio a la noticia el nombre de “tubazo” se corresponden con otra época, pertenecen al pasado. La mejor noticia no es la que se dice primero, sino la que se dice mejor y sobre todo, la que mejor esté contextualizada. De qué le sirve a usted que haya habido cien muertos en Uzbekistán, si no tiene familia allá, ni sabe dónde queda ese país.
Diarios líderes, como The New York Yimes, saben de esta realidad y echan mano del recurso de oponer el periodismo narrativo a la competencia de los medios electrónicos. Cuando los demás se conformaron con repetir los datos básicos acerca de la tragedia ocurrida en Waco, Texas, que conmovió al mundo, el Times buscó las historias de los protagonistas del suceso, dónde habían comprado la ropa, de dónde venían, cuál era la profesión de cada uno. En fin de cuentas, cuando la gente desembolsilla su dinero para comprar un diario lo hace porque quiere encontrar historias, atractivas y de interés, y no simplemente se conforma con lo que ya sabe que sucedió, porque lo vio en el noticiero de la TV o en las redes virtuales. Muchas personas ven el partido de béisbol en el estadio y al día siguiente buscan el diario –impreso o digital- para leer la crónica de la jugada más discutida o de un momento particular del juego, buscando confirmar sus apreciaciones o para saber cómo lo vio el periodista.
La mutación del periodismo pasa por la reconfiguración de cuatro asuntos esenciales. Primero, el tiempo disponible de la audiencia es menor y está mucho más fraccionado. Internet genera la sensación de rapidez y el usuario o lector va surfeando en medio de datos dispersos que recibe de manera incesante. Antes la información era escasa y el tiempo abundante, ahora la información es abundante y el tiempo es escaso (Mancini, 2011[1]).
Segundo, cambia la audiencia. Antes era más o menos pasiva y algo crítica. Ante era el blanco del mensaje, es decir, uno –el famoso emisor- se dirigía a muchos, la audiencia. Ahora muchos se dirigen a muchos, de manera intensiva, a través de las redes virtuales. Tercero, muta el valor de la información. En una época en la que hay una amateurización masiva de información, en la que cualquiera se siente facultado para decir, opinar y proponer, cobra un nuevo sentido eso que llamamos el valor agregado, que podemos traducir como el contexto de la información. ¿Qué ha cambiado? El texto de la información es una invitación, pero ahora se depende del contexto que se genera desde Internet. “Google es un proveedor de paratextos”, dice Mancini (2011: 68).
Y cuarto, cambian las organizaciones periodísticas. Las redacciones constituían el espacio sagrado. Allí confluían los redactores, escritores, fotógrafos, diseñadores, y se generaba un ambiente de intercambio, amistad y consulta. Ahora los medios electrónicos se mueven en un entorno diferente, en el que se puede “coincidir” sin estar físicamente. Vale para los periódicos, emisoras de radio, canales de televisión, y por supuesto para los medios digitales.
Quizás suene sencillo y hasta obvio, pero no puede dejar de decirse. La palabra escrita tiene, hoy por hoy, sus mejores aliados en el relato –y en el reportaje- y en la crónica de los hechos. El lector de periódicos y medios digitales quiere saber de historias con buena prosa, inteligentes, honestas, verdaderas y profundas. La ventaja comparativa del texto escrito está en la atmósfera que pueda generar, en el tono y en la capacidad para establecer un diálogo íntimo, directo e interpersonal, entre el periodista o escritor y el lector. Ese lenguaje no necesariamente es el mejor, pero es único e insustituible, por eso se siguen leyendo “Don Quijote de la Mancha”, “La Ilíada”, “Cien años de Soledad” y “Canaima”, de Rómulo Gallegos. Por eso siguen vigentes Julio Cortázar y José Saramago.
La visión fragmentaria de la realidad, el título sensacionalista, la última página manchada de sangre, la versión interesada que busca favorecer a los editores, el criterio que privilegia la cantidad en el texto y no su calidad, la fotografía que se ubica para llenar el hueco que queda en la página, son conceptos de la era del “mediosaurio”, condenada a perder influencia, lenta pero irremediablemente, como diría un bolero.




[1] Mancini, Pablo (2011). Hackear el periodismo, Argentina La Crujía Editores

Diferentes y desiguales

(Orlando Villalobos Finol)
Somos diferentes, desiguales, desconectados y desinformados. Algo complejo pues. Esto es Latido-América, América Latina, o la Patria Grande. El neoliberalismo, esa versión del capitalismo salvaje que se nos vino encima, la pasa difícil en esta tierra de gracia. El movimiento popular peronista, chavista, bolivariano, zapatista, brasileño, respira, aspira y muestra una fuerza allí dónde se cocinan las papas, en la movilización de calle, y también a la hora de contar los votos. No siempre se ganan las elecciones pero las corrientes contrahegemónicas siguen allí, acumulando fuerza y pasión. No se avanza por decreto o por pura voluntad, hay atavismos y trabas que impiden un paso sostenido, pero el movimiento de cambio sigue latiendo.
Somos diferentes porque convivimos diversas culturas. Empezando por las culturas indígenas, afrolatinoamericanas; la campesina, la criolla –formada por profesionales, empresarios y funcionarios-, urbana –integrada por los barrios que se han multiplicado- y la burguesía y sus servidores –esa capa de gerentes y altos técnicos de las corporaciones multinacionales, agentes de ONG locales, testaferros y servidores-, en fin.
En el pasado fuimos los pueblos del maíz, la yuca y el frijol, con amplias relaciones sociales comunitarias. Por más de 300 años esta fue una colonia de España, Portugal, Inglaterra y otros colonialistas. Como reconoce el prólogo de la Constitución, somos una sociedad “multiétnica y pluricultural”, que quiere construir un Estado de justicia. Esto significa, en pocas palabras, que respondemos a una diversidad cultural, aunque la leyenda oficializada expone en su quincalla la ideología del mestizaje y nos declara a todos “cafeconleche”, aunque unos con más café y otros con más leche (Trigo, 2004[1]).
¿Todos somos mestizos? La leyenda se va desvaneciendo y se admite y reconoce que somos indígenas, negros, campesinos y diversos.
La ironía de Carlos Monsiváis[2] dice que el mestizaje fue ofrecido en el melodrama, de películas y telenovelas, como un “infelizaje”, al que pertenecían los pobres del barrio, pequeños comerciantes, artesanos, policías y burócratas menores. En el menú melodramático los ricos pertenecen a otro mundo, a veces malvados y otras veces altruistas y salvadores.
En estos predios predomina la desigualdad. Según datos de la Clacso (2010)[3], somos la región más desigual del planeta en términos socioeconómicos, con casi el 40 por ciento de la población viviendo en condiciones de pobreza. Eso quiere decir que no cuentan con lo mínimo necesario para cubrir sus necesidades esenciales.
Son muchos los datos que verifican esta desigualdad. El mundo laboral presenta elevadas tasas de desempleo entre los pobres, las mujeres y los jóvenes. Una buena parte de la población ha sido excluida social y económicamente; política y culturalmente, excluidos pues. Son desigualdades de clase, dicho en la perspectiva marxista. 
Ha habido algunos vaivenes en las cifras de pobreza, en la última década, después de la gestión de gobiernos populares –que algunos prefieren llamar “progresistas”- en algunos países. Sin embargo, parafraseando a Augusto Monterroso, cuando nos despertamos todavía nos encontramos con el dinosaurio.
Esta desigualdad no es natural, es el resultado de tantos años de saqueo de los recursos naturales, de la explotación de la mano de obra y del dominio más descarado. Es el resultado de tantos años de exclusión. No es natural, se construye, con más fuerza a partir de los años 70. Ha sido una acelerada construcción de desigualdad, que comenzó en América Latina, en esos años 70, con las dictaduras de Chile y Argentina. Allí comienza lo que se conoce como la miseria planificada, que se materializa como golpe de Estado, con sus implicaciones políticas y económicas, o como un golpe de mercado, impuesto por grandes corporaciones transnacionales[4]. 
Es una desigualdad material y simbólica. Los bienes simbólicos son todos esos factores ligados a lo cultural, educativo y comunicacional. En este lado del planeta, esa desigualdad se traduce en desinformación y en esas brechas digitales que demarcan la línea que separa el mundo de los incluidos de los otros, de los que no acceden a las tecnologías actuales de comunicación.
Y la desigualdad se convierte en violencia y conflicto abierto y permanente, bien porque la sociedad sigue un camino ciego, anómico, o porque surgen movimientos y fuerzas de resistencia y de cambio de rumbo.
Son muchos los desconectados. Aquí nos referimos a quienes  se desconectan de la escuela, los beneficios culturales, la información, entendida como bien de primera necesidad; de Internet y de las redes; a quienes se quedan sin la posibilidad de participar del mundo de una inclusión que significa educación, cultura, trabajo, vivienda, hábitat, salud, deporte y recreación. Hay otros desconectados, aquellos que deciden de manera consciente tomar prudente distancia de internet, las redes virtuales y las tecnologías.
Hay un nuevo escenario mediático que se caracteriza por el crecimiento constante de las tecnologías digitales para el uso de la información y la comunicación, y al mismo tiempo por el surgimiento de la brecha digital o simbólica. En América Latina esta brecha se materializa en el acceso desigual a Internet, las redes virtuales y los dispositivos tecnológicos, lo que algunos denominan los servicios info-comunicacionales.
Esta brecha va más allá y también se expresa en las diferencias de habilidades y de usos de la tecnología digital. Por tanto, va más allá de tener una computadora y el acceso a Internet. Para participar de las bondades del mundo digital se requiere mucho más y no solo conseguir conexión con redes; también es preciso querer y saber buscar, seleccionar, procesar y aplicar la información que se consigue o con la que se dispone.
Hay un segmento de personas que participan en redes como Facebook, Twiiter e Instagram que muestran un dominio precario del idioma, les cuesta construir una frase con sentido y no digamos que gramaticalmente bien construida. Son personas con pobreza lexical, con un dominio reducido de palabras, un universo cultural estrecho, en consecuencia, por mucho que se asomen a estas ventanas o redes virtuales poco pueden comunicar y menos interpretar de lo realmente útil que por allí se muestra o circula. En eso también se expresan las brechas digitales y la desconexión.
Con mucho acierto Néstor García Canclini[5], dice que somos diferentes, desiguales, desconectados, muestra los mapas de la interculturalidad y nos da pistas para aproximarnos a lo que somos.
Ahora, en este tránsito del mundo digital, ¿qué tenemos en común? La lengua, la historia, el territorio y la posibilidad de generar una comunicación que nos una y aproxime.
Necesitamos pensarnos como diferentes, desiguales y desconectados, para conocer los caminos y veredas que transitamos, pero también para ensayar rutas y prácticas transformadoras. En el mundo de la globalización depredadora no somos solos diferentes o solos desconectados. Estas modalidades se complementan.
Más que una sociedad de la información necesitamos levantarnos como una comunidad con disposición y capacidad de deliberación, con la sabiduría suficiente para seguir la ruta del buen vivir o del vivir bien. Y sobre todo necesitamos tomar nota de lo que recomienda Boaventura de Sousa Santos, “afirmar sin ser cómplices y criticar sin desertar”.



[1] Trigo, Pedro (2004). La cultura del barrio, Caracas, Fundación Centro Gumilla-UCAB.
[2] Monsiváis, Carlos. (2009). Pedro Infante. Las leyes del querer, México, Aguilar.

[3] Di Virgilio, María, Otero María y Boniolo, Paula (2010). Pobreza y desigualdad en América Latina y el Caribe, Buenos Aires, Clacso.
[4] Carta Abierta N° 23. La degradación de la democracia, disponible en https://www.pagina12.com.ar/35071-la-degradacion-de-la-democracia. (Consulta: 2017, mayo 2)
[5] García Canclini, Néstor (2004). Diferentes, desiguales y desconectados. Mapas de la interculturalidad, Argentina, Gedisa

sábado, 25 de febrero de 2017

El barrio convive y crece

(Orlando Villalobos)

A pesar de los problemas, el barrio muestra su fuerza y día tras día va haciendo su propia vida. Se sobrepone a las dificultades y sigue adelante.
Eso es posible porque aquí está la vida, están los padres, los hijos y las hijas, los vecinos, y los amigos. Aquí nos hacemos fuertes porque sabemos que están los nuestros, los que nos acompañan siempre, en las buenas y en las malas.
Entre nosotros surgen sólidos lazos de convivencia, que significa hacer la vida juntos con los demás, participando en todas las horas en la resolución de los problemas.
Así se va uniendo y tejiendo la comunidad, lo que es común, lo que es de nosotros, porque nos ayuda o porque nos perjudica. Por eso decimos, el barrio con-vive, anda junto, y se va tejiendo.
En la medida en que vamos creando esa convivencia y esa comunidad, nos vamos dando la oportunidad para crecer y fortalecernos, y para hacer frente a los males.
Crecemos cuando derrotamos el mal, la droga, la inseguridad, el embarazo en adolescentes; cuando superamos las enfermedades. Crecemos cuando somos más; cuando nos organizamos para reír, cantar y luchar.
Crecemos cuando sembramos en nuestros patios; cuando ayudamos al amigo y al vecino; cuando vemos al otro como un hermano y no como un extraño.


jueves, 23 de febrero de 2017

La amenaza de la convivencia

La amenaza de la convivencia en los días actuales

Autor: Leonardo Boff
La ola de odio que crece en el mundo, y claramente en Brasil, las discriminaciones contra afro-descendientes, nordestinos, indígenas, mujeres, LGBT y miembros del PT, sin hablar de los refugiados e inmigrantes rechazados en Europa ni de las medidas autoritarias del presidente Donald Trump contra inmigrantes musulmanes, están destrozando el tejido social de la convivencia humana a nivel nacional e internacional.

La convivencia es un dato esencial de nuestra naturaleza como humanos, pues nosotros no existimos, coexistimos; no vivimos, convivimos. Cuando las relaciones de convivencia se desgarran algo de inhumano y violento sucede en la sociedad y en general en nuestra civilización, en franca decadencia.

La cultura del capital hoy globalizada no ofrece incentivos para que cultivemos el “nosotros” de la convivencia, sino que enfatiza el “yo” del individualismo en todos los campos. La expresión mayor de este individualismo colectivo es la palabra de Trump: “en primer lugar (first) USA”, que bien interpretada es “sólo (only) USA”.

Necesitamos rescatar la convivencia de todos con todos los que habitamos una misma Casa Común, pues tenemos un origen y un destino comunes. Divididos y discriminados recorreremos un camino que podrá ser trágico para nosotros y para la vida en la Tierra.

Es bien sabido que la palabra “convivencia”, como reconocen investigadores extranjeros (por ejemplo un académico alemán, T. Sundermeier, Konvivenz und Differenz, 1995), tiene su nacimiento en dos fuentes brasileras: la pedagogía de Paulo Freire y las Comunidades Eclesiales de Base.

Paulo Freire parte de la convicción de que la división maestro/alumno no es originaria. Originaria es la comunidad aprendiente, donde todos se relacionan con todos y todos aprenden unos de otros, conviviendo e intercambiando saberes. En las CEBs es esencial el espíritu comunitario y la convivencia igualitaria de todos los participantes. Incluso el obispo y los curas se sientan juntos alrededor de la mesa y todos hablan y deciden. No siempre el obispo tiene la última palabra.

¿Qué es la convivencia? La propia palabra contiene en sí su significado: deriva de convivir, que significa conducir la vida junto con otros, participando dinámicamente de la vida de ellos, de sus luchas, avances y retrocesos. En esa convivencia se da el aprendizaje real como construcción colectiva del saber, de la visión del mundo, de los valores que orientan la vida y de las utopías que mantienen abierto el futuro.

La convivencia no anula las diferencias. Al contrario, es la capacidad de acogerlas, dejarlas ser diferentes y así y todo vivir con ellas y no a pesar de ellas. Sólo relativizando las diferencias y favoreciendo los puntos en común surge la convergencia necesaria, base concreta para una convivencia pacífica, aunque haya siempre niveles de tensión, por causa de las legítimas diferencias.

Veamos algunos pasos hacia la convivencia:

En primer lugar, superar la extrañeza porque alguien no es de nuestro mundo. Pronto preguntamos: ¿de dónde viene? ¿qué ha venido a hacer? No debemos crear dificultades, ni encuadrar al extraño sino acogerlo cordialmente.

En segundo lugar, evitar hacernos rápidamente una imagen del otro y dar lugar a algún prejuicio (si es negro, musulmán, pobre). Es difícil pero es necesario para la convivencia. Bien decía Einstein: “es más fácil desintegrar un átomo que sacar un prejuicio de la cabeza de alguien”. Pero se puede sacar.

En tercer lugar, procurar construir un puente con el diferente mediante el diálogo y la comprensión de su situación.

En cuarto lugar, es fundamental conocer su lengua o rudimentos de ella. Si no es posible, prestar atención a los símbolos pues revelan generalmente más que las palabras. Ellos hablan de lo profundo de él y de nosotros.

Por último, esforzarnos para hacer del extraño un compañero (con quien se comparte el pan) de quien se procura conocer su historia y sus sueños. Ayudarlo a sentirse incluido y no excluido. Lo ideal es hacerlo un aliado en la caminada del pueblo y de la tierra que lo ha acogido, por el trabajo y la convivencia.

Hay que añadir que no se debe restringir la convivencia solamente a la dimensión humana. Ella posee una dimensión terrenal y cósmica. Se trata de convivir con la naturaleza y sus ritmos y darnos cuenta de que somos parte del universo y de sus energías que pasan por nosotros en cada momento.


La convivencia podrá hacer de la geo-sociedad, menos centrada sobre sí misma y más abierta hacia arriba y hacia delante, menos materialista y más humanizada, un espacio social en el cual sea menos difícil la convivencia y la alegría de convivir.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Villa-lobos



(Orlando Villalobos) Cuando Heitor Villa-lobos llegó a París en 1922, al ser consultado acerca de sus proyectos respondió, con cierta arrogancia o quizás dejando escapar sus aires de seguridad: “No vengo a estudiar con ninguno. Tal vez, venga a enseñar”. En ese momento este brasileño nacido en Río de Janeiro frisaba los 35 años y era dueño de una alentadora producción no suficientemente apreciada, pero que le permitía disponerse a alcanzar lo que declaraba; tenía madera para enseñar y mostrar, de modo que no se asomaba por tierras europeas para que le dijeran dónde comenzaba el camino. La anécdota habla del ímpetu de este nombre que América Latina le regala al catálogo de la música.
En 1953 el maestro estuvo en Caracas, y en conversación con Alejo Carpentier, para el diario El Nacional, dejó este mensaje para los compositores venezolanos: “Dígales que estudien el folklor de su país; que lean los trabajos de Juan Liscano, que oigan las grabaciones de los cantos populares de Isabel Aretz y Ramón y Rivera… que se empapen de su música popular… mas no para hacer “folklor”. ¡No!... no para copiar los temas o los ritmos… lo que deben hacer es encontrar su propia personalidad a través de la música nacional”.

Sus palabras, pero sobre todo su música, constituyen una referencia básica, indispensable, para esta América Latina urgida de canciones, razones e inspiraciones para ponerle alas a los sueños y para que la esperanza no le falte, ni le falle.