sábado, 27 de agosto de 2016

La propuesta de Francisco Delgado

Tenía una propuesta de ciudad ecológica y ciudadana para que Maracaibo dejara de ser “olvidada y sin un real”. Sumó su discurso teórico y práctico en favor de la transformación de Maracaibo. En la Universidad del Zulia fue profesor e investigador del Instituto de Investigaciones Criminológicas. En este programa Francisco Delgado asoma y resume las claves de su ideal de cambio. Fue sembrado en enero de 2012. Desde entonces su palabra germina y crece la leyenda.

domingo, 3 de julio de 2016

El periodismo necesario

I
(Orlando Villalobos Finol)

No parece que el periodismo vaya a desaparecer. Hay que decirlo porque no faltan voces agoreras y pesimistas. Pero hay que registrar los cambios en desarrollo. Ya experimentamos un cambio de soporte. Poco a poco se va perdiendo el hábito de salir a comprar el periódico. Los periódicos que fueron imprescindibles y parte del desayuno cotidiano de generaciones anteriores le ceden el paso a los medios digitales.
Los periódicos van desapareciendo porque los insumos para su producción son cada vez más costosos, en especial el papel, pero sobre todo porque no se han adaptado a las transformaciones en marcha. Han seguido su camino como si nada y con Internet ya el lector sabe lo que está pasando, en tiempo real. ¿Para qué comprar un periódico que nos diga las noticias de ayer, si ya eso lo sabemos a través de los medios digitales y de las redes sociales?
Los periódicos siguen la ruta del declive, sin embargo, el periodismo sigue siendo necesario como el oxígeno. Sigue pero con nuevo soporte y con tinta digital. El olor a la tinta impresa se va evaporando.
Saber lo que ocurre, estar informado es una necesidad social. Además, el periodismo es necesario e insustituible en la inmensa tarea de crear o construir puentes para el acuerdo, la convivencia y el encuentro ciudadano y comunitario; para construir el tejido social que nos coloca a distancia prudente de la barbarie.
En sociedades tan desiguales y en medio de conflictos, como las nuestras, el periodismo es necesario si actúa con autenticidad y equilibrio; si se deja guiar por la buena fe y propicia el fair play; si renuncia a esos atavismos de objetividad que lo hacen parcial y acomodaticio; si renuncia al relato que favorece a los poderosos.

II
Tendría yo 16 o 17 años y estaba participando en un programa de radio, en Radio Mara, una emisora que en aquella época sobresalía por sus programas de opinión y de participación. Era de los hermanos Govea, vinculados a AD y uno de ellos al MIR en una etapa anterior. De pronto el entrevistador suspendió la entrevista y en off, fuera del aire, me dijo: “Vete rápido de la emisora no vaya a ser que la Disip te venga a buscar”. La Disip era un temible cuerpo represivo que detenía primero y averiguaba después. El entrevistador estaba asustado.
Qué había hecho para merecerme esa interrupción y ese trato. Yo en mi efervescencia juvenil me había referido a la Disip como un cuerpo formado por “esbirros”. Usé esa palabra. Ese era el pecado cometido. Las palabras eran sospechosas.
La referencia viene a cuento para ilustrar la larga etapa que experimentó el país, una vez concluido el periodo de la nefasta dictadura encabezada por Pérez Jiménez, que termina en 1958.
Si en la etapa de la dictadura los derechos sociales, políticos y económicos fueron literalmente prohibidos, en la época en la dominan los gobiernos de AD y Copei estaban francamente disminuidos y limitados. El pensamiento crítico y disidente tenía muy pocas posibilidades de expresarse abiertamente. Necesariamente debemos situarnos en el contexto de entonces para aproximarnos a su comprensión.
Con el llamado acuerdo de las élites que gobiernan después de 1958, el llamado Pacto de Punto Fijo, una parte sustancial política y cultural había sido excluida. En la década de los años 60 el Partido Comunista y el MIR estaban ilegalizados, varios diputados de izquierda fueron encarcelados y desde la segunda mitad de esa década varios movimientos participaron de la lucha armada. Según investigaciones recientes de la Fiscalía General de la República en aquellos años en Venezuela se incurrió en detenciones arbitrarias, se desapareció y asesinó a militantes políticos.
En aquellas condiciones, lo demás se daba por añadidura. La censura y la persecución política estaban racionalizadas y naturalizadas. Así como había movimientos políticos que no podían tener representación legislativa, así mismo se practicaba una idea precaria de las libertades.
En ese clima influyó de manera determinante la poca o nula tradición democrática del país.  En el siglo XX, Juan Vicente Gómez impuso una férrea y tenebrosa censura y prohibió las expresiones y organizaciones políticas. Con Medina en 1941 y con la presidencia de Rómulo Gallegos, en 1948, que apenas alcanzó los nueve meses, se conoció una cierta apertura, pero nada más. Desde 1948 hasta 1958 permanece la dictadura de Pérez Jiménez y en la década de los 60, Rómulo Betancourt se refugia en el subterfugio de la emergencia del país para limitar e impedir las manifestaciones democráticas. Así llegamos a las décadas de 1970, 1980 y 1990, con un país que tenía una Constitución nacional, aprobada en 1961, que garantizaba las libertades pero que en la práctica seguían suspendidas o conculcadas. La opinión era considerada un delito que te podía llevar a la privación de la libertad. Hubo periodistas a quienes se les abrió un expediente para un juicio militar por haber hecho una entrevista o firmar una nota que el gobierno de la ocasión considerada delito o asunto prohibido e ilegal. La noción de ciudadanía como ejercicio de deberes y derechos apenas estaba anotada en el papel.
Para cualquier duda estaba el propio ejercicio de los medios masivos. Las voces críticas al gobierno y al sistema no tenían espacio. No deja de ser admirable que periodistas como José Vicente Rangel se mantuviera en el periodismo de opinión, y que un luchador político como Domingo Alberto Rangel fuera una firma acostumbrada en el diario Panorama. Pero no había muchos. En la televisión, las voces antisistema no tenían presencia; y en la radio eran muy pocas las que se filtraban. Esos eran los medios, espacios cerrados para el debate, la denuncia y la presencia ciudadana. Un periodista que llegaba a trabajar en un medio sabía que tenía que apegarse a pie juntillas a líneas editoriales conservadoras y cómplices, sin otra opción. Las revistas alternativas e independientes eran ocasionales aunque algunas dejaran huella. Me refiero a Quincena de Domingo Alberto Rangel, Proceso Político, Al Margen de Simón Sáez Mérida, en los años 80, pero estos eran pequeños espacios de resistencia.
En aquellos medios masivos predominantes y hegemónicos prevalecía una élite que en términos intelectuales o académicos no lo era tal, pero se autoproclamaba. Desde la televisión personajes influyentes como Carlos Rangel, Sofía Imber y Renny Ottolina predicaban en favor del sentido común liberal y señalaban como sospechoso a quien osara proponer cambios sociales y económicos. El país tenía dueños y los derechos ciudadanos formaban parte de la ficciones de la época.
Para decirlo en palabras de Habermas, había una esfera pública limitada; en los hechos se produjo una refeudalización de la vida pública. Los medios se colocaron al servicio de los intereses creados por la dominación, para crear mentalidades sumisas y racionalizar y justificar la fábrica de pobreza en la que se convirtió Venezuela. 

  III
Una nueva realidad sociopolítica se sigue asomando con fuerza en América Latina. Desde finales de la década de los 90 y desde comienzos del siglo XXI se hicieron visibles y manifiestos los cambios. Aquellas políticas agresivamente neoliberales de los 90 despertaron la furia popular y así poco a poco fueron emergiendo otros liderazgos.
El nuevo paisaje  repercutió en la comunicación y ganó fuerza la idea y la convicción de dar paso a una democratización de la palabra y de la imagen. Algo o mucho había cambiado y eso se fue manifestando en nuevas legislaciones, en nuevas reglas del juego, que buscaban frenar la concentración monopólica de la propiedad sobre los medios, actualizar las normas para la concesión y la fiscalización de las licencias de radio y televisión, y abrir nuevos espacios comunicacionales que incluyan a voceros y movimientos tradicionalmente relegados.
Dicho hasta acá aparece un primer nudo conflictivo en el debate. ¿Cómo es eso de que se van a expresar y desarrollar políticas públicas? ¿No se supone que estos asuntos de la propiedad, la economía y la comunicación, son asuntos de particulares? No es de extrañar que desde el principio haya quienes se declaren abiertamente contrarios de la insurgencia de estas políticas públicas.
Conviene traer a colación que las políticas públicas en materia de comunicación, educación y cultura aparecen en Europa después de la II Guerra Mundial, para buscar garantizar los derechos esenciales de los ciudadanos.
La prueba de la intervención del Estado, en el pasado reciente, está en el conjunto de leyes que ha habido para proteger y regular el cine, la radio, la televisión y el ejercicio del periodismo. Cuando se habla de normas, leyes y regulaciones no se parte de cero, ni se descubren las políticas comunicacionales.
De esa intervención reciente del Estado encontramos, en Venezuela, el surgimiento de nuevas leyes, más canales y medios públicos, una modificación del espectro radioeléctrico generando una mayor diversidad, un campo propicio para la comunicación comunitaria, que se concreta en la aprobación reciente de una Ley de la Comunicación Popular. ¿Esto es mucho o poco? Depende.
Quizás el imponderable más apreciable de esta etapa reciente, que en Venezuela lleva el sello de la revolución bolivariana, es el de una mayor participación ciudadana; más opinión y debate político. El venezolano no solo habla de política, sino que toma partido, vive intensamente lo que sucede en el espacio público. Los gobiernos neoliberales prefieren que el ciudadano mire para otro lado y se conforme con los asuntos de farándula y de los deportes. La fórmula de los gobiernos neoliberales es más banalidad del mal.
Pero falta mucho por ocurrir para que haya cambios verdaderos. Hemos llegado hasta aquí con unos medios públicos que confunden política con propaganda; que muchas veces se extralimitan y se conforman con el rol de cuidar la imagen de ministros y funcionarios públicos. Esos medios públicos desatentos, o deliberadamente desatentos, han mirado para otro lado cuando determinados funcionarios han amasado verdaderas fortunas y luego, tal como lo indica el guion del inconsecuente, se han ido con su morral de bienes mal habidos.
La gracia está en hacer las denuncias a tiempo, no ocultarlas, ni ningunearlas.
Eso ocurre, es probable, porque se tiende a confundir lo público con lo estatal y lo gubernamental. Se deja de lado la acción comunitaria y popular. Se mira con desconfianza la crítica y se desconoce que el mensaje que viene de las comunidades es urgente y necesario, para que haya correcciones oportunas.
Estamos en un momento de crisis abierta y desenfrenada que pone en riesgo todo, lo mucho y lo poco, que se ha podido construir.
¿Desde el punto de vista de la comunicación, qué ha sucedido o ha dejado de suceder para que estemos en este punto de quiebre? ¿Es válido que un medio público se siga comportando como si esta crisis no se hubiera instalado en nuestras costas, calles Y casas?
Detengámonos un instante para mirar lo que hace VTV que no considera noticia que la fiscalía haya desechado el juicio contra los asesinos intelectuales del líder indígena Sabino Romero. O que se vanagloria de cualquier declaración que dé un dirigente del gobierno, como si aquello fuera inevitablemente verdad. Detengámonos en lo que hace TVES, que tiene espacios que se refugian en los antivalores de siempre con el pretexto de conseguir rating.
Pudiéramos hacer muchas consideraciones sobre el papel que corresponde a un medio público, y a un canal que se considere de todos los venezolanos. Pero hay un asunto central y crucial, la comunicación, el periodismo y un medio público, están para hacer lo que tienen que hacer, desde el punto de vista revolucionario. Es muy fácil de saberlo: crear conciencia. Para conseguir ese ideal se requieren acciones e iniciativas, pero también un discurso que lo explique, porque como lo han explicado Paulo Freire, Leonardo Boff, Frei Betto, y tantos otros, crear conciencia significa conjugar, en la actividad social y política, los principios éticos y el compromiso con “la causa liberadora de los pobres (…) Concientizar es propiciar que los oprimidos y los militantes políticos logren un distanciamiento crítico frente a esa ideología dominante, de modo que asuman prácticas innovadoras y renovadoras, rechazando –en la medida de lo posible- influencias que puedan inducirlo a adoptar –en nombre de una nueva sociedad– prácticas típicas de los opresores” (Betto, Elogio de la concientización), como es el caso del corrupto, o del que tortura.
Cuenta García Márquez que en una ocasión le preguntaron a Oscar Wilde cuál es el papel que corresponde a un escritor revolucionario, y su respuesta fue: “Escribir bien”. En ese mensaje está señalado el rol que le corresponde ejercer al periodismo, asumir con pasión, ética y responsabilidad un ejercicio que contribuya a la creación de un tejido social solidario y una sociedad con justicia social y que materialice el buen vivir.


viernes, 10 de junio de 2016

La Pinta, la Niña y la Santa María

(Orlando Villalobos Finol)

El maestro Prieto Figueroa defendía la educación pública, gratuita, y hacía la exigencia de una intervención más decidida del Estado en defensa de lo público. En una ocasión participaba en un foro y una estudiante de la Universidad Santa María, institución privada y prejuiciosa, le salió con el cuento de siempre en su contra, que lo acusaba de ser populista y hasta comunista. Prieto Figueroa, veterano de mil debates, la dejó sin aliento: “Por la pinta, la niña, es de la Santa María”.

La mujer que le rezaba a la virgen

Una mujer muy creyente le rezaba a la virgen, todos los días, y le pedía trabajo, comida para sus hijos y una casa. Era persistente en sus oraciones.
Un día, al fin, la virgen escuchó sus ruegos, se le apareció y le habló. Le dijo una sola palabra: “Organízate”.

Marx en la UCAB

Un profesor hace su ponencia en la Universidad Católica Andrés Bello, UCAB, institución donde el neopositivismo es una religión; y donde se pregona la restauración conservadora como otra religión. En su disertación, sin más, hace una cita de Carlos Marx.
Un estudiante lo refuta y le pregunta qué tiene que ver Marx con el tema de su ponencia. El profesor le dice: la cita no tiene ninguna relación con el tema pero no me iba a perder esta oportunidad de nombrar a Marx acá en la UCAB.

Los medios son menos importantes de lo que parecen

Durante el primer gobierno de Perón había una censura férrea. Se apoderó de casi todos los medios. Cuando regresó después de aquella larga estancia en España, cuando las circunstancias –correlación de fuerzas- se lo permitieron, dijo Perón que los medios son menos importantes de lo que parecen. “En 1946, cuando gané las primeras elecciones teníamos todos los medios en contra y ganamos; en 1955, teníamos todos los medios a favor y nos sacaron. En 1973, teníamos todos los medios en contra y ganamos de nuevo las elecciones”, declaró.
La de Perón no es una teoría científica pero lo que dijo ayuda a relativizar el valor de los medios masivos.

El muerto que vivió un día más por decisión de un diario

Hará unos 20 años, un periodista prestigioso de uno de los dos diarios hegemónicos de la Argentina (hoy en aprietos) está por dar la orden de cerrar la edición del día. Se le acerca corriendo un colaborador. Le informa que se acaba de morir un famoso, querido cantante de tangos.
—¿Qué hacemos? —le pregunta preocupado—. No podemos salir sin dar
la noticia.
El jefe de redacción se recuesta en su silla, se hamaca un poco mientras
lo piensa. Súbito y contrariado, dice:
—Pero, che, carajo, tengo la edición casi lista. Ya cerraba.
—Pero se trata de «Fulano» —le insiste el otro—. Hay que decir algo.
El jefe de redacción sonríe casi piadosamente. Dice:
—Mirá, hagamos algo. Cerrá la edición como está. Lo anunciamos en la
de mañana. Dejémoslo vivir un día más.
Tan profunda es esta pequeña historia, tanto dice del poder de los
medios, que (cuando me la contó un amigo al que se la agradezco) quedé
atónito. «Dejémoslo vivir un día más». ¿Y si decide no dar nunca la noticia?
Podría decir: «Aquí, en este diario, Fulano nunca murió». Si no salís
en los diarios, ni morirte podés. Pero hay otro toque, además del poder del
medio, y es el toque de la ternura, de la generosidad: «Dejá, no te apurés.
Cerrá tranquilo la edición de hoy. Todavía no se murió. Por la magia de
este arte que manejamos, lo bendecimos con un día más de vida. Además,
se lo merecía. Era un buen tipo» (Extraído de José Pablo Feinman, Filosofía política del poder mediático, Ciudad autónoma de Buenos Aires, edit. Planeta, 2013, p. 218)


Algo tiene que costarle a uno

En una época se criticaba permanentemente a Rómulo Gallegos, después del golpe de Estado en su contra. Cuando le preguntaron sobre el asunto, Gallegos declaró: “Naturalmente eso lo tomo como se lo merece, pues algo tiene que costarle a uno el aprecio de la gente verdaderamente estimable” (Extraído de Elena Poniatowska, Utopías en movimiento, Caracas, Colección Argumentos, p. 221).

Invocando al espíritu
Una vez, caminando por Tacuarembó –en el centro de mi país, Uruguay–
me encontré con un maravilloso pensador que me invitó a su casa.
Era una casa de barro, un quincho que él mismo había levantado.
Por supuesto, inmediatamente se puso a preparar el mate. Yo me
senté en un banco que había al lado de una mesita y seguimos conversando.
Él puso, como diríamos en la ciudad, a hinchar la yerba,
en esa mesita al lado mío, con la bombilla y todo. Yo creí que me estaba
cebando el primer mate, por lo que hice el gesto de agarrarlo.
Ahí, por primera vez en toda aquella mañana, el señor se dio vuelta
y me dijo: “¡Chist!... El primero es para el espíritu”.
Yo le agradezco a aquel señor, porque me enseñó que lo que yo
preparo cada mañana no es meramente una infusión que me levanta
el ánimo para encarar el día. Es una invocación a un espíritu.
Aunque no tenga convicciones religiosas, yo sí conozco a ese espíritu,
porque lo he visto toda mi vida: es el espíritu de esa cosa ávida
y chiquita que se da porque sí. Es una forma de relacionarse. Es un
juego en el que damos algo sin esperar nada a cambio, porque es el
derecho del otro que yo se lo dé. Nada más que eso.
(Extraído de Néstor Ganduglia (2009). “La comunicación comunitaria: proceso cultural, social y político”. En Area de Comunicación Comunitaria (compiladores), Construyendo comunidades. Reflexiones actuales sobre comunicación comunitaria, (pp. 91-121), Argentina, La Crujía Ediciones.


Se fue con un marciano
Es Woody Allen, cuya filmografía es desbordante y la mayoría de
sus títulos excepcionales. En Días de radio (en la que narra su infancia) se detiene —en uno de los tantos relatos diseminados en el film— en contar la historia de su tía Bea y sus frustrados amores. Bea es la gran Dianne Wiest. Cierta noche, la encontramos dentro de un automóvil con un ocasional amigo. Vienen de tomarse unas cuantas cervezas. El tipo finge que el auto se descompone y frena. El lugar es solitario, la neblina impide ver nada. Pero Manilus (así se llama el tipo) sabe lo que hace. «Bea, qué desgracia. Me quedé sin gasolina». «¿Y ahora qué hacemos?». «¿Qué tal si charlamos un ratito?». La empieza a besar. «Pero, Manilus», dice Bea, «es la primera vez que salimos». «Mejor, así no perdemos tiempo». De pronto, la dulce, romántica
música que emitía la radio se corta bruscamente:
—¡Señoras y señores, una noticia arrasa todas las emisoras! Es terrible,
pero no la podemos ocultar. ¡Los marcianos han invadido el planeta! Se
han adueñado de Nueva York y están tomando posesión del resto del país.
Manilus, aterrorizado, se baja del auto y empieza a correr como un loco.
Bea se queda sola, en medio de un camino terroso, con una neblina que no
le permite ver nada y la radio anunciando catástrofes. De un modo u otro,
consigue regresar a su casa. A la semana suena el teléfono. Es Manilus.
Pregunta por Bea. La madre del niño Woody —la también gran Julie
Kavner— le dice:
—Bea no está. Se fue de esta casa.
—¿Se fue?
—Sí, se casó.
—¿Se casó?
—¿No lo sabías, Manilus? Con un marciano.
(Extraído de José Pablo Feinman, Filosofía política del poder mediático, Ciudad autónoma de Buenos Aires, edit. Planeta, 2013, p. 218)

Lo que está en el inconsciente

Un tipo cree ser un grano de maíz y, por tanto, le llevan al psicólogo. Tras una terapia titánica, los médicos le convencen de que no es un grano de maíz, sino un hombre, y le dan el alta, pero el fulano regresa aterrorizado a los tres minutos: se ha encontrado una gallina en la puerta del psiquiátrico y tiene miedo de ser engullido. Su médico le tranquiliza: “No se preocupe, amigo, usted no es un grano de maíz, sino un hombre”. “Ya lo sé”, responde el paciente, “pero ¿lo sabe la gallina?”. (Tomado de: Slavoj Žižek (Liubliana, Eslovenia).
He aquí el análisis del doctor Slavoj Zizek sobre este chiste:
“Ése es el auténtico meollo del tratamiento psicoanalítico: no basta con convencer al paciente de la verdad inconsciente de sus síntomas; también hay que conseguir que el propio inconsciente asuma esa verdad”.


sábado, 28 de mayo de 2016

La señal comunitaria

(Orlando Villalobos Finol)

Militamos como respiramos(En texto de Sofía Castañón y Francis Pérez)
I
Una comunicación para la comunión
¿Cuál es el papel de los medios comunitarios? ¿Qué se le tiene que exigir a este tipo de medio? Estos medios están llamados actuar con los pies –y el corazón- puestos en la comunidad –barrio, esquina, calle, organización social-.
Es una definición simple, pero al mismo tiempo sustancial. No es el medio del partido, el Estado o la iglesia, con lo que nos tropezamos con frecuencia. No es el medio para la propaganda, el asistencialismo, ni la salida providencial.
Del libro Reinventar la comunicación”, de mi autoría, anoto (pág. 125): “Si se habla de proponer la organización popular y colectiva se debe pensar en una comunicación en la que haya lugar para la crítica, la diferencia, el disenso; se tiene que pensar en una comunicación que abra las posibilidades de debate y diálogo; se tiene que militar en una comunicación en la que el otro es el otro, ‘un ser al que puedes acompañar en el aprendizaje, con el cual puedes vivir, compartir experiencias (…) el otro como tú y no como un instrumento para’ (Prieto Castillo, 1998: 181).
Pero esa comunicación no se puede agotar en el debate argumentativo y en la lógica del afán por convencer. El tema, el asunto o el reto, como nos gusta decir, está en la comunión y el encuentro que podamos generar. Insistimos mucho en la diferencia y dejamos de lado todo lo común que nos reúne; la historia pequeña que compartimos, la comida de nuestros gustos y las costumbres que somos; las canciones que están en el adn cultural o en el fondo musical de nuestra cotidianidad.
Comunicación comunitaria es aquella que construye comunidad, sentido de pertenencia y destino común. Lo otro es la reiteración de la comunicación tradicional que conocemos.
II
Todo este debate sobre una comunicación comunitaria y popular se inscribe en una orientación de construcción de poder popular o alternativo, y por tanto de creación de un tejido social solidario, que ensaye formas de convivencia distintas a lo ya conocido, es decir, la competencia inhumana, agresiva, infeliz, a la que hemos visto el rostro en estos últimos meses, trasmutada en “bachaqueo” y en esa suerte de sálvese quien pueda, con el que tropezamos por ahí.
Ese tejido social es el encuentro que generan las organizaciones sociales, llámense consejos comunales, comunas, grupos culturales o como cada quien pueda o quiera.
Son estas organizaciones necesarias, pequeñas y en permanente constitución las que nos permiten reconocernos y juntarnos para construir los proyectos que hacen falta en la comunidad.

III
La mesa tiene tres patas. El Estado, el mercado y la organización social o popular.
La metáfora convertida en consigna de “vamos a tomar el cielo por asalto” no se limita a ejercer influencia en el Estado o a dirigir el Estado, como ha ocurrido en los tiempos de la revolución bolivariana. Faltan otros ingredientes claves. La organización popular, por ejemplo. Solo cuando alguien se organiza adquiere sentido de pertenecer a lo común y colectivo, tiene cultura colectiva, y se convierte en un ciudadano organizado y no simplemente en un consumidor de lo que el capitalismo le ofrece.
Si hacemos una traducción mediática de esta mesa nos conseguimos con los medios públicos o estatales, los medios comerciales y mercantiles, y los medios comunitarios.
Los medios estatales vienen de la orfandad. De ser casi inexistentes o declaradamente obsolescentes, en equipos y programas; ganaron terreno desde 1998 cuando surgieron los gobiernos populares en Venezuela, Argentina, Brasil, Bolivia y Ecuador. Ahora están sometidos a los vaivenes que genera la restauración conservadora, ya consumada en Argentina con el triunfo del neoliberal Mauricio Macri.
En esta última etapa, un dato presente ha sido la resistencia de los grandes conglomerados mediáticos a revisar las condiciones en las que ejercen el dominio del mercado comunicacional. Se han opuesto a las leyes aprobados y se han convertido en los epicentros de vastas campañas contrarrevolucionarias. Allí está O Globo contra Dilma Roussef, Clarín, la Nación y todo lo demás contra el peronismo de izquierda en Argentina. Y Así sucesivamente, siempre teniendo a los conglomerados internacionales como aliados incondicionales. CNN, los canales españoles y El País de España son solo parte de la muestra.    
Es en este contexto donde resulta relevante que la organización popular se exprese con capacidad para la comunicación, el periodismo y la cultura. De allí deviene la importancia de los medios comunitarios, porque esa tarea es primordialmente del movimiento ciudadano organizado. Creer que eso lo puede hacer el Estado es iluso o peor, transitar por el camino equivocado.
 
 IV
        La crítica a las comunitarias.
Los medios comunitarios no pueden eludir la crítica, ni la evaluación, ni la autoevaluación.
Desde la mirada conservadora son “medios paraestatales”, sin merecimientos.
En muchos casos son tratados como apéndices de la línea oficialista, que los reduce a ser voceros de lo que se repite en los medios estatales.
Demasiadas veces repiten el modelo comunicacional hegemónico; repiten el mundo conocido y no van más allá. Demasiadas veces sobreviven en condiciones difíciles, sin fuerza para reponer los equipos técnicos, con menos apoyo estatal que el pregonado. Con frecuencia apagan la señal, no reciben la habilitación –autorización- de Conatel y se aíslan de la propia comunidad a la que pertenecen. Se convierten en la emisora del grupo que la hace y poco se identifican con la organización social a la que deberían rendir cuentas, responder y actuar de manera conjunta.
Allí está el reto. Levantar la voz, la palabra y la señal, para que este proyecto necesario se transforme en esperanza y espante los malos espíritus.
Ese es un reto de quienes están en ese campo de la militancia política y de todos aquellos que valoramos la organización social y popular como vía para el cambio social.

       V
En la sociedad compleja que transitamos, en palabras de Edgar Morin, la comunicación alternativa y comunitaria no se limita a las radios y a algún intento televisivo. Mucho menos a aquellos intentos en el que tanto sudamos y derrochamos riesgo, en publicar periódicos impresos en empresas y barrios.
Ahora estamos sumergidos en una profunda transformación tecnológica, que modifica el soporte, la forma y el fondo de la comunicación. La onda digital se expande con una potencia exagerada. Se amplifican y diversifican los canales.
¿Cómo hacemos? La nueva realidad comunicacional requiere de nuevas destrezas, nuevas habilidades, nuevas competencias para poder aprovechar los beneficios de los medios actuales, a la vez que evitar sus peligros.

Seguimos en la radio, reuniéndonos en conversatorios, video-foros, con ponencias en jornadas, pero sin desdeñar la potencia virtual, en un mundo –y en un país- donde ya hay más celulares que gente y donde se dedican más horas a Internet que a la televisión. 

VI
El análisis y estudio de la situación no puede limitarse a lo que ocurre desde el Estado. La experiencia nuestra, y de un poco más allá, está señalando que para modificar la correlación de fuerzas y avanzar en políticas populares se requiere de la presencia viva, organizada y audaz del pueblo. Es la manera de detener e impedir que la ofensiva del capital, de los grupos económicos monopólicos, de las grandes corporaciones mediáticas y del aparato de inteligencia de Estados Unidos logren su cometido.
Faltan políticas públicas diferentes y un Estado con una orientación distinta, pero sobretodo falta hacer realidad, y no mera consigna, la idea de un poder popular que actúe e intervenga. De eso es que hablamos cuando nombramos a las organizaciones sociales y al mundo de la comunicación comunitaria, con sus medios y sus reales dificultades.


La crónica de la bahía

(Orlando Villalobos Finol)

Fernández, Alexis (2012). La crónica de la bahía. Memorias de Manuel Trujillo Durán, editorial Kuruvinda, Maracaibo, Venezuela.

La inventiva de Alexis Fernández nos permite asomarnos, con ojos de admiración y curiosidad, al mundo de aquella ciudad marabina de finales del siglo XIX y principios del XX.
Los hilos extraviados de lo que fuimos, como pueblo y como urbe, antecedente indispensable para saber quiénes somos y dónde estamos, desfilan en este libro “La casa de la bahía. Memorias de Manuel Trujillo Durán”. Uno a uno van apareciendo en la medida en que los retazos de ficción, de recuerdos, de fotografías y de realidad se cruzan en los caminos de ese formidable personaje llamado Manuel Trujillo Durán, genio creador pero sobretodo emprendedor, que tuvo la tenacidad y el coraje de abrirle espacio a la fotografía, a las primeras películas de cine, proyectadas en estas costas, y al periodismo que fundió en el periódico Gutenberg; tuvo el empeño y la poesía, porque ya sabemos que no todo se logra con el solo interés de querer alcanzar algo. El genio necesita de una buena dosis de intuición y de pasión.
Nos cuenta el libro que Trujillo Durán era un estudioso. Revisaba y reproducía los experimentos de Joseph Niepce, reponía los trabajos de Daguerre, recorría las enciclopedias de ciencias, de astronomía, de gramática y de filosofía.
Cuando recibió el vitascopio que le trajo Luis Manuel Méndez de Nueva York dijo: “Todos los artefactos que han caído en mis manos, los he potenciado, en algún sentido, los he mejorado, quizás los haya idealizado” (p. 91)
Este no sería la excepción. Hay que pensar la enorme expectativa que debió constituir la llegada a estas tierras de la revolución de la imagen, con sus vistas animadas. Era el principio del cine. Cuando por primera vez se anuncia la muestra del espectáculo en el Teatro Baralt, grita Aniceto Eusebio Serrano Durán a los cuatro vientos: “Llega ¡Señoras y señores! El único, el novedoso ¡vitascopio! ¡El vitascopio edisoniano! ¡Operado por el mismísimo Manuel Trujillo Durán! (…) ¡Perspectiva, sombra y movimiento! Todo en un mismo artefacto: la vida ante nuestros ojos (…) bosques, paisajes, perspectivas variadas, bailes caprichosos y fantásticos idilios, y en fin, cuanto pueda abarcar la imaginación, con la novedad de que todo aparecerá lleno de vida, de animación y con movimiento natural y continuo” (p. 93).
Toda una novedad. Los periódicos marabinos de la época El Cronista, El Avisador, La Conciencia Pública, El Tipógrafo, El Fonógrafo y Los Ecos del Zulia reseñaron la presentación en el teatro, que ocurrió el sábado 11 de julio de 1896. Esa noche, refiere Alexis Fernández, “el cielo luce despejado, Maracaibo estrena maravillosa luna nueva, los cirros semejan barcas en el puerto. Los palcos, la galería y la gallera están copados” (p. 95).
Aquella ciudad que era un gran carrusel, que tenía como eje de desplazamiento el boulevard Baralt, testimonió el nacimiento de Gutenberg, el sábado 26 de noviembre de 1910, en la imprenta de los hermanos Trujillo Durán, Manuel y Guillermo, en la calle Venezuela, Nº 6, frente al Teatro Baralt. Tenía una periodicidad diaria. El lector recibía cuatro páginas.
Estábamos ante un periódico en gran formato, que se definía como “tienda de combate desde las prensa” (p. 254). Este impreso que dejará su huella de tinta conjugaba información oportuna, buen criterio y novedosas ilustraciones, ya sea en grabados como en fotograbados, retratos, postales y viñetas. Circulaba en la ciudad, en otras ciudades venezolanas y en el extranjero. En su contenido encontramos literatura, ciencias, artes, crónicas de tribunales de comercio, del culto católico, de modas, de teatro y de salones, como se decía entonces.
La empresa era acompañada por los poetas José Ramón Yépez y Rafael Yépez Serrano. También figuran como redactores Aniceto Serrano y Octavio Hernández.
Su presencia le daba alas a Maracaibo, permitía que circulara el pensamiento y las ilusiones, la crítica y la propuesta. Estábamos en los inicios de un nuevo siglo y la palabra escrita explicaba las horas de la ciudad.
Como muestra el libro, Manuel Trujillo Durán no se conformaba con poco. Era oficioso de la carpintería, aunque sólo se reconocía como un aprendiz; fue un apasionado de la fotografía y tuvo su estudio fotográfico, frente al Teatro Baralt.  Sus trabajos fotográficos engalanan las páginas de las revistas  El Zulia Ilustrado, de Maracaibo, y El  Cojo Ilustrado, de Caracas, grandes publicaciones de su época.
Junto al pintor Julio Arraga creó el salón fotográfico Trujillo y Arraga, donde el arte fotográfico y la creación artística se dieron la mano.
Si todo lo anterior fuera poco, ya se sabe que las primeras películas realizadas en Venezuela, “Célebre especialista sacando muelas en el Gran Hotel Europa”, y “Muchachas bañándose en la laguna de Maracaibo”, estrenadas el 28 de enero de 1897 en el Teatro Baralt de Maracaibo, son de Trujillo Durán.
Fue empresario trashumante de espectáculos en Maracaibo y en otras partes. Estuvo en La Guaira, Caracas, Puerto Cabello y Valencia, Barquisimeto, San Cristóbal y Mérida, y llegó hasta Cúcuta y Bucaramanga, con sus imágenes a cuestas. Fue mucho más. Periodista, pintor y aprendiz de todo lo humano.
“La casa de la bahía” nos permite una aproximación al tráfago de la ciudad-puerto, que le tocó vivir a Manuel Trujillo Durán. Y viceversa, a través del personaje conocer de dónde venimos.
A lo largo de la obra reconocemos el protagonismo de la ciudad, y lo más importante, apreciamos a Maracaibo como escenario propicio para la puesta en escena de los inconformes y los utópicos.
Dicen que no por casualidad los primeros españoles que llegaron dijeron: “Este es el sitio, aquí se queda Maracaibo”, siguiendo la senda ya trazada por la población indígena que estaba en el lugar, justo entre el lago y la montaña, entre el Caribe y Los Andes. El lago era la vía natural que urgían para ir y venir y adentrarse en tierra firme, hacia el norte y hacia el sur.
Esta condición convirtió a la ciudad en un punto estratégico, para el tránsito del transporte desde los tiempos de la colonia; un punto de fácil acceso a las Antillas, el Caribe y a este pedazo del mundo. A finales del siglo XIX el cálculo había rendido sus frutos. El puerto de Maracaibo se había ganado un lugar en el mundo. Desde sus muelles salía la producción que bajaba de las sabanas de Carora y toda la producción agrícola y ganadera de las tierras ribereñas. Por aquí pasaban los productos que venían de Pamplona y de los campos y ciudades más cercanos a la cuenca del lago.
La ciudad que vive y experimenta Manuel Trujillo Durán, de finales del XIX y principios del XX, dependía del puerto para moverse. El intercambio comercial portuario constituía su base económica, condicionado por la facilidad del transporte más accesible: el lacustre. La vida gravitaba alrededor del puerto, de la producción agrícola que allí descargaban las piraguas y del mercado que creció a sus alrededores. Esto permitió que el suelo marabino y zuliano se distinguiera del resto de las otras Venezuelas de la época. Aquí había una sostenida actividad de exportación y de importación; los productos iban y venían, y con ellos los libros, las ideas, la prensa que llegaba de Europa y las tecnologías más recientes, como  el daguerrotipo y el vitascopio.

“La casa de la bahía” de Alexis Fernández es una obra necesaria para entender ese contexto; es valiosa porque nos permite saber de Maracaibo y de uno de sus grandes personajes, a quien no se le ha hecho suficiente justicia; es vital porque nos muestra el relato de la ciudad que no desmaya y no se rinde ante el atrevimiento del obstáculo; es recomendable su lectura y estudio, para que las nuevas generaciones, de jóvenes y de no tan jóvenes, revaloricen y sepan de nuestras andanzas pasadas y nuestros anhelos presentes.

Edgar Petit, los signos del arte rebelde

(Orlado Villalobos Finol)
I
Dice Edgar Morin que somos seres complejos y multidimensionales. No se puede separar una parte del todo que somos. Complejo o complexus significa que todo va tejido junto.
Esta previsión o postulado se cumple en Edgar Petit, en toda la extensión de la palabra. Fue un artista de todas las horas. Vivió y actuó en diversas dimensiones. Fue artista plástico, poeta, escritor, editor, investigador de la historia del arte y atento intérprete del mundo que le tocó vivir.
Fue un creador de siempre. Nunca dejó de pintar, esculpir, escribir, revelar sus certezas y dudas a sus estudiantes; pensar y reflexionar sobre la época venezolana que nos tocó vivir. Según la circunstancia, fue militante, crítico, maestro, estudiante, curioso, colega e irreverente.
Participó de los grupos rebeldes que proclamaban el advenimiento de un cambio de época y de otros reinos.
Aquí conviene recordar lo que Víctor Valera Mora dice de los Beatles: “Se salvaron porque le hablaron largamente de algo parecido a la caída de un reino”.
Edgar Petit participó en los grupos Bajareque, Liberación por asalto, Guillo, Taller de Telémaco y el Movimiento de los Poderes Creadores del Pueblo Aquiles Nazoa. Fue coeditor-fundador de las revistas literarias “Bajareque” y “Por asalto”; fue el editor de “El ojo de la mano”, una revista de reflexión sobre las artes visuales.
Publicó un libro de poesía: “Aspero sueño”.
Su obra plástica ha sido expuesta en Francia, Mónaco, Rumania, Bulgaria y en los museos nacionales, en algunos de los cuales está representado. Se hizo presente en numerosas exposiciones colectivas. Algunas de sus exposiciones individuales son “Signos de los reinos”, de 2012; “AzeUxis” de 2007; y “Forestal” de 2003.

II
Petit se despidió hace poco pero sigue con nosotros a través de sus obras y de sus páginas. Hoy estamos aquí convocados por las imágenes y las enseñanzas de su libro “Las artes plásticas en Maracaibo 1860-1920”, que dejó en trámites de publicación. En él muestra las huellas del movimiento plástico del Zulia.
Este es un ensayo literario; es un libro histórico, donde se hace un seguimiento cronológico a las artes plásticas del Zulia y de Venezuela; es un libro sociológico, que piensa y analiza una época del movimiento de las artes y la cultura; es un libro imprescindible, por todo lo que nos cuenta, sugiere y propone; es un libro que hacía falta, en ese intento por saber sobre las artes plásticas de Maracaibo, desde sus lejanas raíces en el siglo XIX.
En aquel Maracaibo finisecular la historia registra un dinámico circuito agroexportador que gravitaba alrededor del puerto. Por acá salía la producción agrícola y ganadera que venía de las sabanas de Carora y del occidente venezolano. Por aquí pasaban los productos que venían de Pamplona y de los campos y ciudades más cercanos a la cuenca del lago.
Era una región con vida propia, a despecho de la presión centralista que ejercía el gobierno de Guzmán Blanco, lo cual se tradujo en acciones agresivas como  el cierre de la aduana de Maracaibo en 1874, la imposición de un presidente de Estado enviado desde Caracas, y la fusión en 1881 de los estados Zulia y Falcón, designando a Capatárida como la capital del estado fusionado.
Pero la gente de Maracaibo, su ciudadanía como se dice en las palabras de hoy, no se amilanó; mostró su ímpetu indoblegable y multiplicó la veta intelectual, cultural y política.
En esos años surgen la Sociedad Dramática de Maracaibo y la Sociedad Gimnasio del Progreso. Petit refiere en su obra que “el ambiente artístico en la ciudad tanto a nivel teatral como literario, musical y de artes plásticas, fue creciendo durante ese período” (p. 27). “Las actividades tea­trales eran algo común en la ciudad así como las veladas literarias y musicales; al punto que, tanto el quehacer teatral como el literario, llegaron a tener, inclusive, publicaciones específicas durante la última mitad del siglo XIX” (p. 28)
En 1873 se decidió la edificación de lo que sería el Teatro Baralt. Venancio Pulgar, presidente del estado Zulia decretó la cons­trucción de un teatro “cómodo y aparente en la ciudad de Maracaibo”. Ya en 1859 se había edificado un primer teatro en la ciudad.
Documenta Petit (p. 30) que “en cuanto a las artes plásticas, a partir de 1860 se ubica el paso de varios artistas por la ciudad y algunos de los cuales dictaron clases particulares a la par que ejecutaban su obra de taller. Artistas como los colombianos Luis García Hevia e Ignacio García Beltrán y el venezolano Carmelo Fernández son algunos de los que iniciaron la enseñanza artística en Maracaibo”.
El movimiento artístico de Maracaibo gana verdadero impulso con la creación y el inmediato funcionamiento de la Escuela de Dibujo Natural del Zulia, en 1882.  En el libro se privilegia este acontecimiento y se le dedica un capítulo de los tres de la obra.
Esta escuela fue dirigida, entre 1882 y principios de 1886, por el artista italiano Luis Bicinetti,  luego estuvo bajo la conducción de Manuel Salvador Soto, hasta finales de 1892 cuando fue nombrado Julio Árraga como su tercer y último director.  Se mantuvo hasta 1898 cuando, por decisión del gobierno, el plantel fuera cerrado definitivamente.
Esta escuela se convirtió en un centro artístico que permitió la formación de un considerable grupo de jóvenes artistas, entre los que destacan Julio Árraga y Manuel Puchi Fonseca, quienes serán los artistas fundamentales de la pintura zuliana de finales de siglo XIX y comienzos del siguiente. Por allí pasaron, y se formaron, otros notables artistas marabinos como Armando Troconis, Neptalí Rincón, Manuel Trujillo Durán, quien se convirtió en un reconocido fotógrafo y, conjuntamente con su hermano Guillermo, habrá de ser uno de los iniciadores del cine en Venezuela.
El cierre de la Escuela de Dibujo Natural del Zulia acabó con la labor de esa primera institución para la enseñanza artística en el Zulia.
En 1916 se creó el Círculo Artístico del Zulia, experiencia crucial dentro del ámbito cultural de la región. En la línea de análisis de Petit completa un cuadro  que comienza en la segunda parte del siglo XIX y culmina en 1920.
Después vendrán las transformaciones  económicas, políticas y sociales que se generan con el inicio de la explotación petrolera. Lo que viene es un cambio drástico y dramático. Empezábamos la ruta que permitió el advenimiento de la cultura rentista que nos atrapa hasta hoy y disminuye nuestras opciones como país. Nunca fuimos una tierra próspera en agricultura, pero después de cien años de producción de petróleo, los resultados son dignos de estudio y asombro, importamos buena parte de lo que consumimos. La idea de vivir de una renta, que no producimos, está en la cultura venezolana, que lleva a muchos a presumir y exhibir lo que tienen, y se olviden de lo que son.
Queda esta obra de Edgar Petit como un aporte valioso para conocer nuestros orígenes, para saber de dónde venimos, y para ubicar las posibilidades de cambio verdadero que tenemos ahora, en la cultura, las artes y en el colectivo venezolano que somos.
Su estudio debería ser materia obligada en escuelas y facultades de arte, sociología, historia, comunicación y en ciencias sociales.
III
Edgar Petit nos deja como legado su búsqueda permanente, su utopía y su constancia. Su huella está en el arte y en la literatura. Su pasión queda plasmada en campos diversos que tienen un común denominador, la intención manifiesta de dar cauce a la esperanza artística, cultural y política.
Lo conocimos desde aquellos tiempos del Movimiento de los Poderes Creadores del Pueblo Aquiles Nazoa. Coincidimos en el riesgo en aquel país de más limitaciones, con democracia disminuida y maltratada. Golpe a golpe, verso a verso, vimos crecer su obra artística y humana.
Ahora nos corresponde aprovechar su legado y continuar con su ejemplo, en beneficio de las generaciones actuales y futuras, para que su siembra de la sensibilidad cultural y política siga dando frutos.


viernes, 27 de mayo de 2016

En papel y tinta

Orlando Villalobos Finol


“Los bárbaros, al descubrir que los romanos los tomaban en serio, seguramente intuyeron que el imperio estaba en decadencia y que por increíble que pareciera caería pronto. No sé porque habré pensado esto después de leer en una revista académica una lista de tesis doctorales norteamericanas sobre argentinos y latinoamericanos”, palabra de Adolfo Bioy Casares (2001: 69), en Descanso de Caminantes, Buenos Aires, Editorial Suramericana.

Salgo de un programa en la televisión de Maracaibo, en el que lanza en ristre presentamos y proponemos el libro Reinventar la Comunicación, y un compañero me pide que le regale un ejemplar. “Caramba, lo ando proponiendo como una manera de mostrar su contenido y también de lograr que circule”, le digo. No me escucha o no parece entender. Quiere un libro pero regalado. Explicarle que no se puede, qué cómo nos cuesta, que es una iniciativa que le cuesta a Editorial Galac que publicó este libro, me lleva unos 15 minutos largos.
Me salgo por la tangente. Acudo a la filosofía. Me apasiono con el discurso. Un libro, como un CD de música, o un cuadro, no es solo un objeto para tenerlo y disfrutarlo, es algo más. Si eso es así, entonces toda persona con gustos culturales tiene el reto de ver cómo hace para tenerlo, porque estamos hablando de objetos que tienen un costo. Lógicamente cabe la pregunta, ¿cómo comprar un libro con lo que ganamos?
 Vuelvo a la punta del hilo. Un libro es un objeto o producto que tiende a ser caro, a menos que el Estado lo imprima y lo regale. Esa sería harina de otro costal, puede verse como un estímulo a la lectura pero también sucede que “lo que no nos cuesta hagámoslo fiesta”, y no se aprecia. El caso es que este no es el caso.
Un libro como Reinventar la Comunicación tiene que sortear otras celadas. Cumple con lo que dice la sagrada escritura. Intenta darle voz al mudo. Dice, cuenta y no se calla. Se nutre del pensamiento crítico y recela de la comodidad académica.  Predica y le mete el hombro al pronombre nosotros. Es palabra, bisturí y megáfono. No se conforma con los 140 caracteres de gloria que presume regalar Twitter. Defiende la utopía porque aunque no se diga, en cada texto recuerda lo que dejó dicho Oscar Wilde: «Un mapa del mundo que no incluya la utopía no es digno de ser mirado, pues ignora el único territorio en el que la humanidad atraca siempre, partiendo de nuevo hacia una tierra aún mejor».
Asume como propia la recomendación de Boaventura de Sousa Santos, de sumarse a la construcción de un pensamiento alternativo de alternativas, porque si no las alternativas conocidas van a repetir los mismos errores de siempre.
El libro expone que para defendernos de este capitalismo salvaje que se nos vino encima, hay que volver a la cultura de lo colectivo, para lo cual son indispensables las redes sociales; esas donde la gente se ve cara a cara, en una comunidad de intereses, y no simplemente las redes virtuales y las “nubes” electrónicas. Pero no hay redes si no hay el tejedor de la red, ese que es capaz de mirar a su alrededor y salir a buscar a los otros, para compartir y dialogar, para juntar esfuerzos y promover universos posibles e imposibles.
Siendo así hay quienes se interesan en sus páginas, hacen todo lo posible por arrimarse a su luz. Viene a cuento que en esta línea diga que antes de comenzar una clase en la Escuela de Comunicación Social una estudiante me esperó para comprar el libro, le dije con duda el valor del ejemplar, pero ella ya había tomado la decisión y uno a uno fue sumando el valor monetario.
De vez en cuando salta un contradictor a ciegas. No faltaba más. Ese que dice “eso no me interesa” o simplemente no lo dice. Lo ignora y hace todo lo posible para que la ignorancia siga y se confunda comunicación con manipulación.
A veces el viento trae un aire pesimista que no sabe que se equivocó de camino, porque no podrá con tantas corazonadas juntas. Sabemos lo que significa poner en papel y tinta esta palabra que descubre, innova y reinventa. En medio de esta crisis declarada, algo o mucho constituye este acto de poner en la librería la propuesta hecha, en formato libro, de otra comunicación, distinta a tanto “pote de humo” de autoayuda o restaurador del privilegio de los que siempre fueron los dueños de la palabra.

Finalmente, “se supone que estamos hechos de barro, pero yo estoy hecho de viento”, dice la frase conocida de Jean Paul Sartre. La repetimos para seguir adelante aprovechando cada posibilidad para mostrar esta manera de Reinventar la Comunicación y no conformarnos con tener un libro clandestino.