Tenía una propuesta de ciudad ecológica y ciudadana
para que Maracaibo dejara de ser “olvidada y sin un real”. Sumó su discurso
teórico y práctico en favor de la transformación de Maracaibo. En la
Universidad del Zulia fue profesor e investigador del Instituto de
Investigaciones Criminológicas. En este programa Francisco Delgado asoma y resume las claves de su
ideal de cambio. Fue sembrado en enero de 2012. Desde entonces su palabra germina y crece la leyenda.
sábado, 27 de agosto de 2016
domingo, 3 de julio de 2016
El periodismo necesario
I
(Orlando
Villalobos Finol)
No
parece que el periodismo vaya a desaparecer. Hay que decirlo porque no faltan
voces agoreras y pesimistas. Pero hay que registrar los cambios en desarrollo.
Ya experimentamos un cambio de soporte. Poco a poco se va perdiendo el hábito
de salir a comprar el periódico. Los periódicos que fueron imprescindibles y
parte del desayuno cotidiano de generaciones anteriores le ceden el paso a los
medios digitales.
Los
periódicos van desapareciendo porque los insumos para su producción son cada
vez más costosos, en especial el papel, pero sobre todo porque no se han
adaptado a las transformaciones en marcha. Han seguido su camino como si nada y
con Internet ya el lector sabe lo que está pasando, en tiempo real. ¿Para qué
comprar un periódico que nos diga las noticias de ayer, si ya eso lo sabemos a
través de los medios digitales y de las redes sociales?
Los
periódicos siguen la ruta del declive, sin embargo, el periodismo sigue siendo
necesario como el oxígeno. Sigue pero con nuevo soporte y con tinta digital. El
olor a la tinta impresa se va evaporando.
Saber
lo que ocurre, estar informado es una necesidad social. Además, el periodismo
es necesario e insustituible en la inmensa tarea de crear o construir puentes
para el acuerdo, la convivencia y el encuentro ciudadano y comunitario; para
construir el tejido social que nos coloca a distancia prudente de la barbarie.
En
sociedades tan desiguales y en medio de conflictos, como las nuestras, el
periodismo es necesario si actúa con autenticidad y equilibrio; si se deja guiar
por la buena fe y propicia el fair play; si renuncia a esos atavismos de
objetividad que lo hacen parcial y acomodaticio; si renuncia al relato que
favorece a los poderosos.
II
Tendría
yo 16 o 17 años y estaba participando en un programa de radio, en Radio Mara,
una emisora que en aquella época sobresalía por sus programas de opinión y de
participación. Era de los hermanos Govea, vinculados a AD y uno de ellos al MIR
en una etapa anterior. De pronto el entrevistador suspendió la entrevista y en
off, fuera del aire, me dijo: “Vete rápido de la emisora no vaya a ser que la
Disip te venga a buscar”. La Disip era un temible cuerpo represivo que detenía
primero y averiguaba después. El entrevistador estaba asustado.
Qué
había hecho para merecerme esa interrupción y ese trato. Yo en mi efervescencia
juvenil me había referido a la Disip como un cuerpo formado por “esbirros”. Usé
esa palabra. Ese era el pecado cometido. Las palabras eran sospechosas.
La
referencia viene a cuento para ilustrar la larga etapa que experimentó el país,
una vez concluido el periodo de la nefasta dictadura encabezada por Pérez
Jiménez, que termina en 1958.
Si en
la etapa de la dictadura los derechos sociales, políticos y económicos fueron
literalmente prohibidos, en la época en la dominan los gobiernos de AD y Copei
estaban francamente disminuidos y limitados. El pensamiento crítico y disidente
tenía muy pocas posibilidades de expresarse abiertamente. Necesariamente
debemos situarnos en el contexto de entonces para aproximarnos a su comprensión.
Con el
llamado acuerdo de las élites que gobiernan después de 1958, el llamado Pacto
de Punto Fijo, una parte sustancial política y cultural había sido excluida. En
la década de los años 60 el Partido Comunista y el MIR estaban ilegalizados,
varios diputados de izquierda fueron encarcelados y desde la segunda mitad de
esa década varios movimientos participaron de la lucha armada. Según
investigaciones recientes de la Fiscalía General de la República en aquellos
años en Venezuela se incurrió en detenciones arbitrarias, se desapareció y
asesinó a militantes políticos.
En
aquellas condiciones, lo demás se daba por añadidura. La censura y la
persecución política estaban racionalizadas y naturalizadas. Así como había
movimientos políticos que no podían tener representación legislativa, así mismo
se practicaba una idea precaria de las libertades.
En ese
clima influyó de manera determinante la poca o nula tradición democrática del
país. En el siglo XX, Juan Vicente Gómez impuso una férrea y tenebrosa
censura y prohibió las expresiones y organizaciones políticas. Con Medina en
1941 y con la presidencia de Rómulo Gallegos, en 1948, que apenas alcanzó los
nueve meses, se conoció una cierta apertura, pero nada más. Desde 1948 hasta
1958 permanece la dictadura de Pérez Jiménez y en la década de los 60, Rómulo
Betancourt se refugia en el subterfugio de la emergencia del país para limitar
e impedir las manifestaciones democráticas. Así llegamos a las décadas de 1970,
1980 y 1990, con un país que tenía una Constitución nacional, aprobada en 1961,
que garantizaba las libertades pero que en la práctica seguían suspendidas o
conculcadas. La opinión era considerada un delito que te podía llevar a la
privación de la libertad. Hubo periodistas a quienes se les abrió un expediente
para un juicio militar por haber hecho una entrevista o firmar una nota que el
gobierno de la ocasión considerada delito o asunto prohibido e ilegal. La
noción de ciudadanía como ejercicio de deberes y derechos apenas estaba anotada
en el papel.
Para
cualquier duda estaba el propio ejercicio de los medios masivos. Las voces
críticas al gobierno y al sistema no tenían espacio. No deja de ser admirable
que periodistas como José Vicente Rangel se mantuviera en el periodismo de
opinión, y que un luchador político como Domingo Alberto Rangel fuera una firma
acostumbrada en el diario Panorama. Pero no había muchos. En la televisión, las
voces antisistema no tenían presencia; y en la radio eran muy pocas las que se
filtraban. Esos eran los medios, espacios cerrados para el debate, la denuncia
y la presencia ciudadana. Un periodista que llegaba a trabajar en un medio
sabía que tenía que apegarse a pie juntillas a líneas editoriales conservadoras
y cómplices, sin otra opción. Las revistas alternativas e independientes eran
ocasionales aunque algunas dejaran huella. Me refiero a Quincena de Domingo
Alberto Rangel, Proceso Político, Al Margen de Simón Sáez Mérida, en los años
80, pero estos eran pequeños espacios de resistencia.
En
aquellos medios masivos predominantes y hegemónicos prevalecía una élite que en
términos intelectuales o académicos no lo era tal, pero se autoproclamaba.
Desde la televisión personajes influyentes como Carlos Rangel, Sofía Imber y
Renny Ottolina predicaban en favor del sentido común liberal y señalaban como
sospechoso a quien osara proponer cambios sociales y económicos. El país tenía
dueños y los derechos ciudadanos formaban parte de la ficciones de la época.
Para
decirlo en palabras de Habermas, había una esfera pública limitada; en los
hechos se produjo una refeudalización de la vida pública. Los medios se
colocaron al servicio de los intereses creados por la dominación, para crear
mentalidades sumisas y racionalizar y justificar la fábrica de pobreza en la
que se convirtió Venezuela.
III
Una
nueva realidad sociopolítica se sigue asomando con fuerza en América Latina.
Desde finales de la década de los 90 y desde comienzos del siglo XXI se
hicieron visibles y manifiestos los cambios. Aquellas políticas agresivamente
neoliberales de los 90 despertaron la furia popular y así poco a poco fueron
emergiendo otros liderazgos.
El
nuevo paisaje repercutió en la comunicación y ganó fuerza la idea y la
convicción de dar paso a una democratización de la palabra y de la imagen. Algo
o mucho había cambiado y eso se fue manifestando en nuevas legislaciones, en
nuevas reglas del juego, que buscaban frenar la concentración monopólica de la
propiedad sobre los medios, actualizar las normas para la concesión y la
fiscalización de las licencias de radio y televisión, y abrir nuevos espacios
comunicacionales que incluyan a voceros y movimientos tradicionalmente
relegados.
Dicho
hasta acá aparece un primer nudo conflictivo en el debate. ¿Cómo es eso de que
se van a expresar y desarrollar políticas públicas? ¿No se supone que estos
asuntos de la propiedad, la economía y la comunicación, son asuntos de
particulares? No es de extrañar que desde el principio haya quienes se declaren
abiertamente contrarios de la insurgencia de estas políticas públicas.
Conviene
traer a colación que las políticas públicas en materia de comunicación,
educación y cultura aparecen en Europa después de la II Guerra Mundial, para
buscar garantizar los derechos esenciales de los ciudadanos.
La
prueba de la intervención del Estado, en el pasado reciente, está en el
conjunto de leyes que ha habido para proteger y regular el cine, la radio, la
televisión y el ejercicio del periodismo. Cuando se habla de normas, leyes y
regulaciones no se parte de cero, ni se descubren las políticas comunicacionales.
De esa
intervención reciente del Estado encontramos, en Venezuela, el surgimiento de
nuevas leyes, más canales y medios públicos, una modificación del espectro
radioeléctrico generando una mayor diversidad, un campo propicio para la
comunicación comunitaria, que se concreta en la aprobación reciente de una Ley
de la Comunicación Popular. ¿Esto es mucho o poco? Depende.
Quizás
el imponderable más apreciable de esta etapa reciente, que en Venezuela lleva
el sello de la revolución bolivariana, es el de una mayor participación
ciudadana; más opinión y debate político. El venezolano no solo habla de
política, sino que toma partido, vive intensamente lo que sucede en el espacio
público. Los gobiernos neoliberales prefieren que el ciudadano mire para otro
lado y se conforme con los asuntos de farándula y de los deportes. La fórmula
de los gobiernos neoliberales es más banalidad del mal.
Pero
falta mucho por ocurrir para que haya cambios verdaderos. Hemos llegado hasta
aquí con unos medios públicos que confunden política con propaganda; que muchas
veces se extralimitan y se conforman con el rol de cuidar la imagen de
ministros y funcionarios públicos. Esos medios públicos desatentos, o
deliberadamente desatentos, han mirado para otro lado cuando determinados
funcionarios han amasado verdaderas fortunas y luego, tal como lo indica el
guion del inconsecuente, se han ido con su morral de bienes mal habidos.
La
gracia está en hacer las denuncias a tiempo, no ocultarlas, ni ningunearlas.
Eso
ocurre, es probable, porque se tiende a confundir lo público con lo estatal y
lo gubernamental. Se deja de lado la acción comunitaria y popular. Se mira con
desconfianza la crítica y se desconoce que el mensaje que viene de las
comunidades es urgente y necesario, para que haya correcciones oportunas.
Estamos
en un momento de crisis abierta y desenfrenada que pone en riesgo todo, lo
mucho y lo poco, que se ha podido construir.
¿Desde
el punto de vista de la comunicación, qué ha sucedido o ha dejado de suceder
para que estemos en este punto de quiebre? ¿Es válido que un medio público se
siga comportando como si esta crisis no se hubiera instalado en nuestras
costas, calles Y casas?
Detengámonos
un instante para mirar lo que hace VTV que no considera noticia que la fiscalía
haya desechado el juicio contra los asesinos intelectuales del líder indígena
Sabino Romero. O que se vanagloria de cualquier declaración que dé un dirigente
del gobierno, como si aquello fuera inevitablemente verdad. Detengámonos en lo
que hace TVES, que tiene espacios que se refugian en los antivalores de siempre
con el pretexto de conseguir rating.
Pudiéramos
hacer muchas consideraciones sobre el papel que corresponde a un medio público,
y a un canal que se considere de todos los venezolanos. Pero hay un asunto
central y crucial, la comunicación, el periodismo y un medio público, están
para hacer lo que tienen que hacer, desde el punto de vista revolucionario. Es
muy fácil de saberlo: crear conciencia. Para conseguir ese ideal se requieren
acciones e iniciativas, pero también un discurso que lo explique, porque como
lo han explicado Paulo Freire, Leonardo Boff, Frei Betto, y tantos otros, crear
conciencia significa conjugar, en la actividad social y política, los principios
éticos y el compromiso con “la causa liberadora de los pobres (…) Concientizar
es propiciar que los oprimidos y los militantes políticos logren un
distanciamiento crítico frente a esa ideología dominante, de modo que asuman
prácticas innovadoras y renovadoras, rechazando –en la medida de lo posible-
influencias que puedan inducirlo a adoptar –en nombre de una nueva sociedad–
prácticas típicas de los opresores” (Betto, Elogio de la concientización), como
es el caso del corrupto, o del que tortura.
Cuenta
García Márquez que en una ocasión le preguntaron a Oscar Wilde cuál es el papel
que corresponde a un escritor revolucionario, y su respuesta fue: “Escribir
bien”. En ese mensaje está señalado el rol que le corresponde ejercer al
periodismo, asumir con pasión, ética y responsabilidad un ejercicio que
contribuya a la creación de un tejido social solidario y una sociedad con
justicia social y que materialice el buen vivir.
viernes, 10 de junio de 2016
La Pinta, la Niña y la Santa María
(Orlando Villalobos Finol)
El
maestro Prieto Figueroa defendía la educación pública, gratuita, y hacía la
exigencia de una intervención más decidida del Estado en defensa de lo público.
En una ocasión participaba en un foro y una estudiante de la Universidad Santa
María, institución privada y prejuiciosa, le salió con el cuento de siempre en
su contra, que lo acusaba de ser populista y hasta comunista. Prieto Figueroa,
veterano de mil debates, la dejó sin aliento: “Por la pinta, la niña, es de la
Santa María”.
La mujer que le rezaba a la virgen
Una
mujer muy creyente le rezaba a la virgen, todos los días, y le pedía trabajo,
comida para sus hijos y una casa. Era persistente en sus oraciones.
Un día,
al fin, la virgen escuchó sus ruegos, se le apareció y le habló. Le dijo una
sola palabra: “Organízate”.
Marx en la UCAB
Un
profesor hace su ponencia en la Universidad Católica Andrés Bello, UCAB,
institución donde el neopositivismo es una religión; y donde se pregona la
restauración conservadora como otra religión. En su disertación, sin más, hace
una cita de Carlos Marx.
Un
estudiante lo refuta y le pregunta qué tiene que ver Marx con el tema de su
ponencia. El profesor le dice: la cita no tiene ninguna relación con el tema
pero no me iba a perder esta oportunidad de nombrar a Marx acá en la UCAB.
Los medios son menos importantes de lo que
parecen
Durante
el primer gobierno de Perón había una censura férrea. Se apoderó de casi todos
los medios. Cuando regresó después de aquella larga estancia en España, cuando
las circunstancias –correlación de fuerzas- se lo permitieron, dijo Perón que
los medios son menos importantes de lo que parecen. “En 1946, cuando gané las
primeras elecciones teníamos todos los medios en contra y ganamos; en 1955,
teníamos todos los medios a favor y nos sacaron. En 1973, teníamos todos los
medios en contra y ganamos de nuevo las elecciones”, declaró.
La de
Perón no es una teoría científica pero lo que dijo ayuda a relativizar el valor
de los medios masivos.
El muerto que vivió un día más por decisión de un
diario
Hará
unos 20 años, un periodista prestigioso de uno de los dos diarios hegemónicos
de la Argentina (hoy en aprietos) está por dar la orden de cerrar la edición
del día. Se le acerca corriendo un colaborador. Le informa que se acaba de
morir un famoso, querido cantante de tangos.
—¿Qué
hacemos? —le pregunta preocupado—. No podemos salir sin dar
la
noticia.
El jefe
de redacción se recuesta en su silla, se hamaca un poco mientras
lo
piensa. Súbito y contrariado, dice:
—Pero,
che, carajo, tengo la edición casi lista. Ya cerraba.
—Pero
se trata de «Fulano» —le insiste el otro—. Hay que decir algo.
El jefe
de redacción sonríe casi piadosamente. Dice:
—Mirá,
hagamos algo. Cerrá la edición como está. Lo anunciamos en la
de
mañana. Dejémoslo vivir un día más.
Tan
profunda es esta pequeña historia, tanto dice del poder de los
medios,
que (cuando me la contó un amigo al que se la agradezco) quedé
atónito.
«Dejémoslo vivir un día más». ¿Y si decide no dar nunca la noticia?
Podría
decir: «Aquí, en este diario, Fulano nunca murió». Si no salís
en los
diarios, ni morirte podés. Pero hay otro toque, además del poder del
medio,
y es el toque de la ternura, de la generosidad: «Dejá, no te apurés.
Cerrá
tranquilo la edición de hoy. Todavía no se murió. Por la magia de
este
arte que manejamos, lo bendecimos con un día más de vida. Además,
se lo
merecía. Era un buen tipo» (Extraído de José Pablo Feinman, Filosofía política del poder mediático,
Ciudad autónoma de Buenos Aires, edit. Planeta, 2013, p. 218)
Algo tiene que costarle
a uno
En una
época se criticaba permanentemente a Rómulo Gallegos, después del golpe de
Estado en su contra. Cuando le preguntaron sobre el asunto, Gallegos declaró:
“Naturalmente eso lo tomo como se lo merece, pues algo tiene que costarle a uno
el aprecio de la gente verdaderamente estimable” (Extraído de Elena
Poniatowska, Utopías en movimiento, Caracas, Colección Argumentos, p. 221).
Invocando al espíritu
Una vez, caminando por Tacuarembó –en el centro de
mi país, Uruguay–
me encontré con un maravilloso pensador que me
invitó a su casa.
Era una casa de barro, un quincho que él mismo
había levantado.
Por supuesto, inmediatamente se puso a preparar el
mate. Yo me
senté en un banco que había al lado de una mesita
y seguimos conversando.
Él puso, como diríamos en la ciudad, a hinchar la
yerba,
en esa mesita al lado mío, con la bombilla y todo.
Yo creí que me estaba
cebando el primer mate, por lo que hice el gesto
de agarrarlo.
Ahí, por primera vez en toda aquella mañana, el
señor se dio vuelta
y me dijo: “¡Chist!...
El primero es para el espíritu”.
Yo le agradezco a aquel señor, porque me enseñó
que lo que yo
preparo cada mañana no es meramente una infusión
que me levanta
el ánimo para encarar el día. Es una invocación a
un espíritu.
Aunque no tenga convicciones religiosas, yo sí
conozco a ese espíritu,
porque lo he visto toda mi vida: es el espíritu de
esa cosa ávida
y chiquita que se da porque sí. Es una forma de
relacionarse. Es un
juego en el que damos algo sin esperar nada a
cambio, porque es el
derecho del otro que yo se lo dé. Nada más que
eso.
(Extraído de Néstor
Ganduglia (2009). “La comunicación comunitaria: proceso
cultural, social y político”. En Area de Comunicación Comunitaria
(compiladores), Construyendo
comunidades. Reflexiones actuales sobre comunicación comunitaria, (pp.
91-121), Argentina, La Crujía Ediciones.
Se fue con un marciano
Es
Woody Allen, cuya filmografía es desbordante y la mayoría de
sus
títulos excepcionales. En Días de radio (en la que narra su infancia) se detiene —en uno de los tantos relatos
diseminados en el film— en contar la historia de su tía Bea y sus frustrados
amores. Bea es la gran Dianne Wiest. Cierta noche, la encontramos dentro de un
automóvil con un ocasional amigo. Vienen de tomarse unas cuantas cervezas. El
tipo finge que el auto se descompone y frena. El lugar es solitario, la neblina
impide ver nada. Pero Manilus (así se llama el tipo) sabe lo que hace. «Bea,
qué desgracia. Me quedé sin gasolina». «¿Y ahora qué hacemos?». «¿Qué tal si
charlamos un ratito?». La empieza a besar. «Pero, Manilus», dice Bea, «es la
primera vez que salimos». «Mejor, así no perdemos tiempo». De pronto, la dulce,
romántica
música
que emitía la radio se corta bruscamente:
—¡Señoras
y señores, una noticia arrasa todas las emisoras! Es terrible,
pero no
la podemos ocultar. ¡Los marcianos han invadido el planeta! Se
han
adueñado de Nueva York y están tomando posesión del resto del país.
Manilus,
aterrorizado, se baja del auto y empieza a correr como un loco.
Bea se
queda sola, en medio de un camino terroso, con una neblina que no
le
permite ver nada y la radio anunciando catástrofes. De un modo u otro,
consigue
regresar a su casa. A la semana suena el teléfono. Es Manilus.
Pregunta
por Bea. La madre del niño Woody —la también gran Julie
Kavner—
le dice:
—Bea no
está. Se fue de esta casa.
—¿Se
fue?
—Sí, se
casó.
—¿Se
casó?
—¿No
lo sabías, Manilus? Con un marciano.
(Extraído
de José Pablo Feinman, Filosofía
política del poder mediático, Ciudad autónoma de Buenos Aires, edit.
Planeta, 2013, p. 218)
Lo
que está en el inconsciente
Un tipo cree ser un grano de maíz y, por tanto, le llevan al
psicólogo. Tras una terapia titánica, los médicos le convencen de que no es un
grano de maíz, sino un hombre, y le dan el alta, pero el fulano regresa
aterrorizado a los tres minutos: se ha encontrado una gallina en la puerta del
psiquiátrico y tiene miedo de ser engullido. Su médico le tranquiliza: “No se
preocupe, amigo, usted no es un grano de maíz, sino un hombre”. “Ya lo sé”,
responde el paciente, “pero ¿lo sabe la gallina?”. (Tomado de: Slavoj Žižek
(Liubliana, Eslovenia).
He aquí el análisis del doctor Slavoj Zizek sobre este chiste:
“Ése es el auténtico meollo del tratamiento psicoanalítico: no
basta con convencer al paciente de la verdad inconsciente de sus síntomas;
también hay que conseguir que el propio inconsciente asuma esa verdad”.
sábado, 28 de mayo de 2016
La señal comunitaria
(Orlando
Villalobos Finol)
I
Una comunicación para
la comunión
¿Cuál es el papel de los medios comunitarios? ¿Qué se le tiene que
exigir a este tipo de medio? Estos medios están llamados actuar con los pies –y
el corazón- puestos en la comunidad –barrio, esquina, calle, organización
social-.
Es una definición simple, pero al mismo tiempo sustancial. No es
el medio del partido, el Estado o la iglesia, con lo que nos tropezamos con
frecuencia. No es el medio para la propaganda, el asistencialismo, ni la salida
providencial.
Del libro Reinventar la comunicación”, de mi autoría, anoto (pág.
125): “Si se habla de proponer la organización popular y colectiva se debe
pensar en una comunicación en la que haya lugar para la crítica, la diferencia,
el disenso; se tiene que pensar en una comunicación que abra las posibilidades
de debate y diálogo; se tiene que militar en una comunicación en la que el otro
es el otro, ‘un ser al que puedes acompañar en el aprendizaje, con el cual
puedes vivir, compartir experiencias (…) el otro como tú y no como un
instrumento para’ (Prieto Castillo, 1998: 181).
Pero esa comunicación no se puede agotar en el debate
argumentativo y en la lógica del afán por convencer. El tema, el asunto o el
reto, como nos gusta decir, está en la comunión y el encuentro que podamos
generar. Insistimos mucho en la diferencia y dejamos de lado todo lo común que
nos reúne; la historia pequeña que compartimos, la comida de nuestros gustos y
las costumbres que somos; las canciones que están en el adn cultural o en el
fondo musical de nuestra cotidianidad.
Comunicación comunitaria es aquella que construye comunidad,
sentido de pertenencia y destino común. Lo otro es la reiteración de la
comunicación tradicional que conocemos.
II
Todo este debate sobre una comunicación comunitaria y popular se
inscribe en una orientación de construcción de poder popular o alternativo, y
por tanto de creación de un tejido social solidario, que ensaye formas de
convivencia distintas a lo ya conocido, es decir, la competencia inhumana,
agresiva, infeliz, a la que hemos visto el rostro en estos últimos meses,
trasmutada en “bachaqueo” y en esa suerte de sálvese quien pueda, con el que
tropezamos por ahí.
Ese tejido social es el encuentro que generan las organizaciones
sociales, llámense consejos comunales, comunas, grupos culturales o como cada
quien pueda o quiera.
Son estas organizaciones necesarias, pequeñas y en permanente
constitución las que nos permiten reconocernos y juntarnos para construir los
proyectos que hacen falta en la comunidad.
III
La mesa tiene tres
patas. El Estado, el mercado y la organización social o popular.
La metáfora convertida en consigna de “vamos a tomar el cielo por
asalto” no se limita a ejercer influencia en el Estado o a dirigir el Estado,
como ha ocurrido en los tiempos de la revolución bolivariana. Faltan otros
ingredientes claves. La organización popular, por ejemplo. Solo cuando alguien
se organiza adquiere sentido de pertenecer a lo común y colectivo, tiene
cultura colectiva, y se convierte en un ciudadano organizado y no simplemente
en un consumidor de lo que el capitalismo le ofrece.
Si hacemos una traducción mediática de esta mesa nos conseguimos
con los medios públicos o estatales, los medios comerciales y mercantiles, y los
medios comunitarios.
Los medios estatales vienen de la orfandad. De ser casi
inexistentes o declaradamente obsolescentes, en equipos y programas; ganaron
terreno desde 1998 cuando surgieron los gobiernos populares en Venezuela,
Argentina, Brasil, Bolivia y Ecuador. Ahora están sometidos a los vaivenes que
genera la restauración conservadora, ya consumada en Argentina con el triunfo
del neoliberal Mauricio Macri.
En esta última etapa, un dato presente ha sido la resistencia de
los grandes conglomerados mediáticos a revisar las condiciones en las que
ejercen el dominio del mercado comunicacional. Se han opuesto a las leyes
aprobados y se han convertido en los epicentros de vastas campañas
contrarrevolucionarias. Allí está O Globo contra Dilma Roussef, Clarín, la
Nación y todo lo demás contra el peronismo de izquierda en Argentina. Y Así
sucesivamente, siempre teniendo a los conglomerados internacionales como
aliados incondicionales. CNN, los canales españoles y El País de España son
solo parte de la muestra.
Es en este contexto donde resulta relevante que la organización
popular se exprese con capacidad para la comunicación, el periodismo y la
cultura. De allí deviene la importancia de los medios comunitarios, porque esa
tarea es primordialmente del movimiento ciudadano organizado. Creer que eso lo
puede hacer el Estado es iluso o peor, transitar por el camino equivocado.
IV
La crítica a las comunitarias.
Los medios comunitarios no pueden eludir la crítica, ni la
evaluación, ni la autoevaluación.
Desde la mirada conservadora son “medios paraestatales”, sin
merecimientos.
En muchos casos son tratados como apéndices de la línea
oficialista, que los reduce a ser voceros de lo que se repite en los medios
estatales.
Demasiadas veces repiten el modelo comunicacional hegemónico;
repiten el mundo conocido y no van más allá. Demasiadas veces sobreviven en
condiciones difíciles, sin fuerza para reponer los equipos técnicos, con menos
apoyo estatal que el pregonado. Con frecuencia apagan la señal, no reciben la
habilitación –autorización- de Conatel y se aíslan de la propia comunidad a la
que pertenecen. Se convierten en la emisora del grupo que la hace y poco se
identifican con la organización social a la que deberían rendir cuentas,
responder y actuar de manera conjunta.
Allí está el reto. Levantar la voz, la palabra y la señal, para
que este proyecto necesario se transforme en esperanza y espante los malos
espíritus.
Ese es un reto de quienes están en ese campo de la militancia
política y de todos aquellos que valoramos la organización social y popular
como vía para el cambio social.
V
En la
sociedad compleja que transitamos, en palabras de Edgar Morin, la comunicación
alternativa y comunitaria no se limita a las radios y a algún intento televisivo.
Mucho menos a aquellos intentos en el que tanto sudamos y derrochamos riesgo,
en publicar periódicos impresos en empresas y barrios.
Ahora
estamos sumergidos en una profunda transformación tecnológica, que modifica el
soporte, la forma y el fondo de la comunicación. La onda digital se expande con
una potencia exagerada. Se amplifican y diversifican los canales.
¿Cómo
hacemos? La nueva realidad comunicacional
requiere de nuevas destrezas, nuevas habilidades, nuevas competencias para
poder aprovechar los beneficios de los medios actuales, a la vez que evitar sus
peligros.
Seguimos en
la radio, reuniéndonos en conversatorios, video-foros, con ponencias en
jornadas, pero sin desdeñar la potencia virtual, en un mundo –y en un país-
donde ya hay más celulares que gente y donde se dedican más horas a Internet
que a la televisión.
VI
El análisis
y estudio de la situación no puede limitarse a lo que ocurre desde el Estado.
La experiencia nuestra, y de un poco más allá, está señalando que para modificar
la correlación de fuerzas y avanzar en políticas populares se requiere de la
presencia viva, organizada y audaz del pueblo. Es la manera de detener e
impedir que la ofensiva del capital, de los grupos económicos monopólicos, de
las grandes corporaciones mediáticas y del aparato de inteligencia de Estados
Unidos logren su cometido.
Faltan
políticas públicas diferentes y un Estado con una orientación distinta, pero
sobretodo falta hacer realidad, y no mera consigna, la idea de un poder popular
que actúe e intervenga. De eso es que hablamos cuando nombramos a las
organizaciones sociales y al mundo de la comunicación comunitaria, con sus
medios y sus reales dificultades.
La crónica de la bahía
(Orlando Villalobos Finol)
Fernández,
Alexis (2012). La crónica de la bahía.
Memorias de Manuel Trujillo Durán, editorial Kuruvinda, Maracaibo,
Venezuela.
La
inventiva de Alexis Fernández nos permite asomarnos, con ojos de admiración y
curiosidad, al mundo de aquella ciudad marabina de finales del siglo XIX y
principios del XX.
Los
hilos extraviados de lo que fuimos, como pueblo y como urbe, antecedente
indispensable para saber quiénes somos y dónde estamos, desfilan en este libro
“La casa de la bahía. Memorias de Manuel Trujillo Durán”. Uno a uno van
apareciendo en la medida en que los retazos de ficción, de recuerdos, de
fotografías y de realidad se cruzan en los caminos de ese formidable personaje
llamado Manuel Trujillo Durán, genio creador pero sobretodo emprendedor, que
tuvo la tenacidad y el coraje de abrirle espacio a la fotografía, a las
primeras películas de cine, proyectadas en estas costas, y al periodismo que
fundió en el periódico Gutenberg; tuvo el empeño y la poesía, porque ya sabemos
que no todo se logra con el solo interés de querer alcanzar algo. El genio
necesita de una buena dosis de intuición y de pasión.
Nos
cuenta el libro que Trujillo Durán era un estudioso. Revisaba y reproducía los
experimentos de Joseph Niepce, reponía los trabajos de Daguerre, recorría las
enciclopedias de ciencias, de astronomía, de gramática y de filosofía.
Cuando
recibió el vitascopio que le trajo Luis Manuel Méndez de Nueva York dijo:
“Todos los artefactos que han caído en mis manos, los he potenciado, en algún
sentido, los he mejorado, quizás los haya idealizado” (p. 91)
Este
no sería la excepción. Hay que pensar la enorme expectativa que debió
constituir la llegada a estas tierras de la revolución de la imagen, con sus
vistas animadas. Era el principio del cine. Cuando por primera vez se anuncia
la muestra del espectáculo en el Teatro Baralt, grita Aniceto Eusebio Serrano
Durán a los cuatro vientos: “Llega ¡Señoras y señores! El único, el novedoso
¡vitascopio! ¡El vitascopio edisoniano! ¡Operado por el mismísimo Manuel
Trujillo Durán! (…) ¡Perspectiva, sombra y movimiento! Todo en un mismo
artefacto: la vida ante nuestros ojos (…) bosques, paisajes, perspectivas
variadas, bailes caprichosos y fantásticos idilios, y en fin, cuanto pueda
abarcar la imaginación, con la novedad de que todo aparecerá lleno de vida, de
animación y con movimiento natural y continuo” (p. 93).
Toda
una novedad. Los periódicos marabinos de la época El Cronista, El Avisador, La
Conciencia Pública, El Tipógrafo, El Fonógrafo y Los Ecos del Zulia reseñaron
la presentación en el teatro, que ocurrió el sábado 11 de julio de 1896. Esa
noche, refiere Alexis Fernández, “el cielo luce despejado, Maracaibo estrena
maravillosa luna nueva, los cirros semejan barcas en el puerto. Los palcos, la
galería y la gallera están copados” (p. 95).
Aquella
ciudad que era un gran carrusel, que tenía como eje de desplazamiento el
boulevard Baralt, testimonió el nacimiento de Gutenberg, el sábado 26 de
noviembre de 1910, en la imprenta de los hermanos Trujillo Durán, Manuel y
Guillermo, en la calle Venezuela, Nº 6, frente al Teatro Baralt. Tenía una
periodicidad diaria. El lector recibía cuatro páginas.
Estábamos
ante un periódico en gran formato, que se definía como “tienda de combate desde
las prensa” (p. 254). Este impreso que dejará su huella de tinta conjugaba
información oportuna, buen criterio y novedosas ilustraciones, ya sea en
grabados como en fotograbados, retratos, postales y viñetas. Circulaba en la
ciudad, en otras ciudades venezolanas y en el extranjero. En su contenido
encontramos literatura, ciencias, artes, crónicas de tribunales de comercio,
del culto católico, de modas, de teatro y de salones, como se decía entonces.
La
empresa era acompañada por los poetas José Ramón Yépez y Rafael Yépez Serrano.
También figuran como redactores Aniceto Serrano y Octavio Hernández.
Su
presencia le daba alas a Maracaibo, permitía que circulara el pensamiento y las
ilusiones, la crítica y la propuesta. Estábamos en los inicios de un nuevo
siglo y la palabra escrita explicaba las horas de la ciudad.
Como
muestra el libro, Manuel Trujillo Durán no se conformaba con poco. Era oficioso
de la carpintería, aunque sólo se reconocía como un aprendiz; fue un apasionado
de la fotografía y tuvo su estudio fotográfico, frente al Teatro Baralt. Sus trabajos
fotográficos engalanan las páginas de las revistas El Zulia Ilustrado, de Maracaibo, y El Cojo Ilustrado, de Caracas, grandes publicaciones de su
época.
Junto
al pintor Julio Arraga creó el salón fotográfico Trujillo y Arraga, donde el
arte fotográfico y la creación artística se dieron la mano.
Si
todo lo anterior fuera poco, ya se sabe que las
primeras películas realizadas en Venezuela, “Célebre especialista sacando muelas en el
Gran Hotel Europa”, y “Muchachas bañándose en la laguna de
Maracaibo”, estrenadas el 28 de enero de 1897 en
el Teatro Baralt de Maracaibo, son de Trujillo Durán.
Fue
empresario trashumante de espectáculos en Maracaibo y en otras partes. Estuvo en La
Guaira, Caracas, Puerto Cabello y Valencia, Barquisimeto, San Cristóbal y
Mérida, y llegó hasta Cúcuta y Bucaramanga, con sus imágenes a cuestas. Fue mucho más.
Periodista, pintor y aprendiz de todo lo humano.
“La
casa de la bahía” nos permite una aproximación al tráfago de la ciudad-puerto,
que le tocó vivir a Manuel Trujillo Durán. Y viceversa, a través del personaje
conocer de dónde venimos.
A lo
largo de la obra reconocemos el protagonismo de la ciudad, y lo más importante,
apreciamos a Maracaibo como escenario propicio para la puesta en escena de los
inconformes y los utópicos.
Dicen
que no por casualidad los primeros españoles que llegaron dijeron: “Este es el
sitio, aquí se queda Maracaibo”, siguiendo la senda ya trazada por la población
indígena que estaba en el lugar, justo entre el lago y la montaña, entre el
Caribe y Los Andes. El lago era la vía natural que urgían para ir y venir y
adentrarse en tierra firme, hacia el norte y hacia el sur.
Esta
condición convirtió a la ciudad en un punto estratégico, para el tránsito del
transporte desde los tiempos de la colonia; un punto de fácil acceso a las
Antillas, el Caribe y a este pedazo del mundo. A finales del siglo XIX el
cálculo había rendido sus frutos. El puerto de Maracaibo se había ganado un
lugar en el mundo. Desde sus muelles salía la producción que bajaba de las
sabanas de Carora y toda la producción agrícola y ganadera de las tierras
ribereñas. Por aquí pasaban los productos que venían de Pamplona y de los
campos y ciudades más cercanos a la cuenca del lago.
La
ciudad que vive y experimenta Manuel Trujillo Durán, de finales del XIX y
principios del XX, dependía del puerto para moverse. El intercambio comercial
portuario constituía su base económica, condicionado por la facilidad del
transporte más accesible: el lacustre. La vida gravitaba alrededor del puerto,
de la producción agrícola que allí descargaban las piraguas y del mercado que
creció a sus alrededores. Esto permitió que el suelo marabino y zuliano se
distinguiera del resto de las otras Venezuelas de la época. Aquí había una
sostenida actividad de exportación y de importación; los productos iban y
venían, y con ellos los libros, las ideas, la prensa que llegaba de Europa y
las tecnologías más recientes, como el
daguerrotipo y el vitascopio.
“La
casa de la bahía” de Alexis Fernández es una obra necesaria para entender ese
contexto; es valiosa porque nos permite saber de Maracaibo y de uno de sus
grandes personajes, a quien no se le ha hecho suficiente justicia; es vital
porque nos muestra el relato de la ciudad que no desmaya y no se rinde ante el
atrevimiento del obstáculo; es recomendable su lectura y estudio, para que las
nuevas generaciones, de jóvenes y de no tan jóvenes, revaloricen y sepan de
nuestras andanzas pasadas y nuestros anhelos presentes.
Edgar Petit, los signos del arte rebelde
(Orlado Villalobos Finol)
I
Dice Edgar Morin que somos seres
complejos y multidimensionales. No se puede separar una parte del todo que
somos. Complejo o complexus significa que todo va tejido junto.
Esta previsión o postulado se cumple
en Edgar Petit, en toda la extensión de la palabra. Fue un artista de todas las
horas. Vivió y actuó en diversas dimensiones. Fue artista plástico, poeta,
escritor, editor, investigador de la historia del arte y atento intérprete del
mundo que le tocó vivir.
Fue un creador de siempre. Nunca dejó
de pintar, esculpir, escribir, revelar sus certezas y dudas a sus estudiantes;
pensar y reflexionar sobre la época venezolana que nos tocó vivir. Según la
circunstancia, fue militante, crítico, maestro, estudiante, curioso, colega e
irreverente.
Participó de los grupos rebeldes que
proclamaban el advenimiento de un cambio de época y de otros reinos.
Aquí conviene
recordar lo que Víctor Valera Mora dice de los Beatles: “Se salvaron porque le hablaron largamente de algo
parecido a la caída de un reino”.
Edgar Petit participó en los grupos
Bajareque, Liberación por asalto, Guillo, Taller de Telémaco y el Movimiento de
los Poderes Creadores del Pueblo Aquiles Nazoa. Fue coeditor-fundador de las
revistas literarias “Bajareque” y “Por asalto”; fue el editor de “El ojo de la
mano”, una revista de reflexión sobre las artes visuales.
Publicó un libro de poesía: “Aspero
sueño”.
Su obra plástica ha sido expuesta en
Francia, Mónaco, Rumania, Bulgaria y en los museos nacionales, en algunos de
los cuales está representado. Se hizo presente en numerosas exposiciones
colectivas. Algunas de sus exposiciones individuales son “Signos de los
reinos”, de 2012; “AzeUxis” de 2007; y “Forestal” de 2003.
II
Petit se despidió hace poco pero sigue
con nosotros a través de sus obras y de sus páginas. Hoy estamos aquí
convocados por las imágenes y las enseñanzas de su libro “Las artes plásticas
en Maracaibo 1860-1920”, que dejó en trámites de publicación. En él muestra las
huellas del movimiento plástico del Zulia.
Este es un ensayo literario; es un
libro histórico, donde se hace un seguimiento cronológico a las artes plásticas
del Zulia y de Venezuela; es un libro sociológico, que piensa y analiza una
época del movimiento de las artes y la cultura; es un libro imprescindible, por
todo lo que nos cuenta, sugiere y propone; es un libro que hacía falta, en ese
intento por saber sobre las artes plásticas de Maracaibo, desde sus lejanas
raíces en el siglo XIX.
En aquel Maracaibo finisecular la
historia registra un dinámico circuito agroexportador que gravitaba alrededor
del puerto. Por acá salía la producción agrícola y ganadera que venía de las
sabanas de Carora y del occidente venezolano. Por aquí pasaban los productos que venían
de Pamplona y de los campos y ciudades más cercanos a la cuenca del lago.
Era una región con vida propia, a
despecho de la presión centralista que ejercía el gobierno de Guzmán Blanco, lo
cual se tradujo en acciones agresivas como
el cierre de la aduana de Maracaibo en 1874, la imposición de un
presidente de Estado enviado desde Caracas, y la fusión en 1881 de los estados
Zulia y Falcón, designando a Capatárida como la capital del estado fusionado.
Pero la gente de Maracaibo, su
ciudadanía como se dice en las palabras de hoy, no se amilanó; mostró su ímpetu
indoblegable y multiplicó la veta intelectual, cultural y política.
En esos años surgen la Sociedad
Dramática de Maracaibo y la Sociedad Gimnasio del Progreso. Petit refiere en su
obra que “el ambiente artístico en la ciudad tanto a nivel teatral como literario,
musical y de artes plásticas, fue creciendo durante ese período” (p. 27). “Las
actividades teatrales eran algo común en la ciudad así como las veladas
literarias y musicales; al punto que, tanto el quehacer teatral como el
literario, llegaron a tener, inclusive, publicaciones específicas durante la
última mitad del siglo XIX” (p. 28)
En 1873 se decidió la edificación de
lo que sería el Teatro Baralt. Venancio Pulgar, presidente del estado Zulia
decretó la construcción de un teatro “cómodo y aparente en la ciudad de
Maracaibo”. Ya en 1859 se había edificado un primer teatro en la ciudad.
Documenta Petit (p. 30) que “en cuanto
a las artes plásticas, a partir de 1860 se ubica el paso de varios artistas por
la ciudad y algunos de los cuales dictaron clases particulares a la par que
ejecutaban su obra de taller. Artistas como los colombianos Luis García Hevia e
Ignacio García Beltrán y el venezolano Carmelo Fernández son algunos de los que
iniciaron la enseñanza artística en Maracaibo”.
El movimiento artístico de Maracaibo
gana verdadero impulso con la creación y el inmediato funcionamiento de la
Escuela de Dibujo Natural del Zulia, en 1882.
En el libro se privilegia este acontecimiento y se le dedica un capítulo
de los tres de la obra.
Esta escuela fue dirigida, entre 1882
y principios de 1886, por el artista italiano Luis Bicinetti, luego estuvo bajo la conducción de Manuel
Salvador Soto, hasta finales de 1892 cuando fue nombrado Julio Árraga como su
tercer y último director. Se mantuvo
hasta 1898 cuando, por decisión del gobierno, el plantel fuera cerrado
definitivamente.
Esta escuela se convirtió en un centro
artístico que permitió la formación de un considerable grupo de jóvenes
artistas, entre los que destacan Julio Árraga y Manuel Puchi Fonseca, quienes
serán los artistas fundamentales de la pintura zuliana de finales de siglo XIX
y comienzos del siguiente. Por allí pasaron, y se formaron, otros notables
artistas marabinos como Armando Troconis, Neptalí Rincón, Manuel Trujillo
Durán, quien se convirtió en un reconocido fotógrafo y, conjuntamente con su
hermano Guillermo, habrá de ser uno de los iniciadores del cine en Venezuela.
El cierre de la Escuela de Dibujo
Natural del Zulia acabó con la labor de esa primera institución para la
enseñanza artística en el Zulia.
En 1916 se creó el Círculo Artístico
del Zulia, experiencia crucial dentro del ámbito cultural de la región. En la
línea de análisis de Petit completa un cuadro
que comienza en la segunda parte del siglo XIX y culmina en 1920.
Después vendrán las
transformaciones económicas, políticas y
sociales que se generan con el inicio de la explotación petrolera. Lo que viene
es un cambio drástico y dramático. Empezábamos la ruta que permitió el
advenimiento de la cultura rentista que nos atrapa hasta hoy y disminuye
nuestras opciones como país. Nunca fuimos una tierra próspera en agricultura,
pero después de cien años de producción de petróleo, los resultados son dignos
de estudio y asombro, importamos buena parte de lo que consumimos. La idea de
vivir de una renta, que no producimos, está en la cultura venezolana, que lleva
a muchos a presumir y exhibir lo que tienen, y se olviden de lo que son.
Queda esta obra de Edgar Petit como un
aporte valioso para conocer nuestros orígenes, para saber de dónde venimos, y
para ubicar las posibilidades de cambio verdadero que tenemos ahora, en la
cultura, las artes y en el colectivo venezolano que somos.
Su estudio debería ser materia
obligada en escuelas y facultades de arte, sociología, historia, comunicación y
en ciencias sociales.
III
Edgar Petit nos deja como legado su
búsqueda permanente, su utopía y su constancia. Su huella está en el arte y en
la literatura. Su pasión queda plasmada en campos diversos que tienen un común
denominador, la intención manifiesta de dar cauce a la esperanza artística,
cultural y política.
Lo conocimos desde aquellos tiempos
del Movimiento de los Poderes Creadores del Pueblo Aquiles Nazoa. Coincidimos
en el riesgo en aquel país de más limitaciones, con democracia disminuida y maltratada.
Golpe a golpe, verso a verso, vimos crecer su obra artística y humana.
Ahora nos corresponde aprovechar su
legado y continuar con su ejemplo, en beneficio de las generaciones actuales y
futuras, para que su siembra de la sensibilidad cultural y política siga dando
frutos.
viernes, 27 de mayo de 2016
En papel y tinta
Orlando Villalobos Finol
“Los
bárbaros, al descubrir que los romanos los tomaban en serio, seguramente
intuyeron que el imperio estaba en decadencia y que por increíble que pareciera
caería pronto. No sé porque habré pensado esto después de leer en una revista
académica una lista de tesis doctorales norteamericanas sobre argentinos y
latinoamericanos”, palabra de Adolfo Bioy Casares (2001: 69), en Descanso de
Caminantes, Buenos Aires, Editorial Suramericana.
Salgo de un
programa en la televisión de Maracaibo, en el que lanza en ristre presentamos y
proponemos el libro Reinventar la
Comunicación, y un compañero me pide que le regale un ejemplar. “Caramba,
lo ando proponiendo como una manera de mostrar su contenido y también de lograr
que circule”, le digo. No me escucha o no parece entender. Quiere un libro pero
regalado. Explicarle que no se puede, qué cómo nos cuesta, que es una
iniciativa que le cuesta a Editorial Galac que publicó este libro, me lleva
unos 15 minutos largos.
Me salgo por la
tangente. Acudo a la filosofía. Me apasiono con el discurso. Un libro, como un
CD de música, o un cuadro, no es solo un objeto para tenerlo y disfrutarlo, es
algo más. Si eso es así, entonces toda persona con gustos culturales tiene el
reto de ver cómo hace para tenerlo, porque estamos hablando de objetos que
tienen un costo. Lógicamente cabe la pregunta, ¿cómo comprar un libro con lo
que ganamos?
Vuelvo a la punta del hilo. Un libro es un
objeto o producto que tiende a ser caro, a menos que el Estado lo imprima y lo
regale. Esa sería harina de otro costal, puede verse como un estímulo a la
lectura pero también sucede que “lo que no nos cuesta hagámoslo fiesta”, y no
se aprecia. El caso es que este no es el caso.
Un libro como Reinventar la Comunicación tiene que
sortear otras celadas. Cumple con lo que dice la sagrada escritura. Intenta
darle voz al mudo. Dice, cuenta y no se calla. Se nutre del pensamiento crítico
y recela de la comodidad académica.
Predica y le mete el hombro al pronombre nosotros. Es palabra, bisturí y
megáfono. No se conforma con los 140 caracteres de gloria que presume regalar
Twitter. Defiende la utopía porque aunque no se diga, en cada texto recuerda lo
que dejó dicho Oscar Wilde: «Un mapa del mundo que
no incluya la utopía no es digno de ser mirado, pues ignora el único territorio
en el que la humanidad atraca siempre, partiendo de nuevo hacia una tierra aún
mejor».
Asume como propia
la recomendación de Boaventura de Sousa
Santos, de sumarse a la construcción
de un pensamiento alternativo de alternativas, porque si no las alternativas
conocidas van a repetir los mismos errores de siempre.
El libro expone que para defendernos de este
capitalismo salvaje que se nos vino encima, hay que volver a la cultura de lo
colectivo, para lo cual son indispensables las redes sociales; esas donde la
gente se ve cara a cara, en una comunidad de intereses, y no simplemente las
redes virtuales y las “nubes” electrónicas. Pero no hay redes si no hay el
tejedor de la red, ese que es capaz de mirar a su alrededor y salir a buscar a
los otros, para compartir y dialogar, para juntar esfuerzos y promover
universos posibles e imposibles.
Siendo
así hay quienes se interesan en sus páginas, hacen todo lo posible por
arrimarse a su luz. Viene a cuento que en esta línea diga que antes de comenzar
una clase en la Escuela de Comunicación Social una estudiante me esperó para
comprar el libro, le dije con duda el valor del ejemplar, pero ella ya había
tomado la decisión y uno a uno fue sumando el valor monetario.
De
vez en cuando salta un contradictor a ciegas. No faltaba más. Ese que dice “eso
no me interesa” o simplemente no lo dice. Lo ignora y hace todo lo posible para
que la ignorancia siga y se confunda comunicación con manipulación.
A
veces el viento trae un aire pesimista que no sabe que se equivocó de camino,
porque no podrá con tantas corazonadas juntas. Sabemos lo que significa poner
en papel y tinta esta palabra que descubre, innova y reinventa. En medio de
esta crisis declarada, algo o mucho constituye este acto de poner en la
librería la propuesta hecha, en formato libro, de otra comunicación, distinta a
tanto “pote de humo” de autoayuda o restaurador del privilegio de los que
siempre fueron los dueños de la palabra.
Finalmente, “se supone que estamos hechos
de barro, pero yo estoy hecho de viento”, dice la frase conocida de Jean Paul
Sartre. La repetimos para seguir adelante aprovechando cada posibilidad para
mostrar esta manera de Reinventar la
Comunicación y no conformarnos con tener un libro clandestino.
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