jueves, 24 de febrero de 2022

EL PODER DE LAS IDEAS

(Orlando Villalobos Finol)

En el multígrafo está la explicación de eso que despectivamente llaman el panfleto. Esa máquina prodigiosa permitía desenmascarar la puesta en escena de las formalidades del poder, donde las hubiere. No digo que esté en el origen de lo panfletario pero si en su difusión masiva.


Esa fue la fuente de relatos, publicaciones, periodiquitos o como se le quiera llamar, que le dio alas al discurso perturbador que desnudó la expresión cómplice, chapucera y acomodada, que se pretendía verdad verdadera e inconmovible, desde el poder político o la plataforma de los medios dominantes y hegemónicos. Nada estaba a salvo del panfleto, un género vilipendiado.

Alí Primera lo dice claro en su Canción Panfletaria: “Será panfletaria, mi canción no tiene nombre/ pero milito con ella”. De algún modo buscaba sacudirse el anatema y la descalificación que se le atribuía al panfleto. ¿Lo habrá logrado? Hoy día es uno de los cantautores venezolanos más recordados.

El asunto es que comunicarse siempre fue una necesidad para decirle al otro de qué van las horas, el porqué de las injusticias sociales, lo jodido de conseguir un empleo digno y por qué no tenemos que conformarnos con la frase, que un compañero del liceo Octavio Hernández, donde estudié el bachillerato, decía que había escuchado de su abuelo: “Dichoso aquel que va a ser explotado porque por lo menos tendrá trabajo”.

Nosotros no la teníamos fácil. Queríamos mostrar líneas alternativas, evidenciar los límites del capitalismo, con su secuela de guerras, desigualdad, exclusión y pobreza material y espiritual; la explotación y agresión contra los bosques, ríos y fauna, poniendo en peligro las fuentes de agua; denunciar y proponer, para no conformarnos con ser “servidores de pasado en copa nueva”, según la advertencia de Silvio Rodríguez.

Para apoyarnos en el poder movilizador de las ideas teníamos multígrafos y bateas –técnica de serigrafía-, principalmente. No era lo único, obvio. Nunca hay un solo camino. Los periódicos, emisoras de radio y televisoras dejaban colar lo distinto por cuenta gotas, pero eso no era suficiente para la voluntad y el pensamiento contra… contrahegemónico.

El multígrafo era una herramienta poderosa. Permitía imprimir comunicados, volantes y periódicos que luego se distribuían en empresas, pasillos universitarios, liceos y mercados. Esos eran los lugares ideales por la concentración de gente.

Era una labor artesanal y laboriosa. Primero redactar el texto, luego transcribir en plantillas sensibles –esténciles- que se colocaban en el multígrafo, conseguir resmas de papel y tinta, lo más costoso, y todavía faltaba la mano de obra que se dedicara a imprimir, con paciencia, corrigiendo cada vez que se moviera el esténcil. Era milagroso imprimir 300 o 400 periódicos, que luego se repartían de mano en mano en las puertas de Sidor, en el mercado Las Pulgas, en el muelle de La Salina en Cabimas, o en el pasillo de Humanidades o Ingeniería.

Aprendí el oficio de escribir redactando volantes y panfletos, corrigiendo notas para periodiquitos, como le decíamos. Había que rehacerlos, conseguirle orden y concierto, sintaxis y ortografía. Con esas notas reunidas, hacía la transcripción a las plantillas que iban al multígrafo, con el cuidado de no equivocarme. Una letra demás o cualquier otro error era una catástrofe, había que ser muy habilidoso para que aceptara una corrección. Así fui aprendiendo y sin saberlo era como un editor no declarado, clandestino, a motu proprio, por cuenta de la militancia.

Más difícil –al menos para mí- resultaba la serigrafía, que nunca terminé por aprender. Esa técnica, la batea, hacía posible que aquellos movimientos políticos, centros estudiantiles y sindicatos imprimieran sus afiches. Hubo compañeros que se hicieron expertos en ese arte y por tanto, en la propaganda. Cástor en Caracas, aunque procedía de oriente. Para muchas jornadas de propaganda de la Liga Socialista se hizo imprescindible, porque llegaba con un equipo de panas, generaba las condiciones mínimas y producía los afiches. Tenía un lema: “Si no hay cervezas, no hay afiches”.

Para la serigrafía eran necesarios los bastidores en marcos de madera con nuestros diseños, la emulsión fotosensible, una madera con una tira de caucho para arrastrar la tinta sobre el bastidor de manera uniforme, la tinta, preparación previa al estampado y mucha mano de obra y mística, para ir poniendo cada afiche sobre cuerdas para el secado. Más o menos así hasta conseguir aquella revelación: los afiches con contenido revolucionario, a un precio alcanzable, resultado del esfuerzo propio. Eso se hacía porque había militantes y no empleados. Gente que no alegaba cada dos por tres que estaba en el “lado correcto de la historia”, así no más por repetir un eslogan.

Multígrafos y bateas, técnicas vintage, permitieron que aquellos escritos subjetivos y emocionales, panfletarios pues, le dieran sentido y cauce a las luchas populares, porque sembraron sentimientos e ideas de cambio. Casi nada. (Orlando Villalobos Finol/ Ilustración: Enrique Colina).

#Periodismo popular.

 

 

 


UN PERIODISMO APASIONADO

(Orlando Villalobos Finol*)

El profesor Antonio Pasquali explicaba en sus libros, y en sus clases, la importancia de distinguir entre comunicación y medios o aparatos masivos. La comunicación es un asunto de seres humanos y no de aparatos. El medio en cambio es el “canal artificial”, “artefacto transportador de mensajes especialmente codificados”. El medio es un canal de TV, de You Tube, una emisora de radio.

Eso vale también para el periodismo. No es igual periodismo o comunicación que medios. El medio obedece a la lógica e intereses de la empresa mercantil. Vende noticias, sentido común, potes de humo. Eso cada vez queda más demostrado con el crecimiento de las corporaciones mediáticas, que se convierten en un poder hiper concentrado. Al periodismo se le puede exigir una ética, a los medios también pero en su caso es un debate con empresas y corporaciones, a veces transnacionales y distantes.

Todo eso hay que actualizarlo ahora en esta era de cambios tecnológicos acelerados. Hay quienes muestran el fantasma del periodismo artificial y de un modelo de periodismo sin humanos, dominado por algoritmos.

Ese periodismo sin humanos ya existe, con noticias redactadas y leidas, para la televisión, por robots. Si como no, existe, pero no es igual. Los algoritmos no analizan, ni interpretan, solo ordenan datos. No le ponen sabor a las horas. No hablan con fuentes, ni buscan testimonios, ni se asustan, ni se conmueven. Hacen lo que alguien programa.

Ese periodismo artificial está hecho a la carta, produce las noticias que el sistema y el big data permiten, pero no aquellas que hacen tambalear a los poderes de facto, como el de las transnacionales.

El periodismo bien hecho se nutre de testimonios y convicciones; con pasión y sin perder la brújula, como lo cuenta Isabel Allende: “Esto es lo que necesito para los personajes de mis libros: un corazón apasionado. Necesito inconformistas, disidentes, aventureros, forasteros y rebeldes, que hacen preguntas, tuercen las reglas y toman riesgos”.

*Periodista/ profesor de la Escuela de Comunicación Social, Universidad del Zulia/ Ilustración: Veruska Cavallaro.

 

NUESTRO CINE

(Orlando Villalobos Finol) 

En un “Un lugar en el mundo” (1992) de Adolfo Aristarain, dice un personaje (Cecilia Roth): “Yo extraño más a Madrid que a Buenos Aires. Fuimos muy felices allí. No sé por qué carajo nos vinimos”. Federico Luppi, le replica con su apego a la tierra: “Nos vinimos porque nunca nos fuimos. Teníamos que volver, no había otra”.

Es el cine nuestro latinoamericano que registra la mala hora, la desigualdad social y política; la hazaña del que supera las dificultades y la épica del que abre caminos.

Son las películas, hechas a pulso y convicción, que había que hacer y mostrar. Más por amor al arte que por obligación. Las que después rodaron por cines clubes, pasillos y auditorios universitarios, sindicatos y barrios con cines destartalados, como en el que yo vi la primera película. El techo eran las estrellas y si llovía se suspendía la función.

“Fue en ese cine, ¿te acuerdas?/ En una mañana al este del Edén/
James Dean tiraba piedras/ A una Casablanca, entonces, te besé.

Aquella fue la primera vez/ Tus labios parecían de papel/ Y a la salida, en la puerta/ Nos pidió un triste inspector nuestros carnets”, dice Luis Eduardo Aute como homenaje al cine.

En “La Patagonia rebelde” (1974), de Héctor Olivera, se relata la masacre de campesinos y obreros que buscaron salir de la desgracia y mejorar la vida. En “La lengua de las mariposas” (1999), de José Luis Cuerda, en pleno golpe de Estado español –lo que la liturgia oficial consagra como la guerra civil- el fanatismo hace de las suyas y liquida al maestro del pueblo, un republicano encarnado por Fernando Fernán Gómez.

Caín adolescente” (1959), de Román Chalbaud, es un torbellino de bajas pasiones, miseria y corrupción que atrapa y excluye a muchos; es la lucha entre la inocencia y la perversidad.

En “Pademonium, la capital del infierno” (1997), otra de Chalbaud, se narra lo grotesco y  el desbordamiento marginal en la sociedad venezolana. En “Libertarias” (1996), de Vicente Aranda, un grupo de milicianas anarquistas defienden ideas feministas, en medio del combate contra el franquismo.

En “Caño Mánamo” (1983), de Carlos Azpúrua, el mito del desarrollo queda al descubierto. Cerraron ese caño, en el Delta del Orinoco venezolano, para someter la naturaleza con la promesa de convertir el delta en un granero, y de paso a Guayana, “en la clave del desarrollo de Venezuela”, y aquello devino en la catástrofe de una mortandad de indígenas warao y la destrucción ambiental en la zona.

El profesor Benito Díaz organizó un encuentro con maestros y gente de la comunidad en el núcleo de la ULA, en Boconó, y me propuso que llevara unas líneas. Pasé varios días dándole vueltas al asunto, hasta que lo tuve claro: Caño Mánamo, que mejor. En el Centro Audiovisual de Humanidades conseguí una copia en BHS, un formato en desuso que había que copiar como video. Cómo nos costó. Cuando la vimos nos conmovió.

La ley de Herodes” (1999), de Luis Estrada, muestra como un funcionario sin historia, ni formación, es escogido a dedo por el partido para convertirse en el presidente municipal, algo así como un alcalde, y allí hace de la corrupción la práctica cotidiana. “Te tocó La Ley de Herodes, o te chingas o te jodes”.

En “Los olvidados” (1950), del estelar Luis Buñuel, aparece la vida criminal y violenta de adolescentes y jóvenes que viven en la marginalidad.

Estas películas -y tantas otras de nuestras pasiones- ofrecen marcos de interpretación de los que nos toca vivir; dejan al descubierto los mitos y leyendas que el cine predominante y hegemónico exhibe, como parte de la comunicación que viene principalmente de Hollywood, para colonizarlos y desencaminarnos.

#Cine.

AMORES Y DESAMORES

(Orlando Villalobos Finol)

La mejor historia de amor que escribió García Márquez cuenta los amoríos entre Fermina Daza y Florentino Ariza, “El amor en los tiempos del cólera” (1985). Desde muy jóvenes se quisieron pero no pudieron consumar sus deseos. La vida se les atravesó en el camino. A Fermina se la llevaron para un pueblo distante y se terminó casando con otro. 50 años después Florentino supo que había quedado viuda y volvió para amarla, ahora sin impedimentos. Fue un gran amor que deja una enseñanza. Los grandes amores son otros, los que se cultivan y disfrutan desde la amistad y la corazonada. Solo con la pasión desbordada no alcanza. Poco a poco se va aprendiendo que la clave no está en el deslumbramiento.

En “Amores Perros” (2000), película mexicana de Alejandro González Iñárritu, se expone una versión contraria, terrible e indeseable. Se mezclan los perros y los amores, en historias que se van cruzando, entretejiendo. Octavio está enamorado de la mujer de su hermano Ramiro. El Chivo es un delincuente que vive como un mendigo después de abandonar a su esposa Maru. Daniel vive con una modelo, Valeria, quien pierde una pierna en un accidente y vive desesperada por rescatar a su perro. En la historia, los perros aparecen como parte de una trama de apuestas ilegales, delito y maltrato animal.

El film se aproxima a un mundo de urgencias y tormentas cotidianas. Nada es como debiera. Se vive al día, sin valores, ni proyectos. Toda utopía está cancelada. Revela como muchas veces se vive, aunque no se tenga idea, ni conciencia.

Dice el refrán, que cada perro es reflejo de su amo. Es obvio que la película no propone un final feliz.

En García Márquez hay ilusión. “Amores perros” devela la locura e irracionalidad que andan sueltas. 

 

viernes, 21 de enero de 2022

Mambrú, el teatro del milagro

 

(Orlando Villalobos Finol) En Cien Años de Soledad dice Melquíades que “Las cosas, tienen vida propia, todo es cuestión de despertarles el ánima”. Romer Urdaneta, conocedor de la piedra filosofal que convierte el teatro en magia, siempre lo supo: “El acto de crear está en servir de puente para la transformación del objeto. De allí la belleza del arte. Desde que nacemos empezamos a animar el mundo tocando y buscando. En nuestro caso se trata de tocar el alma de los objetos, conversando con ellos, recreándolos”.

Mambrú es sinónimo de títeres, circo, teatro, cultura. Pero es mucho más. Es la demostración de algo difícil de creer: el que resiste gana. Esta es la gente que se salió del rebaño y, sin temor, sembró vientos y cosechó tempestades de cambio. Es un verdadero patrimonio cultural inmaterial. Si ya lo leíste, no se lo digas a nadie, porque ya el rumor anda suelto.


Romer Urdaneta está en la sede de Mambrú, en la avenida Urdaneta, en la esquina con la calle Colón, edificio Don Corleone, local 6, a una cuadra del bar Palmarejo. Desde allí suelta esta crónica del arte maracaibero: “Desde el principio nos empeñamos en hacer un teatro de títeres que no se quedara en el muñeco, sino que fuera al encuentro de la gente. Empezamos a experimentar para darle vida a objetos y a la comunidad, como parte de la metáfora que queríamos practicar. Con ese propósito hemos emprendido nuestros proyectos”.

-Cuando nacimos nos preguntaban dónde están sus títeres y yo les decía, mira las varas, las taparas, telas, las máscaras. Con eso aprendimos a contar historias. Eran títeres de varilla que se tornaban lápices para dibujar en la tela, animar y contar. Esa es la esencia del teatro de títeres. El primer títere que usamos era un muñeco de guante. Se transformaba en ser humano. Si, de guante, con limitaciones, sin embargo, hacíamos los muñecos y contábamos historias. Decíamos: “Por aquí pasó un pájaro de colores. Yo voy a pintar mi casa así, de amarillo, azul y rojo”. Hacíamos desaparecer al muñeco en las telas. Buscábamos la magia de la comunicación para llegarle a niños y adultos, para que cada quien se encontrara.


Qué dolor, qué pena

El teatro de Mambrú es una historia que comenzó hace 49 años, un 24 de junio, fecha patria de la Batalla de Carabobo. Romer lo va contando: “Veníamos del grupo Colorín, de un aprendizaje con Sol Sosa y Luis Carrero, maestros que nos dieron el impulso y nos mostraron las rutas del arte”.

El grupo comenzó a reunirse y formarse en una sede del MAS en Santa Lucía, que habían logrado convertir en una casa de cultura. “La llenábamos de vida, allí hacíamos unos títeres a partir de la vida diaria. Empezamos con la obra “El zapato contra la cucaracha”. En nuestras actuaciones el público no estaba ausente; debatía sobre el destino de aquellos personajes; reaccionaban y decían qué hacer”.

La cultura dominante impone una forma de ser. La gente de Mambrú lo sabe y busca generar cambios. ¿Cómo? No se queda en echar el cuento. Desde la irreverencia cosecha las transformaciones. Va sumando con los zancos, los títeres, los malabares y las acrobacias escénicas. Fue contando historias cuando parecía que el circo era solo mostrar habilidades. Es una referencia para los artistas jóvenes. Lo dicen Mandarina Urdaneta y otros que reconocen los caminos abiertos por Mambrú.

La poesía de la propuesta comienza por el nombre: Mambrú. Es la canción infantil que no ha parado de proyectarse. “Mambrú se fue a la guerra qué dolor, qué dolor, qué pena”.

Cuenta la leyenda que la canción la echaron a rodar los franceses cuando a principios del siglo XVIII perdieron una batalla contra los británicos, sin embargo, pensaron que habían aniquilado a uno de sus enemigos, el duque de Marlborough, John Churchill, nombre que llegó a nuestras costas como Mambrú, más fácil de pronunciar. La argentina María Elena Walsh contribuyó a popularizar esta canción en las décadas de 1960 y 1970. Además, compuso “La canción del estornudo” dedicada a este personaje.

El Mambrú de Maracaibo, sigue aquí, pacifista, una escuela del espectáculo al aire libre en la que se han formado generaciones de artistas.

-¿Qué se aprende en Mambrú?.

-Aquí se forman seres humanos. Nos han acompañado verdaderos artistas pero sobre todo ciudadanos sensibles, conscientes, con capacidad para cambiar  el mundo en el que viven.

-¿De quiénes estamos hablando?

Ana Torre, alma y figura de Mambrú; Alexis Blanco, Luis Pérez, Carlos Valbuena, Pedro Leidenz, Wolfgang Viloria, Alvaro Silva, Tina Blanco, Eikaris Calmon, Sonrisa Coral y muchos más. Cada uno de ellos sigue activo en su quehacer. El artista tiene una inspiración. Quienes han pasado por Mambrú se han lanzado a la búsqueda de nuevos lenguajes y al hallazgo de las expresiones culturales propias y ajenas.

-¿Cuál es la fórmula mágica?

-Como primera lectura observar al público, nuestra aldea. En nuestro caso, nuestra sociedad inmediata que es Maracaibo, con su forma de ser y su identidad. Así lo hicimos desde el principio. Captamos situaciones y ponemos empeño en transformarlas. Es la dramaturgia del actor. Nos preparamos y salimos a la batalla. Rompemos la forma convencional de relacionarse con el público. Lo nuestro es buscar y sorprender. Así nos empezó a gustar el escenario de la calle. La experiencia de “La vida es sueño” que vivimos en el barrio Los Pescadores nos marcó mucho. Hoy día conseguimos a quienes allí participaron y agradecen lo que aprendieron.

 

 

El cielo es una carpa

 

-¿Cuál ha sido el la relación de ustedes con otras agrupaciones?

-Pudimos vincularnos con otras experiencias. Llegamos a un acuerdo con un grupo de Yaracuy, con Germán Ramos; con los Niños Creadores de Lara, con Aveprote para crear el circo social. Siempre hemos asumido que somos parte de un movimiento. La obra de Mambrú: “El cielo es una carpa”, creó las vías para juntarnos con otros grupos. Mostramos nuestros conocimientos y formas para conseguir el equilibrio.

 

-¿Qué resaltas de los proyectos?

-Inicié un proyecto que se llamó Hermanos de Norte a Sur muy complementario con las ideas de Luis Pérez y Carlos Valbuena. Nos asomamos a la antropología del teatro, de Eugenio Barba, a quien estudiamos después para saber sobre el conocimiento escénico del actor.

Otra iniciativa fue el proyecto Dermis, con se propuso un acercamiento al teatro, a través del traje, "como me visto actúo".  “Asumimos el vestuario como piel o vestimenta para cubrirnos; lo llevamos al plano de la indagación interior para develar insólitas expresividades”, explica Romer.

 

Mambrú no se ha detenido. Prosigue reuniendo a los niños de la Calle Carabobo, haciéndolos partícipes del encanto lúdico. Ellos van sumándose y descubriendo la memoria de la ciudad, los personajes, el casco histórico, la tradición oral, el patrimonio material.

En palabras de Ana Torres: “Somos la mirada de otro teatro. No es un teatro común, no asumimos la memoria como un caletre; hacemos introspección y búsqueda ancestral”.

 

La investigación sobre el arte indígena

 

-Romer, Mambrú tiene una relación con el mundo indígena que lo ha expresado en obras.

-“Kai Kashi (sol y luna)” fue un maravilloso momento y así otras obras. “El Conejo y el Papurite”, “Carray el Alcaraván”, “Ojecma” y “Pulowi”, que es una recuperación de cuentos de Abya Yala.

-¿Qué han encontrado en esa narrativa?

-No hay animación del alma sin atender esa herencia ancestral que tenemos, porque las comunidades indígenas tienen en su imaginario colectivo la idea de animar el objeto. Esa presencia la encontramos en el chinchorro, las hamacas, la construcción de paredes de cardones, que son como aire acondicionado y mosquitero a la vez. Allí está la narrativa mitológica y las leyendas que nos dan bases y fundamentos de vida. Hay gente que dice indianidad, yo diría que de nuestros ancestros o antepasados recientes heredamos la habilidad de los equilibrios vitales. Tiene mucho sentido evocar esos orígenes para reencontrarnos con nuestras potencialidades y espiritualidades.

 

El teatro en la escuela

En su trayectoria, Mambrú suma la experiencia del trabajo con estudiantes y maestros, mediante convenios con la Zona Educativa Zulia. Allí se encontraron, o tropezaron, con la escuela formal. Añade Romer: “Con muchos docentes fuimos críticos de la idea de la dramatización. Está bien que se use como estrategia de aprendizaje, pero es clave que se acompañe con la escenificación pedagógica. Encontré esa alternativa como resultado de mis vínculos y orientaciones con los docentes. Hay drama y también comedia. Quedarse en la dramatización recorta las posibilidades de expresarse y de sentir. Ese es un punto crítico”.

Expone que el teatro en la escuela puede ayudar a generar creatividad, iniciativa, pero siempre y cuando se le dé el espacio que merece. “El teatro como algo vital, no como algo complementario”.

 


martes, 21 de diciembre de 2021

La lógica del yo

(Orlando Villalobos Finol)


La explicación de Byung Chul Han sobre las consecuencias de la digitalización apunta a que ya vivimos en un mundo de divulgación informativa, ahistórico, numérico, de algoritmos. Tienes el dato pero no el contexto, ni los antecedentes, ni la interpretación. Te informas, con un milímetro de profundidad. Así se produce un giro en el comportamiento humano: prevalece el yo frente al nosotros… cada quien se conforma con su burbuja, replica y reenvía, sin verificar noticias falsas. El pensamiento crítico queda borrado.
Hay más individualismo. La juventud actual es más egocéntrica que la de hace varias décadas, dice Howard Gardner, en La Generación App. Este es el resultado de que se genere una identidad con orientación externa, hacia afuera. No se cultiva la vida interior, lo que a veces llamamos el espíritu.
Dice Chul Han, en su libro “No-cosas. Quiebras del mundo de hoy”: “hoy corremos detrás de la información sin alcanzar un saber. Tomamos nota de todo sin obtener un conocimiento. Viajamos a todas partes sin adquirir una experiencia”. Nos hacemos un selfie y ni lo guardamos. Antes atesorábamos una foto.
Eso es justamente lo que hace falta para que surjan expresiones neoliberales, que quieren hacer pasar el contrabando de la desigualdad social, personajes siniestros como Bolsonaro, en Brasil, o para que pueda ser electo un gobernador que asaltó una empresa del Estado venezolano y la arruinó, con la complicidad de factores extranjeros, el caso Monómeros. Luego el electorado ni lo piensa y le da carta de impunidad.
Olga Tokarczuk dejó dicho en su discurso de recibimiento del Nobel en literatura, en 2019, que “el mundo es un tejido que tejemos diariamente en los grandes telares de informaciones, debates, películas, libros, chismes, pequeñas anécdotas. Hoy, el alcance de estos telares es enorme: gracias a Internet”.
Al principio, sobre las redes electrónicas, sociotécnicas, ¿sociales?, prevaleció la idea de que pudieran generar más democracia y convivencia. Poco tiempo después nos encontramos con algo diferente, cada persona se cree un universo. Olga es muy clara: “Vivimos en una realidad de narraciones polifónicas en primera persona, y nos encontramos rodeados por ese ruido polifónico”. 
Narrar y ver el mundo en primera persona es “ser consciente de ti mismo y de tu destino”, bien, sin embargo -sigue Olga- también significa construir una oposición entre el yo y el mundo, y esa oposición puede ser alienante a veces”. Es la lógica del yo. Ella habla de “un coro compuesto solo por solistas, voces compitiendo por llamar la atención”. Las redes pues.
¿Cómo dar cuenta de esta época? ¿Cómo dejar de ser solo consumidores de datos? Olga advierte que “nos falta el lenguaje, nos faltan los puntos de vista, las metáforas, los mitos, las nuevas fábulas y las parábolas”, que permitan intentar conseguir las explicaciones que necesitamos… porque paso a paso se van configurando sociedades desiguales, que naturalizan injusticias y discriminaciones.
Solo con información no llegamos lejos. También es preciso que surja un periodismo interpretativo y con memoria, con identidad y otra palabra mágica: ética. De acuerdo con los parámetros del mejor periodismo, para interpretar un acontecimiento, es preciso revisar seis dimensiones: historia, alcance, causas, impacto, contracorriente, y futuro. A partir de allí podemos aproximarnos a sus explicaciones profundas.
“La vida es creada por los acontecimientos, pero solo cuando somos capaces de interpretarlos, tratamos de entenderlos y de darles un significado, se transforman en experiencia”, dice Olga. Es eso lo que necesitamos.
No es suficiente, no alcanza con contar la vida cotidiana y sumarnos al reino de la banalidad. Las palabras son necesarias, también tener disposición para entender e interpretar el mundo que nos toca vivir. 
 
 

Para no conformarnos con los resultados electorale


(Orlando Villalobos Finol)

I

Es aterrador el testimonio de Luis Barreto, de la comunitaria Explosión 88.7, de Santa Bárbara de Barinas. Contó que una vez consumada la victoria del candidato conservador a la Alcaldía, el propio alcalde electo, junto a más de 60 personas, en tres camionetas, se presentaron en su modesta casa, en plan agresivo. De facto, silenciaron la radio. Cortaron los cables, rompieron el medidor de electricidad, golpeaban la puerta y le gritaban que saliera. En vista de que no cesaban, le dijo a su compañera: “Vienen por mí y voy a salir”. Por fortuna este ataque brutal no finalizó en tragedia y Barreto pudo echar el cuento.

En Mérida otras dos comunitarias fueron atacadas y sus promotores amenazados, después del domingo de las elecciones,  en los municipios Arzobispo Chacón y Andrés Bello, La Azulita 107.3 FM entre éstas.

Llegamos a esas elecciones de noviembre después de muchas conversaciones y diálogos, para reencauzar la ruta electoral e institucional. Tantas negociaciones abrieron el horizonte a una reconfiguración que tuvo muchas expresiones: El organismo electoral –CNE- es plural, con una composición de 3 a 2. Nadie allí hace el papel de ingenuo. Esos dos son activistas/ dirigentes de la oposición. Se produjo el retorno a la vía electoral de grupos de derecha, promotores hasta hace poco de agresiones contra el país –las “sanciones” unilaterales- y de acciones violentas –las guarimbas-. Para las elecciones vinieron la Unión Europea, un equipo de la ONU, el Centro Carter y más observadores. Faltó la OEA pero… recordemos que cuando este organismo acompañó unas elecciones en Bolivia, en 2019, después convalidó un golpe de Estado.

¿Dónde está esa reconfiguración si grupos de derecha cuando ganan se lanzan en plan de arrase, desconociendo al otro, como parte de un esquema prepolítico amigo/enemigo? En lugar de una oposición democrática sobresale el germen fascista de la revancha y el odio.

II

Seis de cada 10 venezolanos se abstuvieron en las elecciones regionales del 21 de noviembre. El dato confirma una tendencia. Aquí, al igual que en otros países, se evidencia la desafección y la pérdida de interés por la política.

Fijémonos en estas cifras. En las presidenciales de 1958 la abstención fue de 6.58 y a partir de allí comenzó a crecer. Así encontramos que en 1978 subió a 12.43, en 1988 a 18.1 y en 1993: 39.84. En 1998, cuando gana Chávez, por primera vez, baja levemente a 36.54. En 2000 vuelve a subir a 43.69. Así hasta hoy. Las presidenciales de 2018 registraron 53.3 de ausentismo.

Se mira más hacia otros problemas derivados de la situación económica y la inseguridad. Se reduce la disposición a votar, ¿Por qué se deja en manos de otros esa decisión? ¿Se piensa que la política no cambiará nada? Incluso un estudio de Latinobarémetro, de 2018, reconoce que crece la desconfianza por la política y el modelo de “democracia” de por estos lados.

Dejemos dicho que para el proyecto de cambio social que no haya interés por lo público y ciudadano se convierte en un obstáculo; que haya pereza por el debate y la evaluación de quienes aplican políticas que benefician a los poderosos es un hándicap en contra. Así cuesta más que se identifique a los dueños del capital, a quienes lo someten al colonialismo. Así la lucha de clases se hace más opaca, justamente lo que conviene a quienes se comportan como los propietarios de todo esto; el llamado status quo, según la frase acomodada.

III

El chavismo ganó las elecciones regionales, del 21 de noviembre. Se queda con 20 triunfos de 23 (todavía falta por decidirse Barinas). Si lo revisas fríamente es mucho. Son 4 de cada 5 gobernaciones en disputa y 2 de cada 3 alcaldías.

El resultado, no obstante, merece ser ponderado. La votación global del chavismo disminuyó y eso se refleja en las más de 100 alcaldías que le quedan a la oposición derechista. Sigue siendo la primera fuerza política pero se nota agotamiento. ¿Perdió eficacia su mensaje/ discurso revolucionario? ¿Es cada vez más notoria la contradicción entre lo que dicen dirigentes y altos funcionarios, y la práctica de ventajas crematísticas, consumo, ostentación de poder y uso de camionetas que hacen?.

Cabe revisar cada política promovida. Hay casos como el de la derrota en Zulia donde se deja ver el efecto del discurso de descalificación contra propios, extraños y aliados; ese sectarismo que espantó votos, ese desdén por la organización de lo que se proclama como el poder popular. A la gobernación se perdieron 287.678 votos.

“Desde una mesa repleta cualquiera decide aplaudir/ La caravana en harapos de todos los pobres/ Desde un mantel importado y un vino añejado/ Se lucha muy bien desde una casa gigante/ Y un auto elegante se sufre también/ En un amable festín se suele ver combatir”, dice el exigente Silvio Rodríguez, en Canción de Harapos.

¿Por qué se pierde encanto y reflotan desgastadas figuras de la tradición de derecha, del modo Rosales? Ojo con lo que dice la socióloga argentina María Pía López: Quizás el gobierno -y quienes acompañamos- naturalizamos más los espantosos índices de pobreza de lo que lo hicieron, con justa razón, quienes entran en esa cuenta. Se gobernó como si fuera posible una cierta normalidad con millones de pobres”. Ahí está. Si la política no conlleva acciones radicales, de verdad, si no es herramienta de transformación para mejorar la vida se ve como dispendio, como ventaja para vivir bien, sin tomar en cuenta al pueblo. Obras son amores… o no son. Si a una enfermera, un maestro, un profesor universitario, un obrero, un empleado público, el salario se le acabó y eso no nos arrecha, si no se hace nada por cambiarlo, no sirve. Sería como pretender mirar para otro lado, en medio de precariedades y padecimientos.

Cabe recordar al Fedor Dostoievski de "Crimen y castigo": "En la pobreza, uno conserva la nobleza de sus sentimientos innatos; en la indigencia, nadie puede conservar nada noble." Todo eso estuvo –y estará en juego- en cada próxima confrontación política y electoral.

Siempre la política es un reto y ahora más. ¿Qué queda? Renovar el liderazgo, relanzar las políticas públicas, tener la capacidad de hacer oposición, donde corresponda, y relanzar la utopía.