miércoles, 18 de agosto de 2021

Cuadernos ancestrales

 

(Orlando Villalobos)


El arco narrativo de Bitácoras de Congo es potente. Reúne voces y personajes que van develando relatos de la vida cotidiana, casi secreta, esa que se queda en los márgenes de la historia oficial, difundida y repetida, hasta que se convierte en verdad inmaculada. No es, por tanto, la crónica histórica que algunos maestros reiteran por comodidad o porque de algún modo hay que ganarse el pan.

Cuando uno avanza en la lectura de estas páginas, descubre que el autor, Alexis Fernández, hace las veces de guía, baquiano o de un capitán de piragua que nos lleva en su embarcación, con estas historias de asombro, desolación y descubrimiento, donde se reúnen la vida y la esperanza.

En el libro Bitácoras de Congo. Voces y prosa del agua (2021) el verso y la narración se mueven dejando entrever historias mínimas de seres o personajes anónimos, para quienes no hay espacio en el discurso hegemónico, ni en efemérides, ni en los discursos del orden. Pero es la vida tal cual es, anónima, intensa y fragmentaria, “un código de vistas en miniatura”, dice Walter Benjamin, en Estética y Política. Es la mirada de un cronista, fragmentaria, no porque se renuncie a la totalidad, sino porque la busca “en los detalles casi invisibles, nimios. Su mirada reposa en lo que todo el mundo mira, pero sin llegar a ver. O en la historia de un hombre simple que, en un momento dado, puede sintetizar la historia de toda la humanidad”, explican Adriana Callegaro y otros (2010).

En la lectura, en un lugar central están los pueblos de agua del lago. La narración se detiene en Congo Mirador, uno de esos paisajes que “al mediodía emergen con sus galerías intactas/ ante la mirada incrédula de nuestros mismos moradores” (p. 44).

También están o emergen las piraguas, “un leño curado con ternura, un nombre de mujer (…) un artefacto a vapor para ganar el embate de las aguas” (p. 28). Desde ese lugar, nave o embarcación, se cuenta la fundación de estos pueblos de agua; territorios de búsqueda, resistencia, que van forjando su destino. Un piragüero cuenta que de la balsa se pasó a la canoa y luego a la piragua. “Luego vinieron los barcos y buques de gran calado hasta los famosos trasatlánticos que han dado la vuelta al mundo” (p. 64).

En el imaginario de estas costas, las piraguas aparecen en leyendas, cuentos y en el rumor que trae las escenas de su llegada a puertos, atracaderos y malecones; viniendo del Sur del Lago con las productos de la cosecha, plátanos, guineos, queso, cacao, café, aguacates y verduras. Era la despensa a la mano. Para una ciudad-puerto como Maracaibo era un seguro de vida y el reencuentro con la vida lacustre.

También están los lugares que simbolizan esta historia de vida. El río Escalante, que se muestra como lo que es, “una larga y sinuosa serpiente” (p. 8) que “lleva a cuestas su retreta de temporales, mientras sofoca la madre de agua que se adormece en su lecho” (p. 8). Puerto Concha es “un puerto pesquero flanqueado por manglares” (p. 12); Ologá que es apenas “una embarcación de cabotaje en la memoria de sus pescadores” (p. 36). Gibraltar, con su fiesta y su desolación, epicentro de batallas; asaltada y saqueada en 1641 por el holandés Henrique Gerardo, en 1666 por Jean David Nau, El Olonés, desalmado y cruel; en 1669 por Henry Morgan, quien vino por todo, impuso el pillaje y aniquiló a quien le opuso heroica resistencia.

Están los personajes. Luis Chacín, el piragüero mayor, que echaba el cuento de la historia de las piraguas, un mago de la artesanía de trenes y piraguas (p. 65). El patrón de piraguas, “un hombre con ojos de águila” (p. 30); los navegantes; el abuelo de Congo Mirador, anciano pescador, que descifra el enigma: “Somos hombres de agua, cuya casa es una emcarcación y su morada el lecho profuso de las aguas” (p. 45). Ernestina que en sus recuerdos busca la llave que debe andar extraviada en la embarcación (p. 60). Los pescadores de Capitán Chico, de Punta de Leiva; Los piratas que llegaron con su pillaje; las heroínas, Ana María Campos y Domitila Flores, llevadas al martirio y maltratada con crueldad, por reunir la rebeldía y el sentimiento de independencia. Ana María Campos fue azotada sobre un asno, en procesión por la ciudad, pero tuvo fuerzas y arrojo para decirle al invasor colonialista: “Si no capitula, monda”. Domitila Flores fue encarcelada por rebelde, sentenciada a recibir latigazos en la plaza pública y luego fusilada.

Las ilustraciones de Ender Cepeda, Premio Nacional de Artes Plásticas 2003, en estas Bitácoras, son en si mismas un libro dentro del libro; una lectura del mundo subjetivo que recorre las costas y riberas del lago.

En sintesís, este collage de imágenes y relatos tiene como escenarios el río, el Sur del Lago, Congo, Ologás, el lago Coquibacoa (o Coquivacoa), Gibraltar y Maracaibo, “una ciudad fugitiva sobre las ondas”, como dice Bolívar en carta dirigida a Santander el 11 de junio de 1820.

Bitácoras de Congo es la memoria que somos, grabada a fuego, en batallas y  tras la larga resistencia que nos permite decir de dónde venimos y dónde estamos. Son los cuadernos ancestrales en los cuales nuestra identidad está esculpida, verso a verso, para que las generaciones actuales, y las que vienen, puedan cantar y contar dichas y desdichas; y puedan redescubrir el barro que hizo posible que nuestros antepasados pudieran abrirse camino, en medio de tempestades.

 

Referencia

Adriana Callegaro, María Cristina Lago, Mariana Quadrini, Fernando Bragassi (2010-2011). La crónica latinoamericana como espacio de resistencia al periodismo hegemónico, Universidad Nacional de La Matanza, Argentina.

 

 

 

 

 

lunes, 19 de julio de 2021

Miguel Ordóñez, la canción que vino del barrio

 

 

(Orlando Villalobos Finol)

Comenzaba la década del 70 y en medio de restricciones y prejuicios, la canción popular estaba ahí, acorralada, prohibida. “Si es importada es mejor”, era el leitmotiv.

Sin embargo, la canción hija del sentimiento y pretensión de movimientos telúricos, sociales y políticos, pudo insurgir y abrirse paso. No pueden perecer los pequeños seres de Salvador Garmendia, ni los versos de Víctor Valera Mora, ni el País Portátil, de Adriano González León; ni las canciones que trajo Alí Primera.

Un día, a comienzos de 1973, Alí Primera pasó por el auditorio de la Facultad de Ingeniería, de la Universidad del Zulia, y logró reunir unas 30 personas. Ya había grabado pero eran sus primeros años y por tanto, era casi clandestino. Con el tiempo él ganó la partida porque logra llegar y ocupar la radio, con su “Cunaviche adentro” y todo ese verso rebelde y amoroso. “Dale que la soga se revienta”. Poco a poco comenzó a forjarse su trascendencia.

En esa presentación-reunión estuvo Miguel Ordóñez. Dijo que le maravilló aquella idea fuerza. “Yo lo conocía por un disco que nos llevó el Negro Fucho Sánchez al barrio. Era un disco que tenía rayada la primera canción, “Perdóneme tío Juan”. La podíamos escuchar pero ya comenzada. Como cinco años después supe como empezaba esa canción”.

Prosiguió su relato: “Cuando terminó de cantar, yo tuve la determinación de presentármele. Yo hago esto, hago canciones. Esa fue mi primera conversa con él. Un tiempo después lo conseguí en Caracas y forjamos una estrecha amistad. Nos apoyó desde el sello Cigarrón. Me convertí en el enlace de Alí con Maracaibo, junto con otros compañeros: Efraín Bruges, Ramón Soto Urdaneta, Leonardo Núñez, entre ellos. Organizamos un acto que se hizo en Maracaibo con Alí, en la Plaza de Toros. Fue masivo. Su poder de convocatoria era inmenso. Ese fue un evento de los Comités de Unidad con el Pueblo, los CUP, que él promovía”.

A finales de los 70 y principios de los 80, Alí promovió un movimiento al que llamó la canción solidaria, que luego se transformó y ganó amplitud, la canción bolivariana.

Ese espíritu de canción rebelde y solidaria lo vivió a plenitud Miguel Ordóñez. Recibió esa influencia y la expresó en canciones, coherencia y convicciones.

Dejemos que Miguel lo cuente: “Comencé desde muy niño a componer algo parecido a canciones. No existía Alí en el camino y cuando lo conozco vino a reforzar lo que hacía. Mi encuentro con su influencia me nutrió desde el punto de vista de la estatura humana del cantor. Su ejemplo de solidaridad, abrazo, calidez… Esa era su huella”.

Miguel vivió de niño en La Salina, entre el 18 de Octubre y Santa Rosa de Agua, en el barrio adentro. Nació en Maracaibo el 1 de noviembre de 1953.

Se veía a sí mismo como alguien que proyectaba el sentimiento y la rabia, desde la palabra hecha canción. “Las palabras están cargadas de música y las podemos traducir en canciones. Eso es lo que en mi caso llamo la canción popular, que es al mismo tiempo la canción vanguardia o de compromiso. Alí la llamó la canción necesaria. Aquello que dice Neruda sobre el poeta, que es la más alta estatura del ser humano, y Alí lo repetía a su manera. La canción es una aliada de los pueblos y es parte de la esencia humana, como lo es la danza y otras expresiones. La canción permite llevar el mensaje, la rítmica y la melodía, para hacerte bailar, sentir o pensar. La canción es una forma, un camino para unirte a otros, vencer barreras, enterrar las penas”.

Para Miguel Ordóñez hay una distinción entre ser cantante y ser cantor. “Alí decía el cantante tiene con qué y el cantor tiene el por qué. Hay una brecha entre ser cantante y cantor. La industria busca encandilar para vender y crea los cantantes. El cantor en cambio responde a una necesidad intima, personal; es lo que llevamos por dentro; la que abre caminos”.

Uno de los proyectos musicales que promovió fue la agrupación Mayatei; maya por la civilización de mesoamérica, y tei, un vocablo indígena añú, que significa padre. Buscaba resalta la condición indígena originaria. De este grupo es la canción “Indoamérica”, beneplácito de los melómanos.

 

La gaita como bandera

“Un pueblo noble/ y creyente fe reclama/ y entristece la penumbra/ en su dolor/ casi se esconde de su sol/ como apenado por el olvido/ en el que se encuentra su región”. Esta letra está en Maracaibo Marginada. “Ese es Ricardo Aguirre. Solo lo pudo hacer él, porque expone un sentimiento que viene de la gente”, reflexionó.

Miguel entendió lo que era la gaita y asumió esa vertiente. Por allí se fue y ganó tanta presencia que su nombre está ligado al movimiento gaitero.

Fue autor de “Los Botelleros”, que recoge la estampa del cambio de botellas a los muchachos por frutas; “Las Petacas”, ganadora del Festival una Gaita para el Zulia, en los 80; “Rubén el Campanero”, sobre el eterno campanero de la Basílica, Rubén Aguirre, grabada por los Cardenales del Éxito. “El ejemplo que Caracas dio”, fue gaita del año en Caracas, en 1997, recoge una protesta: “Que bajen de los cerros los rostros de la patria/ para que la esperanza se haga, panita, una realidad/ que el corazón contento palpite amor, Caracas/ y que pronto todos juntos alcancen la libertad”. No es fácil que una gaita con ese contenido poético social pegara. Miguel lo logró y puso a cantar a los caraqueños.

En 2015, con “Regresó la piragua”, ganó el Festival de Gaitas Virgilio Carruyo, con la agrupación La Cuadra Gaitera y la interpretación de Rafael "El Pollo" Brito. Repitió en 2016 en ese evento con “Para mí”, con Danelo Badell y La Universidad de la Gaita.

Sigo con su periplo. Rincón Morales le grabó “Canturreando”, en la voz Lula López. El conjunto Saladillo de RQ, “Vivencia Saladillera”; Gaiteros de Pillopo, “Los Botelleros”; el Grupo Candela, “Las Petacas” y después “El Credo”, una décima. “Apocalipsis”, una composición contra la guerra nuclear, fue interpretada por Daniel Méndez con Los Zagales del Padre Vílchez y Ángel Sarabia, en 1980, grabó “Rebeldía”.

Fulvia Padrón en 1983 sembró el tema “La patria herida”, con Rincón Morales. “La patria, la patria con sus heridas hoy ansía la libertad/entonces su dignidad tiene la lucha cautiva/y un látigo la fustiga y le parte el corazón/quien quita y vuelva un Simón a colmarla de quereres/pero patria no te desesperes que habrá nueva lucha y nueva redención”.

Nada más esas dos gaitas, “Rebeldía” y “La patria herida”, dejan ver una posición definida, “porque somos lo que somos”. Está en sus canciones, y en sus gaitas, una carga de pasión social y política.

De la mano de Miguel llegó una gaita que fundó o reforzó un espacio; una gaita poético-social, que registró vivencias y le dio sentido a la identidad. Le puso sabor pero también un contenido. “La gaita es una crónica. A través de ella, a cualquiera que llegue de otro país, le ponemos cinco o seis gaitas y sabe quiénes somos nosotros. Allí le hablamos del lago, del vos, de las calles, de la religiosidad, no tenemos que explicarle nada. Eso está en nosotros. Como en todo, hay el relleno fácil, pero siempre hay quien salga y haga una gaita alegre y sencilla, que muestre lo que somos y lo que queremos”.

Tenía el ejemplo de Ricardo Aguirre que hizo una gaita “reclamante”, la tradición fundada por Virgilio Carruyo; se nutrió de las composiciones de Eurípides Romero y tuvo el talento para darle cauce al sentimiento rebelde en sus letras.

Dijo Miguel que en la gaita hay una carga de identidad y memoria que la convierte en poesía perdurable, como pasa con “La grey zuliana”. Allí el espíritu de un pueblo se siente reflejado. Lo comparaba con lo que hace la industria que trabaja para vender canciones ocasionales y banales. “Es una fábrica de productos efímeros”.

Miguel Ordóñez falleció el 28 de abril de 2021. Su obra perdura, la rebeldía de sus canciones no se apaga. Su gaita está ahí, bonita, como “la mejor petaca que en todo el barrio han volao”.


lunes, 5 de julio de 2021

Vidal Atencio, periodismo de análisis

 

(Orlando Villalobos Finol)

“Un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal te ha derribado”. Acudo en auxilio de Miguel Hernández para escribir esta despedida del Padre Vidal Atencio, como se le reconoció.

Su nombre y su eco se quedan, en la ciudad que supo de su verbo y de su disposición para la grandeza.

Era apasionado del discurso y del análisis, una palabra que tantas veces usó. Estuvo en la TV, en la radio y en el periodismo, y deja huella de sus afanes. Era amigo y solidario, enamorado de las causas justas, revolucionario, en una palabra.

Asumió el ejercicio comunicacional como lugar para el cruce de ideas, la duda y la crítica certera, firme, inapelable, pero al mismo tiempo como ocasión para el encuentro fraterno. Se convirtió en referencia de rebeldía y de voz y actuación solidaria.

El Padre Vidal nació el 3 de enero de 1963, en Maracaibo. Estudió bachillerato en Teología, en la Universidad Javeriana en Bogotá, Colombia, y egresó en 1988. También se licenció en Teología, en el Instituto Universitario Seminario Interdiocesano, Iusi, en Caracas.

Ejerció su apostolado como sacerdote católico durante 26 años, en distintas instituciones y parroquias de Maracaibo. Fue capellán del ejército, en el municipio Jesús Enrique Lossada, y del Comando 903 de Vigilancia Costera, en el municipio San Francisco.

Estudió Comunicación Social, mención periodismo audiovisual en la Universidad del Zulia, LUZ, y se graduó en 1996.

También fue tesista del posgrado en Gerencia de Empresas, en mercadeo, en LUZ.

En radio y televisión

Fue conductor del programa “En análisis con el Padre Vidal”, en Coquivacoa Televisión, canal de Maracaibo, del cual también fue su presidente.

En Vive Televisión fue moderador de los programas “Real y medio”, “A voz alzada” y “La hora de los mangos”, entre 2005 y 2011.

En radio se desempeñó en distintos espacios. Entre ellos, “En blanco y negro” y “En familia”, por La Voz de la Fe 580 AM; “Vértice de opinión” por Ondas del Lago, “Foro con los periodistas” en Carbozulia estéreo 89.3 FM y uno de sus espacios más difundidos: “En análisis con el Padre Vidal”, en su versión radial, por Fe y Alegría 850 AM y LUZ FM 102.9 FM.

Fue coordinador de la corresponsalía de Venezolana de Televisión en el estado Zulia.

Desempeñó responsabilidades como Secretario de Estado del Poder Popular para la Supervisión y Revisión de las Emisoras de Radio y Televisión del Zulia, en 2019, y como Secretario de Desarrollo Agrícola del estado Zulia (2017-2018).

Era emprendedor, entusiasta e incansable. Fue enviado especial por Vive TV a Haití, para la cobertura de la misión humanitaria en Jacmel, en marzo de 2010, y a Bolivia, para el referéndum autonómico de Santa Cruz, en 2008.

Fue coordinador de la Comisión Presidencial para el “I Encuentro Internacional sobre la Teología de la Liberación en Venezuela”, que se llevó a cabo en Caracas, 2007.

Integró la delegación venezolana que acompañó al Presidente Chávez al Monte Sacro, en Roma, en 2005.

Cuando se llevó a cabo la visita papal a Cuba, en 1998, hizo la cobertura para el canal Niños Cantores del Zulia.

Participó en el Congreso Anfictiónico Bolivariano de Panamá, en 1998.

Falleció el 7 de julio de 2020.

Lo despedimos con tristeza pero sabiendo que nos deja su siembra de vida y de justicia.

Un abrazo de siempre para el Padre Vidal, hermano y compañero.

lunes, 7 de junio de 2021

Tío Moncho

 

Por Benito Díaz Díaz*

 

El niño José Ramón Díaz, nació en La Asunción, municipio Arismendi de Nueva Esparta, en la hermosa isla de Margarita, el 30 de enero del año 1910. En aquel entonces y todavía hoy en la isla, a mucha gente se le cambiaba el nombre. Es una costumbre isleña tan extendida, que por ejemplo, se dice que si el Niño Jesús hubiera nacido en Margarita lo llamarían Chuíto el de María. Por eso José Ramón se convirtió en Moncho.

Cuando Moncho nació, el gobierno nacional de esa época, presidido por el General Juan Vicente Gómez, había querido celebrar modestamente los primeros 100 años del 19 de abril  de 1810, confiado en que su alianza con las recién llegadas empresas petroleras traería oportunidades para vivir mejor a todos los ciudadanos de este país, en toda su extensa geografía. Comenzó a crecer esa creencia cuando, en medio de las celebraciones del centenario del 5 de julio de 1811, día oficial de la independencia de Venezuela, el gobierno nacional pagó las deudas adquiridas por la república para financiar la guerra por la independencia un siglo antes. Pronto se vería que esas oportunidades de progreso y movilidad social serían más probables de encontrar en la capital Caracas y en los lugares donde estaban concentrándose las operaciones para extraer petróleo, en el Zulia, en Falcón y en lugares del oriente del país.

En la Margarita donde pasó su infancia, Moncho era un niño querido y cuidado en el amor de su familia, quienes se dedicaban básicamente a las actividades de la agricultura, entre las faldas de la montaña de Matasiete y el valle de Atamo. Le gustaba ir a las fiestas patronales de La Asunción. Disfrutaba el aroma del pan Asuntino y la dulzura de las frutas locales, comió muchos mangos briteños, mameyes, pandelaños, catuches, cocos, cañas, pomalacas, jobos, nísperos. Comió mangos cosechados en las faldas del Matasiete y con esos aromas frutales se imaginaba los esfuerzos de las pasadas generaciones que habían sembrado y que también habían luchado siguiendo ideales de libertad en la gloriosa Batalla de Matasiete el 31 de julio de 1817, derrotando al ejército español dirigido por el mismísimo General Pablo Morillo, enviado por el rey a pacificar América.

Aprendió a leer, escribir y a sacar cuentas, las destrezas básicas en ese mundo. También, uno de sus hermanos mayores, Teodoro, conocido como Choro Luna o Choro Picapelotas, le enseñó el arte de cuidar y curar los animales que eran el principal medio de transporte de la época, los burros y caballos. Choro toda su vida usó estos animales como medio de transporte. También lo contagió de la pasión por la cría y entrenamiento de gallos de pelea, saberes y pasiones que lo acompañarían toda la vida. Un hermano mayor, de nombre José Jesús, pero conocido como Chucho, le había dicho que pensaba ir a pescar perlas, o a buscar trabajo en Curazao, donde estaban buscando obreros y pagaban mejores sueldos, pero aún no se había decidido. Sin embargo, eso le amplió su horizonte de sueño de aventuras de empleo a Moncho.

El 3 de mayo, día del Cristo de Pampatar, con sus 18 años cumplidos, había decidido marcharse de la isla, por lo que antes se fue caminando desde la Asunción hasta Pampatar, donde acudió a la iglesia del Cristo del Buen Viaje, frente al Castillo de San Carlos Borromeo, para meditar y encomendarse al Cristo en el viaje que iba a emprender para cambiar de vida, sin saber cuándo volvería a la isla. Se quedó viendo el mar desde el castillo, imaginando los espacios y gentes diversas que vivían más allá del horizonte marino y soñando con la libertad de elegir un mundo mejor. Se quedó allí hasta la puesta del sol y luego se incorporó a la procesión del Cristo, pero antes compró dulces de suspiros y suficientes empanadas dulces que le alcanzaran para comer en el camino de regreso a su casa.

En ese mes de mayo, tomó sus escasos ahorros, le dijo adiós y le pidió su bendición a la Virgen del Valle y se embarcó en una balandra que lo llevaría navegando desde Porlamar rumbo hacia La Guaira, la puerta de entrada de Caracas. La embarcación estaba llena de hombres jóvenes, en edad productiva, que también estaban saliendo con la ilusión de encontrar un mundo mejor, nuevas oportunidades y una mejor remuneración por el esfuerzo de su trabajo. En el grupo distinguió a Manuel, amigo residente en La Asunción quien desde que descubrió las bicicletas no volvió a usar otro medio de transporte y ganaba siempre las competencias de ciclismo en los velorios y fiestas patronales, en las cuales Moncho ganaba las competencias de corridas de flores y pañuelos a caballo. Moncho quiso irse a buscar oportunidades en Caracas, la capital que se estaba modernizando y conteniendo las tensiones de la modernidad entre los grupos sociales de la sociedad petrolera en la decadencia de la Venezuela agraria. Todo el mundo tenía la imagen de Venezuela como un mundo rural con grandes yacimientos de petróleo que ofrecían oportunidades, desde el famoso reventón del pozo Barroso II en Cabimas, en diciembre de 1922, que lanzó al aire un millón de barriles de petróleo por diez días y sólo pudo contenerse el chorro del hidrocarburo cuando los obreros y los feligreses pudieron sacar en procesión a San Benito con tambores, pidiendo que controlara el pozo.

Moncho encontró a Caracas alborotada, porque acababa de ocurrir la primera Semana de la Juventud, en la cual se habían revelado los discursos, talentos y liderazgos del movimiento que se conocería como la juventud de 1928. De los líderes estudiantiles de la Universidad Central que celebraron y protestaron, varios fueron detenidos y enviados a prisión, o a trabajar en la construcción de carreteras. Uno de esos líderes estudiantiles que se encontró en Caracas, fue su paisano Jóvito Villalba, a quien vio como se lo llevaba preso la dictadura, mientras que a Moncho lo atrapaba la recluta.  En el medio de esas protestas donde participaban los hijos de las clases medias, la dictadura endureció la recluta para el servicio militar.

Pagó su servicio militar por seis años corridos, haciendo lo mismo en el mismo lugar. Estuvo los primeros tres años dedicado a cuidar y amansar los caballos del General Juan Vicente Gómez, en la ciudad de Maracay, donde solía residir ese Dictador. En ese tiempo también recibió entrenamiento físico que fortaleció su cuerpo y disciplinó su personalidad. Entre la camaradería de los cuidadores de caballo del ejército, aprendió a usar la “vara” del Tamunangue. Era una rama lisa, delgada, de menos de un metro de largo, muy liviana, de madera resistente. Le dijeron, esto sirve para dos cosas: Una es para pelear en batalla como arte marcial, y otra, es para bailar y enamorar a su pareja de baile. Aprendió a usar la vara sin imaginar para qué o cuando la tendría que usar.  

Moncho cuidaba y amansaba los caballos para el General Gómez. A Gómez le gustaban los caballos porque su papá había participado en la guerra de independencia y le había contado historias de las batallas y campañas que se habían ganado con el apoyo de los caballos. “Este animalito es tan importante que hasta está metido en el escudo nacional”, decía el General cuando venía a mirar sus caballos, y tenía los más bonitos cerca de su casa.

Hacía figuras cabalgando los corceles; podía recoger un pañuelo del piso mientras jineteaba. Agarraba los potrillos y los entrenaba para que aprendieran a obedecer y andar al paso, al trote y al galope. Hizo tan bien su trabajo, que al terminar su tiempo de servicio, le dijeron que tenía que cumplir de nuevo el servicio militar. Pero al concluir los seis años de servicio militar en las caballerizas del General Gómez, ante el ofrecimiento de renovar su servicio por tercera vez, solicitó hablar con el Benemérito General Gómez, a quien pidió ser dado de baja por haber cumplido doble el servicio militar, lo cual se le concedió.

Saliendo del servicio militar, se fue a Caracas a probar suerte, a conocer la ciudad con casas de techos rojos que estaba modernizándose. En la tercera semana de estar en la ciudad, cuando iba a una reunión en casa de unos amigos en  el vecindario de Catia, se encontró al voltear la casa vecina, con la mirada de una joven y agraciada mujer que lo estremeció en ese momento, mientras sonaba la música de la canción “Claveles de Galipán”. Entendió que ella era princesa del Principado de Pampanito, cerca de Trujillo, en el occidente del país. A él le pareció que era un ángel, una mujer de otro mundo; delgada, pequeña, hermosa, sonriente, con un gran sentido del humor y una sonrisa contagiosa, que era la mujer de su vida. Pero él que había sido toda la vida tan conversador, ante la presencia de ella, se quedó sin palabras; se sintió extraño, emocionado, y hasta le temblaron las piernas. Cuando pudo hablar le preguntó su nombre y la respuesta que recibió le pareció un símbolo de gloria: “Me llamo Victoria, ese es mi nombre”, y se sonrió. Entonces se dedicó a conocerla para enamorarla. Pero era una mujer tan sencilla que se enamoraron de una vez; y se casaron a los dos meses de ese primer encuentro.

Pero, viendo la elevada cuantía de recursos requeridos para organizar un hogar y fundar familia, decidieron irse a buscar oportunidades trabajando en las petroleras en el Zulia. Los salarios que pagaban en Caracas eran mayores que los que se recibían en Margarita, pero los que ofrecían las petroleras en los campos eran el triple de altos, aunque no se sabían cuáles eran las condiciones de vida en esos lugares, como los campamentos petroleros que se estaban organizando en la costa oriental del lago de Maracaibo. El Zulia estaba alborotado. En Maracaibo estaban disfrutando de alumbrado público antes que el resto de Venezuela y en sus calles había tranvías, pero con la noticia de que había petróleo todos se contagiaban con una incertidumbre positiva; no se sabía cómo, pero con el petróleo se viviría mejor. Por eso empezó a llegar al Zulia gente de todas partes del país, con la esperanza de vivir mejor.

Había noticias de que en Lagunillas estaban buscando gente para trabajar en las petroleras. Así fue como Moncho y Victoria llegaron al pueblo de Lagunillas de Agua, el pueblo de palafitos que concentraba la demanda de mano de obra para la actividad petrolera. El pueblo de Lagunillas de Agua era de palafitos, de casas sembradas en el agua del lago, pero también le habían construido unas especies de calles de madera, que llamaban planchadas, para facilitar el paso a los transeúntes. Se estaban realizando obras de infraestructura que se debían ejecutar con hombres fuertes y de agilidad superior al promedio, para lo cual buscaban jóvenes que no tuvieran miedo al riesgo de trabajar en el lago. “Ese mismo soy yo”, dijo Moncho cuando vio las condiciones de empleo. Fue contratado y comenzó de una vez a trabajar como obrero en la construcción del muro o dique costanero de contención que permitiría desarrollar actividades y plantear obras de urbanismo bajo el nivel del lago, para el desarrollo de la sociedad petrolera.

Su trabajo era en la construcción del dique costanero de 48 kilómetros de longitud, cuya construcción fue iniciada el 28 de octubre de 1926 por la empresa anglo-holandesa que luego se llamaría Shell. Ese es el dique que hasta el presente contiene las aguas del lago entre las comunidades de Bachaquero, Lagunillas, Ciudad Ojeda y Tía Juana, y permite que se desarrollen actividades en estas comunidades establecidas bajo el nivel de las aguas del lago de Maracaibo en su costa oriental. Ese dique era tan importante que en algunos lugares, como Lagunillas, las comunidades quedaban protegidas hasta siete metros bajo el nivel de las aguas del lago. Para establecer a las familias de sus trabajadores, las empresas petroleras construyeron los conjuntos residenciales con obras de urbanismo y de drenaje con potentes bombas para protección en caso de que se rompiera el dique. Entre esos urbanismos, llamados los campos petroleros, estaba Campo Rojo, el cual estaba totalmente rodeado por obras de extensión del dique. Otros campos eran Campo Alegría, Campo Rancho Grande, todos esos eran para los obreros y trabajadores manuales, mientras que los empleados con cargos de dirección y supervisión, vivían en campos separados, pero siempre compartiendo la protección del dique costanero y tenían amplios jardines.

El trabajo de Moncho se llamaba hincar pilotes para hacer un tablestacado en la orilla del lago y consistía en montarse sobre un pilote de madera que había sido clavado y desde allí golpear con una mandarria sobre otro pilote de madera hasta enterrarlo firmemente. Seguidamente debía montarse sobre ese madero recién enterrado para golpear otro madero y enterrarlo montado sobre ese madero y seguir avanzando en la construcción de las bases del muro, madero tras madero, sembrando pilote tras pilote haciendo el tablestacado. Esa jornada duraba todo el día de labor diurna y tenía media hora para comer y descansar, comenzando a las 7 de la mañana en el sitio de la orilla del lago. Se requería golpear con fuerza la mandarria y mantener el equilibrio para no caerse. Entre los obreros habían ocurrido accidentes y varios habían caído al agua, lo cual ponía en riesgo la vida, si no sabían nadar.

En ese lugar lo primero que le impresionó fue el agua del lago, dulce y fresca, bien distinta a la salada mar de Margarita. Pero más le impactó ver que el agua cristalina que permitía ver transparente el fondo del lago, a medida que se acercaba a los lugares de actividad petrolera, se iba viendo tornasolada con los aceites del petróleo que flotaban en la costa.

A la semana de estar trabajando, le preguntó a su supervisor si podían concederse mejores condiciones para laborar, en equipos de seguridad industrial, con guantes, salvavidas, zapatos, y proveer agua fría para refrescarse en medio del calor del sol tropical. Además preguntó por incrementos en la remuneración salarial. El costo de la vida era alto en esa región y se tragaba la remuneración que percibían los trabajadores petroleros. No había sindicatos, ni se permitían organizaciones de trabajadores en el país. Mr Danger, que así se llamaba su supervisor, le respondió gritándole que el trabajo era así y que las petroleras pagaban mejor que en la agricultura, y que si no le gustaba, que se regresara para el lugar de donde vino. A Monchó no le gustó la respuesta, ni el tono que le dio, pero se quedó quieto, aunque a él no le gustaba que otro hombre le gritara.

El trabajo de Moncho enterrando maderos como pilotes en el lago era tan llamativo, por su destreza y agilidad, que varios se acercaban a verlo en acción. Así relató Chucho, el hermano mayor de Moncho quien también había ido a Lagunillas a buscar trabajo, que el día que él llegó, se acercó a la orilla del lago y sintió admiración por ver el difícil trabajo de sembrar los pilotes en el lago. Se quedó en el sitio esperando para saludar a ese trabajador y felicitarlo por su agilidad y fortaleza, cuando retornara a tierra al final de la jornada. Chucho se quedó asombrado al ver que ese trabajador que enterraba pilotes con destreza era su hermano Moncho. Se abrazaron como hermanos el verse. Moncho le dijo a Chucho que podría laborar enterrando pilotes. Pero Chucho respondió que era mucho riesgo y eso le daba miedo. Entonces, le recomendó que buscara trabajo construyendo las casas en campamentos que estaban haciendo las petroleras para los obreros, para que pudieran traer sus mujeres y niños; porque hasta ese momento la mayoría de la población eran hombres y las empresas estaban interesadas en que se establecieran comunidades porque vieron que el petróleo era tan buen negocio que duraría más de cien años.

Chucho, consiguió trabajo para laborar en tierra, porque le dio miedo laborar en el lago como Moncho. Primero trabajó en levantar un rancho grande, un gran galpón para refugiarse los trabajadores y guardar materiales. Dormían en chinchorros y hamacas como literas, hasta tres, uno encima de otros. Estaban expuestos a varias enfermedades tropicales, y cuando hubo casos de epidemia de malaria, a quienes amanecían muertos les cortaban las cuerdas del chinchorro para enterrarlos envueltos en el mismo chinchorro. A Chucho, todo ese ambiente le parecía menos riesgoso que el trabajo que hacía Moncho sembrando pilotes en el lago.

En ese tiempo el ambiente general del país comenzó a alborotarse al conocerse rumores de la muerte del Dictador Juan Vicente Gómez en Diciembre de 1935. La gente empezó a sentir la necesidad de transgredir las normas para peticionar derechos y presentar propuestas. Se empezó a hablar de sindicatos, cuando esa palabra había estado prohibida, para organizarse y pelear derechos de los ciudadanos en general, y de los trabajadores en particular. Comenzaron a aparecer asociaciones civiles de mutuo auxilio que se ocupaban de temas de interés en el campo de la cultura local y de fiestas patronales de la religiosidad popular de los margariteños en las localidades petroleras de la región del estado Zulia.

Las autoridades del gobierno toleraban las reuniones de trabajadores en esas asociaciones, donde se suponía que se hablaba de la Virgen del Valle y de formas de ayudar a los familiares que se habían quedado en la isla. Por ejemplo, una de las primeras asociaciones de auxilio mutuo fue la Sociedad Pro La Guardia, fundada en el pueblo de Lagunillas de Agua, el 19 de abril de 1936. Luego vendrían la Sociedad Pro San Juan y la Sociedad Pro Arismendi. Todas esas asociaciones tendrían en el futuro amplio impacto en las respectivas comunidades isleñas en el campo de la educación, cultura y gestión de servicios públicos. Pero en esas reuniones se hablaba también de los problemas de los trabajadores petroleros, de los problemas de los riesgos en la seguridad industrial y los accidentes, de los bajos salarios en relación al enorme valor agregado a la industria por el esfuerzo manual de los obreros. Una queja común era tener que laborar en ambientes con calor tropical sin disponer de agua fría para refrescarse o hidratarse.

En esas reuniones de sociedades benéficas se preparaban reclamos laborales particulares, que se presentaban en el sitio de trabajo ante los jefes de labor inmediatos. En ese contexto las empresas crearon un “comité inter compañías” donde se reunían a ver los reclamos, y principalmente a ver quiénes estaban reclamando, para despedirlos e impedir que se reincorporaran a la industria petrolera. Pero también en reuniones casi secretas de esas sociedades se hablaba de la necesidad de organizar la defensa de los derechos de los trabajadores, por lo cual se realizó la fundación del Sindicato de Trabajadores Petroleros de Lagunillas en 1936.

En esas reuniones participaba Moncho, quien sabía leer, escribir y tenía el don de la palabra. Entonces fue visualizado como un líder local por los trabajadores. También empezó a participar en peticiones de causas para los trabajadores, por lo cual pronto fue identificado como un líder potencial.

Las empresas se habían organizado para contrarrestar los reclamos de los trabajadores y crearon unas “listas negras”, para despedir a los trabajadores rebeldes y compartir información que no le permitiría conseguir trabajo a quienes ingresaban a esa lista. Moncho fue injustamente despedido y su nombre ingresó en esa lista negra del “comité inter compañías”. Se puso entonces a buscar a quién lo había metido en esa lista, para que lo sacara. Se enteró que había sido Mr Danger, su supervisor en la empresa donde Moncho trabajó clavando pilotes en el lago. Mr Danger sabía que Moncho era muy buen trabajador, pero también pensaba que era un peligro porque podía alborotar a los obreros. Por eso metió a Moncho en la “lista negra” y un día viernes cuando Moncho fue a cobrar su salario, le dijeron que su contrato se había terminado.

Estuvo peregrinando buscando empleo y en ninguna parte le dieron empleo. Se gastó sus ahorros durante el tiempo que estuvo sin trabajar. Así que salió a buscar a Mr Danger para resolver el problema “person to person”. Y eso ocurrió una tarde al caer el sol a la orilla del lago. Se estuvo esperando en la parte baja del muro en la sección que él había ayudado a construir. El sabía que Mr Danger solía caminar por la parte de arriba del muro y por eso quería aprovechar el factor sorpresa cuando se le abalanzara para confrontarlo.

 Mr Danger era alto y corpulento, rubio y curtido por el sol. Medía un metro y noventa centímetros de alto, calzaba zapatos anchos talla 44 y pesaba 110 kilos. Eso contrastaba con las dimensiones físicas de Moncho, con un metro y setenta centímetros de alto y 70 kilos de peso, según decía su libreta de servicio militar. Mr Danger no hablaba bien el español y usaba una especie de espanglish que la gente debía entenderle.

De repente Moncho sintió susto. Le dio miedo la incertidumbre de no ganar la pelea. Tenía que ganarle esa pelea. Si perdía Moncho quedaría preso o muerto, y eso no podía permitirlo la protección del Cristo de Pampatar, ni la fuerza del amor de Victoria, ni todo su entrenamiento. Si Mr Danger no le concedía su petición, lo sembraría en el lago como los pilotes de madera que eran la base del muro. Decidió usar una pequeña vara de bailar Tamunangue como arma de combate.

Al acercarse Mr Danger, Moncho se le abalanzó y cayó delante de él con un salto magistral. Volvió a sentir susto al verse en esa posición, pero recordó lo que había aprendido, que el miedo está repartido por igual, si uno tiene miedo el otro también debe tener. Moncho le enseñó la vara y le gritó: “Usted me metió en la “lista negra” y por eso no tengo trabajo; si no me saca me lo va a pagar”. Mr Danger se cuadró en posición de pelea de boxeo y le respondió: “Uo no saber de eso; déjese de Bolchevique”. Moncho insistió: “¿Me va a dejar trabajar, si o no?” Mr Danger respondió: “No saber de eso. Déjese de sindicato”; y Moncho le dijo: “Vamos a hacer un sindicato y vamos a hacer una huelga petrolera hasta que nos den lo que pedimos, ¡carajo! Mira gringo del carajo, si tú no quisiste arreglar por la buena, tu sangre va a llegar al lago desde aquí, cuando termine contigo; me debes los gritos que me has pegado”.

Y comenzó la pelea. Mr Danger le lanzó un golpe alto que falló, porque Moncho lo esquivó y en cambio le asestó el primer golpe con la vara por debajo de la rodilla, con lo cual lo tumbó al piso. Mr Danger le lanzó el golpe arriba, a la cabeza, pero Moncho lo sorprendió porque se bajó y lo golpeó debajo de la rodilla. Moncho le dio la vuelta y por la espalda le gritó, “esto es lo que te toca por ofender y joder a los obreros venezolanos”, mientras le propinó otro golpe con vara en la espalda, con lo cual cayó acostado en el piso y al levantar la cara le dio el golpe final en la frente, que lo dejaría manando profusamente un hilo de sangre que comenzó a bajar desde la frente de Mr Danger rodando por la ladera interna del muro. Pero no le dio tiempo a ver si la sangre llegaba al lago porque pensó que debía huir de una vez. Moncho no quiso seguir golpeando a Mr Danger; creyó que estaban cobradas las ofensas y que ahora no seguiría maltratando a los obreros. Pero sabía que a él lo buscarían la policía y el ejército, así que salió corriendo a buscar refugio.

De Mr Danger sólo quedó la leyenda. Recibió auxilio y se regresó a su país bien pronto. Pero a Moncho le tocó luchar para sobrevivir. La policía de seguridad de la compañía petrolera salió a buscar a Moncho. Lo mismo hizo la policía de la dictadura. Cuando encontraron a Mr Danger empezaron a preguntarse quién habría sido capaz de retarlo y vencerlo para dejarlo así. Algunos dijeron que sólo podía hacerlo un hombre como Moncho, a quien nadie vio peleando contra Mr Danger, pero pensaban que tenía razones y capacidad para hacerlo y ganarle así.

Salió huyendo veloz hacia el pueblo de Lagunillas de Agua. Al llegar buscó a sus amigos margariteños, a Miguel Núñez, quien había sido despedido por “lista negra” y para subsistir estableció una pequeña tienda para vender frutas a la entrada de Lagunillas de Tierra, y a  Manuel Taborda, quien estaba preparando el plan para organizar el sindicato y la huelga petrolera. Le aconsejaron que se escondiera rápidamente, mientras ellos lo ayudaban a preparar el escape hacia otro lugar. Le recomendaron que se lanzara al lago y se escondiera en Lagunillas de Agua, que tenía más de 300 palafitos, hasta que pudiera escapar. Moncho les pidió que buscaran a Victoria y se pusieran de acuerdo con ella para salir huyendo a un lugar seguro; que le dijeran que el punto de encuentro sería la última casa de palafito después de la calle de la planchada del cine.

Esa noche Moncho durmió escondido en el agua del lago, entre palafitos en Lagunillas de Agua y al comenzar a salir el sol de la mañana, se acercó nadando a la última casa de palafito después de la calle de la planchada del cine, que era de unos amigos de Trujillo. Se llenó de alegría y renovó sus fuerzas al ver asomarse por la ventana más alta a Victoria, quien estaba en ese lugar buscando cómo apoyarlo. El corazón de ella palpitó acelerado, tuvo ganas de gritar y dijo en voz baja: “ayyy no joda!! Moncho, aquí estoy”; y empezó a sonreír. Bajó en silencio hacia la cocina de esa casa y le entregó un envase con café y, envuelto en hoja de plátano una arepa con queso; todo lanzado con cuidado desde la planchada. Victoria le dijo: “Te espero aquí al caer el sol esta tarde; no te dejes ver, que te están buscando; cuídese Moncho que yo a usted lo quiero mucho”. Con esas palabras a Moncho se le renovaron las fuerzas y sintió que podía estar sumergido en el agua por más tiempo. Esa misma noche le dijo Victoria, mientras le acercaba comida en el palafito: “Todo el mundo en este pueblo está hablando de ti. Mientras que el gobierno y las compañías te están buscando, toda la familia, los amigos y la gente que tú has apoyado están haciendo una vaca en cadena solidaria para ayudar; la gente aporta uno, dos o hasta cinco Bolívares para ayudar y los del sindicato se comprometieron a aportar un día de salario cada uno”.

Así estuvieron encontrándose hasta la noche del primer jueves. Recordaba clarito sus palabras que le volvieron a cambiar el rumbo de la vida. Victoria le anunció: “Nos vamos en la madrugada. Le traje su ropa y maleta preparada”. –Cómo es eso?, preguntó Moncho

-Tranquilo, usted saldrá de aquí vestido de mujer, como que fuera mi abuelita. Tengo el dinero que se recogió en la vaca de solidaridad. Tenemos que irnos mañana porque el lunes estallará la huelga petrolera y creen que se va a paralizar todo; todo el mundo dice que apoyará la huelga, los comerciantes, los estudiantes, los del transporte, y por eso hay que irse porque luego no podrá salirse hasta que termine la huelga.

Moncho estaba cansado y no entendía bien. Victoria entendió que Moncho estaba agotado y le dijo: “Salga del agua y duerma conmigo esta noche, que ya usted tiene resuelto un viaje, un destino y una mujer que lo acompañe y lo defienda. También le traje su vara, que se la fui a buscar por el muro, cerca de donde quedó Mr Danger”. No se oyeron más palabras y en la madrugada salieron caminando las siluetas de Victoria y su abuelita a esperar el transporte que los sacó de Lagunillas de Agua hacia Lagunillas de Tierra, y desde allí hacia Valera, desde donde seguirían hacia Caracas.

A la salida de la carretera de Lagunillas hacia Mene Grande, la vía para escapar del Zulia hacia los Andes, estaban unos guardias armados revisando los vehículos. Aún no había salido el sol y Moncho se hizo el dormido, en su personaje de “la abuelita”. El guardia armado le pidió documentos de identificación a los pasajeros. Todos le mostraron sus documentos, menos Moncho. Victoria le dijo: “Ella es mi abuelita y está dormida, porque está enferma”. El guardia preguntó en voz alta, “Y la viejita no tiene documentos?” Volvió a insistir Victoria, con su voz melodiosa para calmar al guardia: “Mi abuelita si tiene documentos, pero está dormida y enferma, y la llevo para Isnotú a pagarle una promesa al Dr. José Gregorio Hernández; por favor no la despierte”.  El guardia le dijo: “Está bien señorita, pueden seguir viaje, pero la próxima vez traiga los documentos a la mano”. Siguieron el viaje, y Victoria susurró, “gracias José Gregorio”.

Al llegar a Valera, Moncho se cambió la ropa de abuelita y se vistió como un hombre. Asumió que era quien estaba viajando con su esposa a Caracas. Consiguieron pasaje en autobús y llegaron a Caracas. Esa mañana, cuando el bus venía entrando a Caracas, Moncho se despertó y vio por la ventana a su amigo Manuel, manejando su bicicleta por el centro de la ciudad. Le gritó “Manuel….” Y se vino manejando la bicicleta detrás del bus hasta la plaza Bolívar, que era el centro de la ciudad, donde llegaban los autobuses de todo el país. Al bajarse del bus se abrazaron y Moncho le dijo: “Ayúdame a ubicarme, necesito llegar a Catia para buscar establecerme, vine a quedarme tranquilo en Caracas con Victoria”. Manuel los condujo a un lugar seguro con la familia de una vez, en su bicicleta.

Vivir en Caracas era otra cosa. Todo era más cómodo y relajado que lo que había vivido en los campos petroleros. Hasta fue más suave la noticia de que había estallado la huelga petrolera, que había durado 43 días parada la industria, y que sólo se había obtenido un bolívar diario de aumento y la obligación de poner hielo para tener agua fría en el sitio de trabajo.

Frecuentemente seguían recordando las aventuras que tuvieron en el Zulia. Pero un tiempo después se abrazaron con tristeza al enterarse de la noticia del incendio de Lagunillas de Agua, donde se quemaron más de 300 casas y nunca se supo el total de personas que murieron quemadas o ahogadas. No se investigó seriamente las causas del incendio, que empezó en el pozo propiedad de la Venezuela Gulf Oil, que derramó el petróleo que supuestamente se incendió con una lámpara que cayó al agua, una noche cuando el cine estaba lleno porque estaban estrenando la película “El día que me quieras” con Carlos Gardel. Para Moncho eso fue provocado por las petroleras que querían sacar a la gente de allí, y así poder extraer el petróleo directamente en ese lugar. Entendió Moncho que Mr Danger se habría ido, pero vendrían otros. No podía acabar con ellos de uno por uno. Hacía falta una organización social que defendiera los derechos de los trabajadores, hacían falta sindicatos para ayudar a los obreros en su labor y partidos políticos para poner normas con libertad y democracia para todos.

En Caracas, el Dios de Moncho y Victoria les concedió hijos fuertes como Moncho e hijas con ojos bellos y sonrientes como Victoria. Pero Moncho seguía inquieto por los sucesos que ocurrían en ese periodo de transición entre el fin de la dictadura y el comienzo de la democracia. Por eso participó en la fundación del partido URD, en 1945, bajo el liderazgo de su paisano Jóvito Villalba. Se involucró en actividades de este partido político la mayor parte del resto de su vida y volvió al Zulia, como militante político.

De regreso al Zulia se encontró con la división de los trabajadores petroleros, que los debilitó y redujo su poder negociador ante las compañías petroleras extranjeras y el estado venezolano. Ahora había varios sindicatos y federaciones y confederaciones sindicales en el mundo de la industria petrolera. Había sindicatos que apoyaban al gobierno, mientras que otros sindicatos apoyaban a la oposición, y muy pocos eran quienes defendían los intereses propios de los trabajadores. Había dirigentes sindicales que se vendían a las petroleras y traicionaban a los reclamos de los trabajadores. Moncho pasó unos años en el Zulia y durante ese tiempo tuvo gallos de pelea en la gallera de su paisano Cayetano Mata. Con la cría y pelea de gallos se entretenía, además de compartir en las fiestas familiares.

Deseaba volver a Caracas. Pero lo que más deseaba era ver un verdadero cambio social en el país. Regresó a Caracas. Empezaba a cansarse. Se enfermó por tener muchos años fumando cigarrillos. El cáncer lo agarró por la garganta. Para luchar por su salud, Moncho realizó el recorrido que mandaba la Sociedad Anticancerosa y el Seguro Social. Cuando hacía las sesiones de quimioterapia, al regresar a su casa, debía subir a pié las escaleras, porque estaba dañado el ascensor del edificio donde vivía en el piso 14, y las subía lentamente mientras seguía pensando en las cosas pendientes.

En esos tiempos, Moncho decía que la guerra de independencia había sido casi un fraude, porque los esclavos recibieron su libertad casi 40 años después de que Bolívar lo decretó, porque el Congreso de Angostura no aprobó los decretos dictados por Simón Bolívar, y la mayoría de la gente seguía en la miseria gobernada por los mantuanos oligarcas y por los que se habían atornillado en el estado robando renta petrolera. Los partidos lucharon bien contra la dictadura, pero en el tiempo de la democracia se dedicaron a obtener ventajas para los de arriba y se olvidaron de los que estaban abajo en la pirámide. Los partidos que pactaron después de la dictadura de Pérez Jiménez se olvidaron de sus principios. Decía: “Yo mismo estoy dispuesto a firmar el Acta de Disolución del partido que firmé su Acta de Fundación y al que le dediqué mis años de lucha política”. Victoria lo seguía acompañando y compartía sus espontáneas sonrisas.

Es verdad que ha habido oportunidades de progreso y ascenso social para muchos, pero sigue habiendo gente en la miseria, campesinos sin tierras y la misma estructura de propiedad de la tierra que había desde la época del General Simón Bolívar. Los partidos controlan todo en las instituciones del estado y de la sociedad y se reparten todo, en las universidades, en los gremios y hasta se ponen de acuerdo para nombrar quiénes son los que ascienden a General y a obispos. Las petroleras extranjeras quemaron a la gente en Lagunillas de Agua y no pasó nada. Después las petroleras y el gobierno volvieron salado al lago, con el canal de navegación de la barra, que hizo un gran daño ecológico, y no pasó nada. Las leyes no son iguales para todos, los que tienen poder o controlan los cogollos de los partidos siempre son los que mandan y no les pasa nada.

Una tarde, en víspera de la fecha de la batalla de Carabobo, Moncho mandó a llamar a sus hijos y sobrinos que estaban cerca en Caracas. Les dijo que ya se iba a morir, y les pedía que después de su muerte se trataran como hermanos, que se ayudaran entre todos, que fueran solidarios y cuidaran el sentido de unión y pertenencia de la familia. Les dijo también aprendan a bailar y a tratar bien a las damas; piensen bien las cosas antes de decirlas, para que mantengan su palabra siempre, como los galleros.

Y como Moncho había sido un luchador civil, defensor de los derechos ciudadanos, eligió morirse en la fecha que quiso, y por eso le acompañamos al cementerio un día 24 de junio, día de la batalla de Carabobo, porque Moncho quiso que recordemos que falta seguir luchando por la libertad, por la independencia y por el derecho a disfrutar las alegrías de la vida digna en paz.

*Sociólogo. Profesor emérito de la Universidad de Los Andes. 

 

sábado, 15 de mayo de 2021

Gente de maíz


(Orlando Villalobos Finol*) Cuando uno se asoma en Maracaibo a una panadería, abasto, tienda, mercado, mercadito, supermercado, supermarket, bazar o quiosco, se tropieza con harina de maíz, en distintos empaques, que te recuerdan que lo mejor es que te lleves uno, porque nunca se sabe.

Hubo una época en la que una sola marca mandaba en los estantes. Las otras ocupaban espacios marginales. Pero la tierra gira, el piso político se mueve y el monopolio tiembla. Pasamos de una etiqueta a unas cuantas, más de 50. Además de la de Pan están Doña Emilia, que financia al Portuguesa Fútbol Club; Juana, Maiskel, trujillana; Lucharepa, de Los Teques; Doñarepa, Oriental, Mazorca, Maizabrosa, Doña Goya, Harina Casa, Demasa, Fina, Doña Rosa, Ricarepa, Venezuela, Promasa. Nombro solo algunas de muchas. El Silbón, Mia Chepa, Don Quijote, Las Tres Vírgenes, Deli Arepa, Páez, Don Nicola, Doña María, Doña Celina, Celia, La Palma, Doña Yolanda, Doña Arminda, Alimet, Solmia, San Jorge, El Valle, El Maizal, Doña Belén, Luccia, Don Mauro, Budare Harina, La Nieve, La Pueblerina, D’Casta, Don Eloy, Micaela. Sigue la lista (revolucionando.blogspot.com), porque se suman las importadas. La crisis lleva a que resurja la producción o a que se diversifique. Algo hay que hacer.

Tantas etiquetas hacen recordar la fábula del chiripero que Alí Primera nombra en su canción.

Siempre fuimos comedores de arepa. Cuando los europeos llegaron a estas costas, con sus planes imperiales y de dominación, tropezaron con la realidad de un mundo que se alimentaba de maíz. Los descubiertos fueron ellos.

Ya estaba dicho por el Popol Vuh: “De maíz amarillo y maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Unicamente masa de maíz entró en la carne de nuestros padres” (Popol Vuh. Las antiguas historias del Quiché. México, Fondo de Cultura Económica, 1952, 4ª. Ed, p. 103-104). En Hombres de Maíz, Miguel Angel Asturias, (Buenos Aires, editorial Losada, 1957, p. 21-23) explica que “las mujeres comían unas como manzanasrrosas de masa de maíz sin endurecer (…) en tazas de bola servían el atol de suero de queso y maíz”.

En lo que llamamos América, el maíz, junto a los frijoles y auyamas –calabazas-, cubrían las necesidades básicas nutricionales.

Cito esa biblia maracaibera que es la edición especial del diario El Fonógrafo, del 19 de abril de 1910, y encuentro la publicidad de la molienda de granos de F.E. Schémel ofreciendo harina de maíz, blanca y amarilla.

Allí la tienes, dice el aviso, en el teléfono N° 51, “elaborada con maíz escogido, completamente degerminado por medio de aparatos especiales, limpia, pura, fresca. No tiene afrecho. No se pone agria. Rendidora, nutritiva, sana, propia para convalecientes, económica, conveniente”. ¿Pa’ qué más! Lo lees y te dan ganas de salir a comprarla, en alguna de sus modalidades: sacos de 100, 50 y 25 libras netas y en paquetes de 5, 1 y ½ libras.  

Hasta hace poco, en términos generacionales, el maíz todavía estaba en el centro de la vida cotidiana, porque se cultivaba de manera directa, en fundos, conucos, huertas, y luego pasaba al fogón o cocina de cada casa.

La harina precocida o refinada no se había masificado, en cambio la tradición o costumbre era que casi todos los ritos se cumplían en el acto de reunir a abuelos, padres, hermanos, niños y niñas alrededor del maíz. Había que hervirlo y luego cada quien se iba turnando en la faena de molerlo, preparar la masa, hacer las arepas y ponerla a la parrilla, la plancha o budare y asarlas. Ya a media tarde comenzaba ese trajín que convocaba al grupo familiar, sin exepciones, para que quien le pusiera ganas a la tarea.

Así anduvimos por mucho tiempo hasta que se fueron imponiendo otros hábitos en el venezolano promedio. El rentismo petrolero asumido como cultura nos fue llevando, como sociedad, a darle la espalda al maíz y a la producción agrícola. “Todo lo compro hecho”, era el leitmotiv repetido. El caldo de cultivo estaba preparado para lo que vino enseguida, el alejamiento de la tierra, de la relación fluida y natural con el campo, y el desarrollo del capitalismo de los monopolios y de la marcas que te dicen qué puedes comer y dónde tienes que ir a comprarlo, “hecho”, “ya listo para comer”, no importa si eso te alimenta de verdad.

Ha sido ahora, en esta época rara de pandemia e implacable cerco económico contra el país, con las sanciones económicas unilaterales, que se ha empezado a despertar del letargo y a reencontrarnos, para volver a mirar a nuestros ancestros. Muchos se preguntan, ¿Y cómo era antes? ¿Cómo hicieron nuestros abuelos y abuelas, padres y madres? para no rendirse en tiempos de escasez, sequía, gripes y otras pandemias.

De nuevo se está empezando a volver a la tierra, los cultivos y las máquinas artesanales, prodigiosas, caseras y domésticas de moler el maíz, para tener a la mano la posibilidad de preparar las infaltables arepas, cachapas, guapitos, empanadas y mandocas que siempre nos dieron la vida y el afán de aventura.

+La pintura es del artista plástico Guillermo Ojeda Jayariyu.

*Periodista/ profesor emérito de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia.

 

 


viernes, 14 de mayo de 2021

Teología de la calle

 

(Orlando Villalobos Finol*)

En 1979 un periódico influyente de Caracas –El Nacional- publicó una fotografía que mostraba la protesta de un grupo de trabajadores en una fábrica textilera de Maracay. Era una nota en una página interior, casi irrelevante. A los tres días la policía política –la Disip- irrumpió en la puerta de uno de los fotografiados. Apenas pudo recoger algo. No pudo llamar a nadie, dijeron los vecinos testigos. Lo llevaron directamente al aeropuerto de Maiquetía, lo subieron al primer avión y lo expulsaron del país. Era sacerdote católico, extranjero, trabajaba en esa empresa como parte de una misión de trabajo político.

Le aplicaron el antiguo método del ostracismo y le desconocieron sus derechos. No faltaba más. Lo mismo que le hicieron al Padre Francisco Wuytack, otro cura católico que promovió una intensa labor social y política en las comunidades del oeste de Caracas. Le decían el cura de La Vega. Igual, el primer gobierno del socialcristiano Rafael Caldera, en 1972, lo declaró persona no grata por “subversivo” y lo sacó del país. Había llegado en 1966 como sacerdote obrero, pero la deriva de aquellos años lo sembró en La Vega, donde organizó a la comunidad por el agua, una escuela, por calles y escaleras; creó el teatro callejero. “Cada vez éramos más rebeldes y menos pobres”, dijo en una entrevista (https://m.aporrea.org/actualidad/n83195.html).

 

II

Cuando Antonio Sánchez se bajó del avión, en el aeropuerto internacional de Maiquetía, tenía los antecedentes de un país en el que aparentemente no pasaba nada, según las agencias internacionales y empresas de comunicación  ligadas a las corporaciones petroleras, pero donde había habido guerrillas, campos de tortura o teatro de operaciones, según el eufemismo oficial; se allanaba una vivienda, sin orden ni concierto; la policía disparaba primero, averiguaba después; era difícil conseguir un cupo en la universidad, la Constitución era una palabra más. “Se acata pero no se cumple”, decía cualquier personero militar o policial.

En aquel mapamundi de la década de los 80, Antonio, recién llegado, empezó a situarse, tratando de entender un movimiento popular que buscaba alternativas de organización social y política. Vino de Chile donde no había margen para una labor de búsqueda de la justicia, aquí en la tierra, porque la dictadura de Pinochet había impuesto el silencio opresivo, a fuego. Cualquier palabra te delataba. Una detención te convertía en candidato a ser asesinado y desaparecido.

Era sacerdote católico, con pasaporte español pero con un horizonte claro de justicia y fraternidad.

En Ciudad Guayana, ese río de pueblo que forman San Félix y Puerto Ordaz, lo esperaban varios hermanos suyos, de la militancia obrera, y quizás de la fe. Habían militantes cristianos, sacerdotes varios, con orígenes diversos: Bélgica, Holanda, España y Francia. Había tres hermanas religiosas participantes activas de aquel movimiento y todavía más, activistas y ex activistas de la Juventud Obrera Católica, la JOC, y de otros movimientos ligados a la iglesia. Era de la JOC, David Hernández, trabajador de Sidor, con amplio recorrido en la organización de trabajadores, en otras ciudades de Venezuela y fuera del país. Mientras se mantuvo en la fábrica supo preservarse; cuidarse, advertir y proteger al colectivo. Como él muchos otros activistas, estudiosos y experimentados en la lucha en el mundo fabril.

Antonio Sánchez buscó trabajo y lo consiguió de inmediato. Tenía formación y condiciones. Un día se apareció ante los suyos como un orgulloso portador de un carnet, que lo acreditaba como obrero de Sidor. Pero él sabía en lo que andaba y lo que le esperaba. No estaba para exhibirse, ni cometer el error de mostrarse sosteniendo una pancarta, ni ser portavoz. Lo suyo era un trabajo de siembra, para usar la metáfora agrícola.

En medio de aquel inmenso movimiento de trabajadores de Guayana, él y los suyos tenían que pasar inadvertidos y clandestinos, haciendo lo imposible para que la palabra justa se dijera y prendiera, organizara y movilizara. Ese era un asunto urgente y necesario para levantar un movimiento esperanzado, pero sobretodo organizado, alternativo, irreverente y rebelde.

III

A principios de la década del 80, se mantenía el eco de la “Gran Venezuela” anunciada por Carlos Andrés Pérez, en su primer gobierno. Buena parte de ese programa tenía a Guayana como epicentro, en donde se prometía el relanzamiento industrial. Eran días para la grandilocuencia: el plan IV de Sidor, los megaproyectos del aluminio (Alcasa, Venalum, Bauxiven) y el segundo puente sobre el río Orinoco –que se construyó 25 años después-. Venezuela despegaría con esa infraestructura industrial.

Con esa inversión y esa promesa, Guayana se convirtió en lugar de peregrinaje. Llegaron contingentes de miles de trabajadores de los pueblos de oriente, y de los países vecinos –brasileños, peruanos, colombianos, ecuatorianos-. Venían de ser pescadores y agricultores; llegaban atraídos por ese nuevo mundo.

Los suramericanos dejaban atrás a sus países con economías empobrecidas y algunos con experiencia política o sindical, acosados y perseguidos. Había técnicos y profesionales. Algunos formaron sus propias comunidades y barrios. En aquella ebullición insurge un movimiento obrero y social renovado, que desafiaba a la antigua mafia sindical de los partidos del sistema -AD y Copei-, y la central obrera –CTV-. 

Es en ese contexto que se multiplican las publicaciones obreras de izquierda, Alfredo Maneiro funda el movimiento de los Matanceros, que después devino en La Causa R; la Liga Socialista, GAR y CLP establecen vínculos con  grupos de trabajadores.

Es en ese movimiento creado por movilizaciones, diálogo y debate, en ese caldero de ideas, que estos sacerdotes y religiosas, teólogos y teólogas de la liberación a su manera, rompen el molde y se van a las fábricas de hierro, siderurgia y bauxita, acero y aluminio, y allí son compañeros de jornadas de trabajo y de sancochos; de parrandas y de amores; de socialismo y de planes de organización; fortalecieron los sindicatos y los movimientos barriales de Guayana. Como pocas veces, el sacerdocio no se ejerció para dar un sermón. El milagro se hizo común.

Antonio Sánchez se quedó en Guayana. En una ocasión viajó a España y de regreso contó que estando allá con su familia, descubrió que su lugar en el mundo estaba en el trópico guayanés. Pudieron más la fuerza telúrica, el río y la leyenda de la sapoara.

*Periodista/ profesor emérito de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia.

 

Metáfora tóxica

Orlando Villalobos Finol*

Emmanuel Macron, presidente de Francia, abrió fuegos el 16 de marzo de 2020: “Estamos en guerra”. Así habló a su país sobre la llegada de la COVID-19; un nuevo enemigo tocaba la puerta. Trump no se quedó atrás y dijo que se veía como un presidente en tiempos de guerra. 

Así, el lenguaje político hegemónico impone la metáfora bélica, en la época de esta pandemia por coronavirus. Es la supuesta guerra contra el virus. Total, el culpable es el otro, invisible, extraño, extranjero, raro, inmigrante.

La metáfora bélica señala a un enemigo y oculta lo inocultable, que detrás de la pandemia por la COVID-19 está la crisis ecológica, después de tanto ataque implacable y persistente a la naturaleza, los modelos de maldesarrollo, la deforestación, la destrucción de ecosistemas y de la biodiversidad, la insalubridad, por un sistema capitalista que busca maximizar la ganancia en cada hora y segundo, llevándose todo los demás por delante, flora y fauna, seres vivos, el planeta entero si es preciso, nuestra casa común, según la denominación del Papa Francisco.

Se oculta que en Canadá, un país de 38 millones de habitantes, el primer ministro Justin Trudeau firmó contratos con siete farmacéuticas para obtener más de 400 millones de dosis, cinco veces más de las que utilizarán en el país. Hace visible de ese modo que algunos países poderosos acaparan las vacunas y a los otros que se los lleve la parca.

La profecía de Naomi Klein va tomando cuerpo, la crisis generada por la pandemia se va convirtiendo en una nueva oportunidad para repetir la fórmula del capitalismo del desastre o “doctrina del shock”. Se ponen en práctica políticas que profundizan la desigualdad y las élites –clases dominantes- se enriquecen… ¿Más todavía?.

La tal “nueva normalidad” al principio se presentaba como una novedad. Un año después, de la llegada del virus, los datos a la mano indican que no se vislumbra un paraíso prometido; que si no hay un giro trascendente, lo que viene puede ser peor en condiciones sociales y ecológicas que el mundo que dejamos atrás.

Como dice el profesor Lusbi Portillo será dura la lucha por la defensa de los suelos, aguas y bosques; y por las distintas formas de vida y cultura.

El reto para cada uno de nosotros es inmenso, colosal. En lo personal, nos toca vencer la adversidad y abrir caminos. Como colectivo o ciudadanía, reclamar que nuestro gobierno ponga el cuidado de la vida en el centro. Eso nada más.

*Periodista/ profesor emérito de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia