lunes, 19 de julio de 2021

Miguel Ordóñez, la canción que vino del barrio

 

 

(Orlando Villalobos Finol)

Comenzaba la década del 70 y en medio de restricciones y prejuicios, la canción popular estaba ahí, acorralada, prohibida. “Si es importada es mejor”, era el leitmotiv.

Sin embargo, la canción hija del sentimiento y pretensión de movimientos telúricos, sociales y políticos, pudo insurgir y abrirse paso. No pueden perecer los pequeños seres de Salvador Garmendia, ni los versos de Víctor Valera Mora, ni el País Portátil, de Adriano González León; ni las canciones que trajo Alí Primera.

Un día, a comienzos de 1973, Alí Primera pasó por el auditorio de la Facultad de Ingeniería, de la Universidad del Zulia, y logró reunir unas 30 personas. Ya había grabado pero eran sus primeros años y por tanto, era casi clandestino. Con el tiempo él ganó la partida porque logra llegar y ocupar la radio, con su “Cunaviche adentro” y todo ese verso rebelde y amoroso. “Dale que la soga se revienta”. Poco a poco comenzó a forjarse su trascendencia.

En esa presentación-reunión estuvo Miguel Ordóñez. Dijo que le maravilló aquella idea fuerza. “Yo lo conocía por un disco que nos llevó el Negro Fucho Sánchez al barrio. Era un disco que tenía rayada la primera canción, “Perdóneme tío Juan”. La podíamos escuchar pero ya comenzada. Como cinco años después supe como empezaba esa canción”.

Prosiguió su relato: “Cuando terminó de cantar, yo tuve la determinación de presentármele. Yo hago esto, hago canciones. Esa fue mi primera conversa con él. Un tiempo después lo conseguí en Caracas y forjamos una estrecha amistad. Nos apoyó desde el sello Cigarrón. Me convertí en el enlace de Alí con Maracaibo, junto con otros compañeros: Efraín Bruges, Ramón Soto Urdaneta, Leonardo Núñez, entre ellos. Organizamos un acto que se hizo en Maracaibo con Alí, en la Plaza de Toros. Fue masivo. Su poder de convocatoria era inmenso. Ese fue un evento de los Comités de Unidad con el Pueblo, los CUP, que él promovía”.

A finales de los 70 y principios de los 80, Alí promovió un movimiento al que llamó la canción solidaria, que luego se transformó y ganó amplitud, la canción bolivariana.

Ese espíritu de canción rebelde y solidaria lo vivió a plenitud Miguel Ordóñez. Recibió esa influencia y la expresó en canciones, coherencia y convicciones.

Dejemos que Miguel lo cuente: “Comencé desde muy niño a componer algo parecido a canciones. No existía Alí en el camino y cuando lo conozco vino a reforzar lo que hacía. Mi encuentro con su influencia me nutrió desde el punto de vista de la estatura humana del cantor. Su ejemplo de solidaridad, abrazo, calidez… Esa era su huella”.

Miguel vivió de niño en La Salina, entre el 18 de Octubre y Santa Rosa de Agua, en el barrio adentro. Nació en Maracaibo el 1 de noviembre de 1953.

Se veía a sí mismo como alguien que proyectaba el sentimiento y la rabia, desde la palabra hecha canción. “Las palabras están cargadas de música y las podemos traducir en canciones. Eso es lo que en mi caso llamo la canción popular, que es al mismo tiempo la canción vanguardia o de compromiso. Alí la llamó la canción necesaria. Aquello que dice Neruda sobre el poeta, que es la más alta estatura del ser humano, y Alí lo repetía a su manera. La canción es una aliada de los pueblos y es parte de la esencia humana, como lo es la danza y otras expresiones. La canción permite llevar el mensaje, la rítmica y la melodía, para hacerte bailar, sentir o pensar. La canción es una forma, un camino para unirte a otros, vencer barreras, enterrar las penas”.

Para Miguel Ordóñez hay una distinción entre ser cantante y ser cantor. “Alí decía el cantante tiene con qué y el cantor tiene el por qué. Hay una brecha entre ser cantante y cantor. La industria busca encandilar para vender y crea los cantantes. El cantor en cambio responde a una necesidad intima, personal; es lo que llevamos por dentro; la que abre caminos”.

Uno de los proyectos musicales que promovió fue la agrupación Mayatei; maya por la civilización de mesoamérica, y tei, un vocablo indígena añú, que significa padre. Buscaba resalta la condición indígena originaria. De este grupo es la canción “Indoamérica”, beneplácito de los melómanos.

 

La gaita como bandera

“Un pueblo noble/ y creyente fe reclama/ y entristece la penumbra/ en su dolor/ casi se esconde de su sol/ como apenado por el olvido/ en el que se encuentra su región”. Esta letra está en Maracaibo Marginada. “Ese es Ricardo Aguirre. Solo lo pudo hacer él, porque expone un sentimiento que viene de la gente”, reflexionó.

Miguel entendió lo que era la gaita y asumió esa vertiente. Por allí se fue y ganó tanta presencia que su nombre está ligado al movimiento gaitero.

Fue autor de “Los Botelleros”, que recoge la estampa del cambio de botellas a los muchachos por frutas; “Las Petacas”, ganadora del Festival una Gaita para el Zulia, en los 80; “Rubén el Campanero”, sobre el eterno campanero de la Basílica, Rubén Aguirre, grabada por los Cardenales del Éxito. “El ejemplo que Caracas dio”, fue gaita del año en Caracas, en 1997, recoge una protesta: “Que bajen de los cerros los rostros de la patria/ para que la esperanza se haga, panita, una realidad/ que el corazón contento palpite amor, Caracas/ y que pronto todos juntos alcancen la libertad”. No es fácil que una gaita con ese contenido poético social pegara. Miguel lo logró y puso a cantar a los caraqueños.

En 2015, con “Regresó la piragua”, ganó el Festival de Gaitas Virgilio Carruyo, con la agrupación La Cuadra Gaitera y la interpretación de Rafael "El Pollo" Brito. Repitió en 2016 en ese evento con “Para mí”, con Danelo Badell y La Universidad de la Gaita.

Sigo con su periplo. Rincón Morales le grabó “Canturreando”, en la voz Lula López. El conjunto Saladillo de RQ, “Vivencia Saladillera”; Gaiteros de Pillopo, “Los Botelleros”; el Grupo Candela, “Las Petacas” y después “El Credo”, una décima. “Apocalipsis”, una composición contra la guerra nuclear, fue interpretada por Daniel Méndez con Los Zagales del Padre Vílchez y Ángel Sarabia, en 1980, grabó “Rebeldía”.

Fulvia Padrón en 1983 sembró el tema “La patria herida”, con Rincón Morales. “La patria, la patria con sus heridas hoy ansía la libertad/entonces su dignidad tiene la lucha cautiva/y un látigo la fustiga y le parte el corazón/quien quita y vuelva un Simón a colmarla de quereres/pero patria no te desesperes que habrá nueva lucha y nueva redención”.

Nada más esas dos gaitas, “Rebeldía” y “La patria herida”, dejan ver una posición definida, “porque somos lo que somos”. Está en sus canciones, y en sus gaitas, una carga de pasión social y política.

De la mano de Miguel llegó una gaita que fundó o reforzó un espacio; una gaita poético-social, que registró vivencias y le dio sentido a la identidad. Le puso sabor pero también un contenido. “La gaita es una crónica. A través de ella, a cualquiera que llegue de otro país, le ponemos cinco o seis gaitas y sabe quiénes somos nosotros. Allí le hablamos del lago, del vos, de las calles, de la religiosidad, no tenemos que explicarle nada. Eso está en nosotros. Como en todo, hay el relleno fácil, pero siempre hay quien salga y haga una gaita alegre y sencilla, que muestre lo que somos y lo que queremos”.

Tenía el ejemplo de Ricardo Aguirre que hizo una gaita “reclamante”, la tradición fundada por Virgilio Carruyo; se nutrió de las composiciones de Eurípides Romero y tuvo el talento para darle cauce al sentimiento rebelde en sus letras.

Dijo Miguel que en la gaita hay una carga de identidad y memoria que la convierte en poesía perdurable, como pasa con “La grey zuliana”. Allí el espíritu de un pueblo se siente reflejado. Lo comparaba con lo que hace la industria que trabaja para vender canciones ocasionales y banales. “Es una fábrica de productos efímeros”.

Miguel Ordóñez falleció el 28 de abril de 2021. Su obra perdura, la rebeldía de sus canciones no se apaga. Su gaita está ahí, bonita, como “la mejor petaca que en todo el barrio han volao”.


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